Portlandia: vuelven los 90

The dream of the 90’s is alive in Portland” Jason, Porlandia, IFC

Hace ya casi cuatro días que IFC, canal de cable de contenido indie y propiedad del mismo grupo que AMC, entre otras, estrenó Portlandia y todavía estoy intentando digerir el visionado del piloto. La serie es, en esencia, una plasmación de las tendencias vitales y culturales de Fred Armisen (Saturday Night Live), creador, guionista y protagonista del proyecto. Todo ello puesto en escena en seis capítulos y vehiculado con el humor más absurdo.

En Portlandia puede que no entendamos qué pasa, quienes son aquellos a los que les ocurre o por qué. Sin embargo, hay dos “W” que quedan claras desde el principio. Por un lado el donde: Portland, Oregon, donde Armisen pasó un inspirador verano con la co-creadora de la serie, Carrie Brownstein. Por el otro, el cuando: los 90, la época de los piercings, los tatuajes, los diábolos, los cd’s, las ganas de salvar el planeta, levantarse a las once, formar bandas de rock, ser freak o estudiar para payaso.

La extrañamente divertida trama del piloto de Portlandia se mueve entre lo absurdo y lo delirante. Los dos (presuntos) protagonistas, interpretados por Armisen y Brownsein, viajan juntos a Portland, ese lugar anclado en la época pre Bush. Allí interpretan varios papeles: desde miembros de un equipo de escondite que participa en un absurdo torneo bibliotecario hasta radicales medioambientalistas, que, en un restaurante, y tras seleccionar el pollo en la carta, exigen conocer toda la información sobre Collin (así se llama el animal): alimentación, condiciones de vida, de transporte e incluso la foto del sujeto en vida. No contentos con ello, ambos se dirigen a examinar la granja de Collin, en la que serán hipnotizados por una especie de secta mormónica.

Una desesperante escena protagonizada por el recientemente galardonado con el Globo de oro Steve Buscemi completa este primer episodio de 22 minutos que, más que un defecto, encuentra en su delirio una hilarante y atrayente ventaja: la del difícil objetivo de conseguir que nos riamos sin saber muy bien por qué.

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