‘Juego de Tronos’ 6x01 Review: el reflejo escarlata de la eterna juventud

Por Eider Calvo

(¡Cuidado, SPOILERS! Y de los gordos. He venido a destriparlo todo)

Lo estábamos esperando. Algunos seguramente con más impaciencia que otros (confieso que apenas tres días antes todavía podía llamar uñas a “eso” que ahora tengo en las manos), pero la HBO ha tenido a bien, gracias a los Siete Reinos, congraciarnos con el estreno del primer capítulo de la sexta temporada de la serie de televisión más sufrida con la que me he topado hasta el momento.

La madrugada del domingo al lunes con ‘Juego de Tronos’ empezó, salvo por la hora, como de costumbre: rápido tentempié y bebida a base de agua carbonatada alta en azúcar para acompañar, frente a la mesa de un salón a oscuras con el ordenador a pantalla completa y el volumen en consecuencia. Luego llegó esa conocida banda sonora… os juro que casi no hay melodía en el universo que despierte en mí tanta emoción.

Al final, como de costumbre, la (segunda, como los hobbits) cena se enfrió y el hielo del vaso dio paso a más agua. Eso sí, no me perdí ni media palabra, ni plano, de este no menos estimulantecomienzo. Y como me han dado la oportunidad, aquí estoy para compartir con vosotros mis impresiones sobre el teclado. Sin piedad y con mala sangre, como en el fondo considero que nos gusta a una gran parte de los fans de esta serie. Vale pues, ¿a qué estamos esperando? ¿A que Arya recupere la vista? ¿A que Daenerys domestique a Drogon? ¿Al próximo matrimonio de Sansa? Espera… quizá esto último no ha sido un buen ejemplo. A fin de cuentas Sansa cambia de marido como Meñique de lealtades.

Venga, ya me centro. Al lío.

Brienne la Protectora

¿Os acordáis de los Bolton? ¿De la (breve) batalla en Invernalia? ¿De cómo Theon arrojó a Myranda al vacío y huyó con Sansa durante la temporada anterior? Bueno, pues en este primer episodio Ramsay parecía contraerse de dolor mientras contemplaba el mortecino y ensangrentado rostro de su otrora amante. Pero como creo que tengo demasiado bien calado a este Hijo de su Madre, no me sorprendí tanto cuando al final ordenó al guardia que estaba junto a él, allí, en uno de los dormitorios Stark en cuya cama habían tendido el cadáver, que se lo diera de comer a los perros. “Es buena carne”, concluye el capullo antes de abandonar la habitación para asegurarle a su padre que ya ha enviado una partida de hombres (y perros) en busca de ambos. “No irán muy lejos”, comenta, y tiene toda la razón.

De hecho, la fuga de Theon y Sansa dura, prácticamente, lo que les cuesta atravesar un río de agua congelada, con los ladridos de esos sabuesos asesinos como melodía de fondo. En ese momento pensé que, al final, no serían precisamente los perros los que acabarían con sus vidas (corrijo, Sansa sería violada por Ramsey antes); la hipotermia haría todo el trabajo. En cuestión de minutos, incluso, a no ser que encontrasen una forma más eficiente de proporcionarse calor que la de darle a Sansa palmaditas en la espalda, querido Theon.

No obstante, al final los hombres de Bolton aparecen y piensas que, después de todo, Theon siempre será Hediondo. Hediondo triturado, visto lo visto. Y que a Sansa le espera otra buena dosis de sufrimiento. Todo esto mientras invocas la Fe de los Siete para que algún alma caritativa entre en escena, haga justicia, y conserve sus fatigadas y gélidas vidas. Y no hay espíritu más generoso que el suyo: Brienne deTarth emerge a caballo entre la niebla y, fielmente acompañada por Podrick Payne, su leal escudero, derrotan a la patrulla humana mientras la canina se dispersa. Theon mantiene su identidad, además, cuando se carga a uno de los soldados de Bolton que estaba a punto de hacer trizas a Payne.

A todo esto, cuando Sansa le dice a Brienne que tendrá “un lugar junto a su chimenea” durante la parafernalia esa del juramento de noble-recibe-protección, no he podido evitar sonreír. Porque están en medio de un paraje helado. Y porque Sansa de verdad desea esa chimenea. ¿Qué? ¿No? ¿No os reís? ¿Nada? Este era el chiste que tenía preparado para… Vale. Vale. Sigamos. Al menos las cosas parecen estar mejorando para esta extraña pareja, con Brienne y Payne de su lado. Juntos pero no revueltos. Bueno, a saber. Que esta serie tiene menos filtro que el Septón Supremo y su definición de “pecado”.

No hay dos sin tres

Aquella bruja sin nombre ya se lo advirtió a la versión infantil (si es que ha sido “infantil” alguna vez) de Cersei Lannister: tendría tres hermosos hijos de rubios cabellos, pero ninguno sobreviviría. Hasta el momento, tanto Joffrey como Myrcella han muerto envenenados y todo parece apuntar que Tommen La… perdón, Baratheon, será el siguiente (sí, lo he previsto yo solita, sin llamas ni Señor de Luz); el cual, por cierto, me parece que está más perdido sobre el Trono de Hierro que La Madre de Dragones en paraíso dothraki. Lástima que no haya aparecido en este arranque de temporada.

El caso es que Cersei parece haber “encajado con deportividad” la muerte de su hija. Amén a mi falta de sentimientos, lo que quiero decir es que Jaime todavía conserva su integridad física, lo cual ya era más de lo que mi, quizá retorcida, imaginación había augurado para él. Por otra parte, algo más que su propia integridad corporal sigue en juego para la bella Margaery Tyrell, todavía presa por Los Siete gracias a la, recordemos, magistral estrategia de Cersei, rogando por ver a su también cautivo hermano Loras. ¿Se impondrá Tommen, de una maldita vez, para alejar a su reina y a su cuñado del fanatismo de Los Siete? Sí. Bromeaba. Antes nieva en Dorne. Algodón de azúcar. Y purpurina. Mucha purpurina.

Mate real en la ciudad del sol

Hablando de Dorne, la visita ha sido rápida, aunque no muy limpia. Y es que en menos de lo que Tyrion tarda en empinar una jarra de cerveza, la examante de Oberyn, Ellaria, y su víbora Tyene ya se han cargado a Dorann, cabeza de familia de la Casa Martell y príncipe de Dorne, y a su fornido (creo que la palabra “fornido” no empieza ni a describirlo…) y enorme guardaespaldas Hotah. Ni el mensajero asustadizo que alertaba del asesinato de Myrcella ha logrado salvarse, siendo inmediatamente alcanzado por la afilada daga de Tyene durante su corta y veloz huida. Todo ello mientras Ellaria reprocha la muerte de su hija Elia y de su amante Oberyn a Dorann mientras este se desangra, concluyendo su agonía con un “jamás volverá a reinar sobre Dorne un hombre débil”. Y algo me dice que, por reinar, ni siquiera lo hará un hombre pues, recordemos, en el sur de Poniente la sucesión la heredan hombres y mujeres en igualdad de condiciones.

Y como ya puedo ver al clan de pérfidas dirigiendo el cotarro sureño, no sé hasta qué punto su traición tendrá represalias, pues el único hasta el momento conocido y que tendría sentido que actuara también muere, para variar en esta serie: Trystane Martell, hijo de Dorann y prometido de la fallecida Myrcella. De una forma espantosa, además: de espaldas y con la cabeza atravesada por la lanza de Obara. For God´s sake!, qué jaqueca me entró de verlo. No le desearía esa muerte ni al propio Thorne. Aunque a Ramsey sí. Una (mucho) peor. Como la que le propinó Arya al sicario Lannister, por ejemplo.

La viuda del Khal

Y de Dorne, llegamos a Meereen, donde Tyrion y Varys salen a investigar la sociedad que el primero tiene la obligación de gobernar ahora, creyendo que un simple disfraz de mercader con, ojo, “paso de rey” les protegerá de las miradas curiosas. Afortunada o desafortunadamente, según cómo se mire, los ciudadanos del norte de Bahía de los Esclavos están lo suficientemente atareados con el tremendo incendio que se ha desatado en la ciudad como para prestarles la debida atención. Y aunque las causas se semejante humareda se desconocen, Varys está seguro de que sus pajaritos regresarán entonando “canciones de hombres con máscaras doradas” o, hablando en plata, haciendo referencia a miembros de Los Hijos de la Arpía. Que además tienen grafiteros entre sus filas, añado, los cuales dejan en las paredes de Meereen dulces mensajes (como no podía ser de otra manera, dedicados a la joven Targaryen) llenos de “amor”.

Bueno, las pintadas de Los Hijos de la Arpía no lo sé, pero seguro que Jorah y Daario Naharis sí están llenos de amor por su reina. Además del bueno. Del que duele hasta el tuétano, o eso me hace sentir Jorah cada vez que le miro, con esa desgarradora mueca en la cara y ese otro problemilla en la muñeca, cuya psoriagrís comienza a extenderse lenta pero seguramente. Confieso que el tío me cae lo suficientemente bien como para que la HBO se lo cargue. Normalmente, y esto lo llevo comprobado desde la primerísima temporada, mi simpatía hacia algunos personajes es directamente proporcional a lo cerca que estos están de la muerte; cuanto mejor me caen, más posibilidades tienen de morir. Lástima que no consiga digerir a Ramsey ni con dos litros de agüita mineral; ese seguro que recibe una larga y sádica vida de chupar la energía vital de cuantos le rodean.

En fin, a lo que iba, la “partida de búsqueda” va por buen camino, pues gracias al cielo, Jorah ha encontrado el anillo que estratégicamente tiró La Madre de Dragones antes de ser rodeada por una manada de dothrakis. Y dijo “estratégico” ya que “tiro mi anillo aquí, en mitad de Muy Lejano, porque seguro que quienes me están buscando lo encuentran y se orientan con él” suena muy feo. Pero mira, sí, resulta que Daenerys tiene un admirador bastante aplicado. Con media pierna en la tumba, pero listo como él solo.

Y aunque puede que no se esté muriendo, al menos en un sentido estrictamente biológico, seguro que la joven Targaryen (y sus diez minutos de interminable nombre) termina haciéndolo de aburrimiento, pues será encerrada en lo que entiendo que es una especie de campamento residencial para viudas de Khal, dadas las peculiares directrices de estos guerreros nómadas: “no te fuerzo sexualmente y/o te corto la cabeza, que también es viable, porque te casaste con Drogo; en su lugar, te retengo para acorralarte entre más Khaleesis en un templo”. Vamos, algo así como lo que les pasa a los hermanos Tyrell con Los Siete pero sin la mantra “confiesa” reventándole los tímpanos a cada instante. Lo cual, bien mirado, es bastante ventajoso.

Danza de varas entre tinieblas

En este primer capítulo hemos podido ver a Arya pidiendo limosna en las calles de Braavos. Y recibiendo, pero no precisamente dinero. Y es que la Niña Abandonada, recordemos, sacerdotisa en la Casa de Blanco y Negro, ha venido a enseñar, por decirlo así, a la niña ciega a pelear. Con varas de madera. Y a encajar los golpes, cosa que la aspirante a homicida profesional no tendrá más remedio que aprender porque sigue sin ver tres en un burro.

Pero, oye, por lo menos ahora parece que hará algo más emocionante que limpiar cadáveres. No me malinterpretéis, asear muertos a los que luego se les extirpa el rostro me parece una profesión muy digna e interesante (bien, quizá no tan interesante), pero instruir los sentidos que le quedan a la pobre loba para derribar a un oponente sin duda le será de mucha más ayuda. Es altamente posible que la chavala salga escaldada durante sus próximos encuentros “armados” pero, paciencia, dicen por ahí que Roma tampoco se hizo en un día…

El collar del extraño poder

Jon Nieve sigue muerto. De hecho, su figura inerte es lo primero que vemos en este arranque de temporada. Ahí, crudo y auténtico, yaciendo sobre la superficie nevada del Castillo Negro, todo palidez y sombra, mientras HBO se relame con nuestro sufrimiento. Por Los Siete, qué aspecto tan desfavorecido tiene el desgraciado. Hasta el sicario Lannister acuchillado por Arya luciría mejor tras pasarle un trapo húmedo por la cara.

No obstante, antes de que me diese tiempo a comenzar a describir mentalmente la apariencia de Jon en términos tan obvios como “mortuorio” y “cadavérico” (gracias que no me dejaron desviarme por ahí…), aparece mi querido Davos, otro que me cae rematadamente bien, razón por la cual me sorprende que siga vivo. Pero, oye, por mí estupendo: da con Jon-Reviviré-Nieve, alertado por los ladridos del imponente a la par que adorable Fantasma, y rápidamente los pocos seguidores que el Lord Comandante aún conserva después de muerto, recogen su cadáver y lo llevan al que fuera su antiguo despacho. Mientras tanto, Alliser Thorne pasa de maestro de armas a tomar las riendas de La Guardia como nuevo Lord Comandante. En mi más modesta opinión, nada bueno puede salir de eso.

Pero entonces aparece la mujer roja y todo Poniente puede escuchar los latidos de mi corazón gritándole a ella, a su magia negra y hasta a su inmoral Señor de Luz que me lo devuelvan. Pero, damas y caballeros, no quieren darnos el gusto. Al menos, no todavía. Pero bueno, supongo que ya llegará, porque Nieve es… bien, tal vez no exactamente imprescindible dado que en esta serie, comprobado está, no se libra ni el espectador (especialmente el espectador) de la afilada pluma de los guionistas de la HBO. Sin embargo, mantengo mi premisa de que continúa siendo una pieza clave para la victoria sobre los Caminantes. Al igual que Bran, otro al que no hemos tenido el placer de ver aún.

Esto se acaba, compruebo mientras ojeo la línea de tiempo del audiovisual, y ahí, en su propia recámara, tenemos a la sacerdotisa roja protagonizando el primer desnudo de la temporada. Que sí, hija, que tienes un cuerpazo de mil demonios, aunque debo reconocer que el collar que siempre lleva a todas partes no es de mi estilo, algo que casualmente me viene a la cabeza cuando de repente la cámara nos presenta un plano detalle de la joya de gema escarlata, siendo arrebatada, por vez primera, de su cuello.

Y, de golpe y porrazo, me olvido hasta de Jon Nieve.

Una mujer, una venerable anciana de por lo menos mil años, contempla el reflejo marchito de su cuerpo desnudo en el espejo de aquel dormitorio; su mirada, no exenta de cierta melancolía, no alberga dudas: es ella, la bruja roja, en lo que imagino es su yo real. Por Los Antiguos Dioses, Los Nuevos y hasta por Los Que Están Por Venir, esto sí que no lo esperaba. Al parecer ese collar está dotado de alguna función extra aparte de la obvia. He de reconocer que lo encuentro condenadamente práctico; ni cirugías, ni cremas antiarrugas, ni ocho cuartos. Una gargantilla que parece sacada directamente de una novela de Dickens (o de un episodio de ‘Downton Abbey’, como prefiráis) es todo lo que Melisandre necesita para mantenerse fresca, joven, bella y ¿eterna?

Bueno, pues hasta aquí hemos llegado. Todavía asimilando este… “llamativo” final, por decirlo de alguna manera. Como he comentado antes continuamos sin ver a Bran; no conocemos el destino de Stannis (sigo pensando que la piedad de Brienne pudo más que su espada); y tampoco tenemos ni idea todavía de si Nieve vivirá, seguirá muerto, o revivirá para morir una segunda vez. Hora de apostar, queridos.

A todo esto, ya ha salido la preview del segundo capítulo de esta nueva temporada. Se titula Home y, a simple vista, lo que más me llama la atención es la presencia de una Cersei con aparentes ganas de guerra (ya tardabas, mujer) y al Septón Supremo que no tiene pinta de que vaya a dejarse intimidar.

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