'The Following' 3x06 Review: el Doctor Strauss no viaja solo

Por Silvia Martínez

No sabemos muy bien qué tiene que pasarle a alguien por la cabeza para idear una trama que pueda incluir tantos psicópatas en su haber. Ya me surgió esa duda cuando se estrenó la primera película de la saga Saw en los cines, allá por 20BLA y desde que veo ‘The Following’, la misma pregunta se me ocurre todos los días: ¿Cómo, Kevin Williamson? ¿Cómo?

Cuando todo parece estar hilado, cuando parece que ya hemos conocido los suficientes psicópatas como para aguantar toda nuestra vida sin ver a ninguno más… ¡Ocurren más cosas! Nunca es suficiente para la ficción de Williamson que atormenta a su protagonista Ryan Hardy. Nunca hay suficiente tormento para el espectador ni suficientes sorpresas psicopáticas.

Y esto no es para nada una queja, que conste. Queremos más y sabemos que lo vamos a tener, al menos durante los capítulos que resten de esta tercera – y quizá última – temporada de ‘The Following’. Por el momento, veamos qué nos ha deparado su sexto capítulo (¡SPOILERS!):

CUANDO JOE ENCONTRÓ A RYAN

Nos acordamos del esperadísimo final del capítulo anterior donde por fin Ryan y Joe Carroll volvían a verse las caras, ¿cierto? Bien, pues en lo que ha parecido toda una telenovela que Carroll está encantado de participar, él y Hardy llegan a un acuerdo: uno ayudará al otro y el otro le recompensará visitándole cada día hasta el día de su muerte. Toda una declaración de intenciones con cierto toque romanticón. Romanticón para Joe, claro, pues Ryan parece no pensar lo mismo al salir y correr hacia el servicio a vomitar. Carroll todavía le duele, todavía sigue siendo su mayor pesadilla…y éste lo sabe, por eso se aprovecha.

Aunque, todo hay que decirlo, se ha aprovechado pero también ha contribuido apuntando que Strauss posiblemente esté en un sitio donde tenga algún estudiante tan bueno y leal como los que ya conocemos. Así que… Manos a la obra, Hardy.

HAY CIUDADES QUE ES MEJOR NO VISITAR

Mientras tanto, vemos cómo un hacker – sí, él infiltró el mail que le valió la libertad a Strauss, la pérdida de credibilidad a Hardy… y ahora, el puesto a Gina – se infiltra en el entramado informático de la oficina del que hiciera de abogado de Strauss y, así porque sí, acaba con él. No querrá dejar ningún testigo de los chantajes que pudiera haberle hecho el amable doctor, queremos suponer.

Por su parte, el FBI rastrea todas las posibles conexiones escabrosas que Arthur Strauss pudiera tener cercanas al muelle donde huyó y llega a la conclusión de que Beacon, una ciudad a dos horas de allí, es la única posibilidad que tienen de empezar a investigar debido a las muchísimas desapariciones sin cuerpo que ha habido. Sea o no la conexión que necesitan con el ayudante de Strauss, lo cierto es que ahí tienen faena para dar y vender, pues todo un cementerio de cuerpos con miembros mutilados y demás – esas pequeñas cositas que a Strauss le gustaba enseñar a sus discípulos – se aloja en la ciudad neoyorquina. Nada más y nada menos que nueve personas, de diferentes razas, muertas durante los últimos quince años. Si Stephen King se enterase…

Pero hay una que marca la diferencia. Una mujer de aproximadamente veinticinco años muerta hace veinte, con un modus operandi distinto. El de alguien que está aprendiendo. Probablemente, el de alguien que aún no había sido entrenado por el doctor Arthur Strauss.

STRAUSS ESPERA A SU MEJOR ESTUDIANTE

Ryan y Mike en Beacon, Max recuperándose en casa y casi haciendo confesiones a Gwen de su desliz con Mike, Gina suspendida temporalmente… ¿Y el hacker? ¿Qué ha pasado con él después de hacer desaparecer al abogado? Por suerte, tenemos respuesta.
Nuestro recién conocido nuevo psicópata se dirige a Beacon, porque sí, ahí es donde Strauss está y le ha mandado la dirección para que les haga compañía. Quiere que su mejor estudiante le acompañe en su nuevo inicio de travesía descabellada, ¡qué bonito!

A la misma vez vamos viendo trocitos de los inicios del misterioso hombre hace trece años, que empezaron con una matanza en un hospital y posterior carga de culpabilidad, con suicidio fingido incluido, a un chico con el que hablaba por chat cuyo plan con el hospital era exactamente el mismo. El anonimato no existe en la red, amigo. Pero no lamentamos tu pérdida, el mundo estará mejor con un asesino menos.

Volviendo a Beacon, Ryan y Mike esperan los resultados de las pruebas de identificación de cadáveres junto a la joven sheriff de la ciudad – Chloe Sullivan, ¿cuándo te mudaste de Smallville a Beacon? – en el bar del tío de ésta, donde la camarera decide intervenir con la opinión de que el culpable de los asesinatos es el hijo del poco amigable sheriff. Recordemos que ya lo habían visto con anterioridad al encontrar los cadáveres en el bosque huyendo con una careta de payaso y rodeado de muñecas colgadas y demás muestras de su estado mental.

Y en efecto, cuando lógicamente parten en su búsqueda, lo encuentran en un refugio extraño en mitad del bosque en el que de asesino poco, pero de seguidor de Walter White quizá sí: se dedica a cocinar metanfetamina. Bueno, se dedicaba, pues su padre se lo lleva detenido.

UN PADRE SE SACRIFICA POR SUS HIJOS

A la mañana siguiente, los resultados de las pruebas dan una bonita sorpresa a los agentes del FBI cuando revelan que el primer cuerpo hallado, el más antiguo, pertenece a la que fuera mujer de Duncan Banks, el tío de la sheriff Hillary. Lógicamente, ahora al visitar su cafetería los agentes se muestran un tanto más reacios al hecho de ser demasiado amigables con él y éste, cuya culpabilidad ya tenemos del todo comprobada cuando hemos visto que visita a Strauss y Daisy en el refugio que él mismo les ha conseguido, se da cuenta e intenta matar a su propia sobrina.

Entre que sí, que no, que si te tiro el café y me libro de ti, que si te caes al suelo y te esposo, Duncan es arrestado pero sigue fiel a Strauss y no tiene pensado desvelar nada acerca de su paradero. Por suerte, el sheriff que parecía poco simpático pero en realidad es un tío majo, les da como pista el refugio donde su padre y el de Duncan se guarecían cuando estaban de caza, bastante aislado y con todas las papeletas para ser donde se esconde Strauss.

Lo que ellos no saben es que al llegar van a encontrarse que la faena alguien la ha hecho por ellos: Strauss está muerto, casi sin cabeza y con pinchos alrededor del cuello. ¿El autor? Su queridísimo mejor estudiante, nuestro ya conocido hacker, indignado porque Strauss, al que consideraba su padre, lejos de cuidar de él o sus otros estudiantes, no ha hecho más que ponerlos en peligro todo el tiempo. ‘Muerto el perro, se acabó la rabia’, debió de pensar.

De momento tanto el hacker de desconocida identidad como Daisy están fuera del alcance del FBI. El primero, además, es todo un padre de familia al que lo tienen como una especie de camionero o similar que pasa mucho tiempo en la carretera. Todos tenemos un lado oscuro, pero el de esta gente parece ir demasiado lejos.
Y ahora, ¿qué te queda por hacer Ryan Hardy? ¿Sabrás encontrar al padre de familia con hobbies macabros? Lo veremos pronto.

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