'The Following' 3x09 Review: "Matar al mensajero" con toda la carne en el asador

Por Silvia Martínez

A falta de cuatro capítulos para el final de su tercera temporada, ‘The Following’ empieza a luchar contra su posible cancelación poniendo toda la carne en el asador con reminiscencias de esos detalles que nos hicieron engancharnos a ella en capítulos como el que nos ocupa, ‘Matar al mensajero’. Si bien es cierto que también han sido estos matices los que han hecho que haya seguidores de la serie que hayan perdido el interés tildando a ‘The Following’ de irreal e impredecible, en ‘Los Devoraseries’ echábamos de menos los giros de trama a los que la ficción nos tenía acostumbrados y seguimos apoyando su continuidad en pantalla. Siempre y cuando la tercera temporada acabe con un final que invite a seguir, claro.

No obstante, hasta el próximo mayo, probablemente, sigamos sin conocer qué le depara la cadena estadounidense FOX a la serie protagonizada por Kevin Bacon.

De momento, veamos qué tal este noveno capítulo (SPOILERS):

HARDY SIGUE DOS PASOS POR DETRÁS

Que no, Ryan, que no. Que no levantas cabeza. Da igual lo mucho que te molestes en intentar sacar a Joe de tu vida que, amigo, no lo vas a sacar. ¡Si hasta sueñas que te va a enseñar a matar a Gwen, por el amor de Dios! Decididamente, Hardy más que nadie necesita que Joe desaparezca, por un lado, y hacer él desaparecer a Sam/Theo, por el otro, si quiere de verdad darse una oportunidad para empezar de cero.

Mientras Hardy tiene pesadillas en casa, Theo se desplaza hasta el despacho de la ya fallecida Juliana – recordemos que era la intermediaria entre Strauss y el resto mientras éste estaba en la cárcel – y roba una libretita llena de números encriptados que había escondida en el forro de uno de los sillones. Ni que decir tiene que el seguridad de turno acaba con el cuello rajado al intentar frenarle, por supuesto.

Y a quien también frenan es a Ryan, que después de pasar una noche de pesadillas se dispone a empezar la mañana igual de bien cuando la policía le para en mitad de la carretera habiendo confundido su coche con un supuesto coche robado según sus datos. Y no es la única sorpresa que se encuentra durante la mañana: tarjetas de crédito que él no ha usado, recetas médicas de Gwen manipuladas…

¡Ay, ay, ay que esto suena a hacker!

REUNIÓN DE ALUMNOS

¿Nos acordamos del portátil que tenía Mark en su casa y que ahora es el novio de Max quien lo tiene? Parecíamos haberlo olvidado, tanto nosotros como el FBI, pero demos gracias a que Mike Weston existe y está obsesionado con Mark. Gracias a ello, el grupo de investigación informática en cuestión ha descubierto que había un ordenador en uso y que, si no se encontró en la casa, en algún sitio tiene que estar. ¡A rastrear se ha dicho! Más tarde verán que, justo cuando se habían dado cuenta de que estaba en el edificio, la señal se pierde. Oportuno, ¿eh?

Pero como a nuestros agentes siempre les gusta estar en más de un frente a la vez, la nueva búsqueda de Mark no impide que sigan la de Theo, ahora en otro de sus hogares con un bigotito muy original. Como buen hacker que es, emplea su tiempo libre en seguir a Ryan Hardy de cualquiera de las maneras que pueda para controlarlo, amenazarlo y sobre todo, asustarlo. De momento, nuestro Ryan no se achanta y sigue adelante con sus investigaciones con la misma valentía e intuición que siempre. Dicha intuición le lleva a adivinar, en el despacho de Juliana, que lo que Theo debía de estar buscando es alguna vía que le llevara a poder contactar con el resto de estudiantes de Strauss para así seguir con su maléfica reunión de viejos alumnos dispuestos a acabar con quien se ponga por delante.

Y en efecto, a esto se está dedicando nuestro bigotes particular, con la mala suerte de no poder desencriptar apenas ningún dato de la libreta que ha robado. Únicamente una licencia de conducir de un hombre de Virginia.
Suficiente para empezar y hacer una amistad con cervecita nocturna incluida.

WESTON TENÍA RAZÓN

Precisamente amistades es lo que ya no le quedan a Daisy – de Daisy y Kyle, ¿recordáis? –, quien después de que Theo le dejara huir el día del asesinato de Strauss, se gana la vida como camarera en un club de striptease de Atlantic City. Como camarera provocativa y guapa, claro, motivo por el cual un cliente se encariña más con ella que con las que de verdad debería y decide invitarle – pagándole – a su pedazo de casa para hacer migas, ya sabéis. Sin embargo, el hombre en cuestión parece ir demasiado deprisa para lo que nuestra Daisy desearía y ésta decide volver a las andadas y clavarle un cuchillo.

Poco después sería ella misma quien se lo querría clavar al ver cómo Mark Gray, al que todos menos Mike Weston daban por muerto, rompe la cristalera de la casa dispuesto a hacerle pagar por su traición. Detalle importante: ha perdido aún más de lo normal la cabeza y ya no se define como Mark. Ahora es Luke, como recordaremos, mucho menos benévolo que su hermanito. Pero no os preocupéis: Daisy por el momento sigue viva. El programita con el que observaban la casa de Max le mantiene informada de que alguien lo está usando y ésa sería una buena manera de llegar a Mike Weston, policía al que Mark/Luke le tiene bastantes ganas…

Como curiosidad, mientras todo esto ocurre, nuestro queridísimo Joe Carroll – ¡¿nadie más echa de menos su protagonismo en la serie?! – está recibiendo su ‘programación’ para el día de su muerte cuando, de repente, ve en el periódico una foto de Theo. Y, ¿a que no sabéis qué? Lo conoce de su época de profesor. Si Ryan le hace caso y por fin va a visitarlo, quizá tenga cosas que contarle.

JOE, LA RELACIÓN MÁS IMPORTANTE DE RYAN

Lejos de Daisy y Mark, en Virginia, Theo continúa con su recién conocido y desequilibrado amigo Gary, muy indignado porque su posible preciosa vida en el ejército se vio truncada a causa de no pasar las pruebas psicológicas por problemas de hostilidad confirmados por uno de los capitanes. Y claro, como persona influenciable que todos veíamos que iba a ser, Theo lo convence para ir hasta él y acabar con su vida, siempre recordándole lo valioso que es para el futuro. Como si hubiera renacido, vaya. Gary, todo orgulloso, decide llamar por teléfono a su ex mujer para decirle lo bueno que es. Desde el móvil de Theo, ése móvil que ahora puede rastrear el FBI. Muchacho, la has liado.

Y la vas a volver a liar en tu misión: colarte en la prisión que retiene a Joe Carroll, no para salvarlo, sino para pedirle ayuda en la desencriptación de los números. Unas cuantas palabras, miradas y promesas de fama después de la muerte, Theo – que le transmite por pinganillo a Gary lo que quiere decirle a Joe – le propone vengarse de Ryan por todo lo que le ha hecho, cosa con la que Joe no está nada de acuerdo porque Ryan, es sólo suyo. Adiós Gary, ser mensajero no siempre sale bien.

Pero, ¡eh! Por fin Joe se sale con la suya y consigue la visita de Ryan, quien acaba tan tocado de la charla –demostrando así lo que Carroll quería: ver que todavía era importante en su vida – y sin ninguna información nueva, que casi, casi, recae en la bebida al llegar a casa. Suerte que oye a Gwen en el baño y el saber que está ahí se lo impide. Aunque ésta parece no estar muy feliz: acaba de descubrir su embarazo y, probablemente, traer a un niño con las condiciones del padre en estos momentos, puede no ser demasiado bueno.

Y como colofón final, la escena que da energías a ‘The Following’ para subir sus audiencias y remontarnos a la ficción tal y como empezó. Con ese profesor amante de Edgar Allan Poe y psicópata en sus ratos libres con todo un séquito de seguidores con la misma sed de sangre que él. ¿Qué de qué estoy hablando? Joe Carroll, en su celda, 24 horas antes de morir, ha conseguido hacerse con las gafas de sol que Gary llevaba en su bolsillo de la camisa. Unas gafas de aviador, con finas patillas de metal que pueden servir para cosas que no imaginaríamos.

Pero Joe sí. Y una parte de la audiencia, por más asesino que sea, queremos que consiga lo que se propone.
¡Qué ganas de martes!

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