'The Knick' 2x01 Review: El doctor Thackery y sus métodos vuelven a escena

Por Ignacio G. Castaño

El regreso de ‘The Knick’ es tan perturbador como se podía esperar. La serie no da respiro al espectador, y en este inicio de la segunda temporada nos muestran detalles macabros desde bien pronto.

Es evidente, no nos vamos a librar de ver lo que es la cirugía en todo su esplendor, y parece que el director tiene claro que para entender de qué va la cosa tenemos que presenciar todo el proceso quirúrgico, o al menos una gran parte. Podíamos creer que con los diez capítulos anteriores ya íbamos a estar curados de espanto, pero no es así.

A los tres minutos de capítulo ya tenemos que ver como el doctor John Thackery opera la nariz de una mujer, y todo filmado con un plano detalle que hace que nos entren ganas de quitar la vista de la pantalla. El objetivo conseguido, si se trata de hacer que se nos revuelvan las tripas. Desde luego para el director de la serie, el fin justifica los medios.

(¡Cuidado, Spoilers!)

1901, nada sigue igual

La ficción se sitúa un año después de lo acontecido en el último episodio, y cada uno de los personajes ha sido recolocado de distinta forma. El destino del doctor Edwards se tornaba incierto, después de que le dejasen inconsciente en un combate de boxeo, al que había acudido afligido porque la mujer a la que amaba se había casado con otro hombre.

Su situación ha mejorado, al menos en cuanto a su posición en el hospital. Es nombrado jefe de cirujanos y se consolida como pieza clave en el esquema del Knickerboxer, aunque parece que su comodidad se va a ver amenazada enseguida.

Cornelia Robertson vive en San Francisco, y parece feliz con su marido, con el que en un principio no quería casarse. Deciden mudarse de vuelta a Nueva York, y una vez allí, Cornelia tiene un encuentro efímero con el doctor Edwards, en el que se dicen poco, pero que nos deja claro que su historia aún no ha terminado.

Del director del hospital sabemos poco, solamente que sigue debiendo su deuda al siniestro Ping Wu, y todo apunta a que ese pacto con el diablo no va a acabar muy bien. Intuyo que los guionistas no tienen preparado un final feliz para Barrow, que para mi gusto es el personaje más detestable de todos.

Drama coral

En cuanto al trío amoroso formado por la enfermera Elkins, el doctor Bertie y el doctor Thackery, las cosas se vuelven más tensas. John está ausente en el hospital, por su tratamiento de adicción a la cocaína, y el doctor Bertie intenta estar distante de la enfermera Elkins. Esta, a su vez, escribe cartas al doctor Thackery, que está enajenado por su proceso de desintoxicación.

El panorama es desolador, cada uno de los personajes ama a un tercero sin ser correspondido. Los únicos que podrían ser felices juntos no lo son por el momento en el que les ha tocado vivir. Se masca la tragedia en una época muy dura en la que existen muchas barreras y clases sociales, en un contexto delicado e inquietante en Estados Unidos.

Todo esto está transmitido de maravilla, con una estética poderosa y llena de claroscuros, ideada por un director irregular, pero siempre original.

Un personaje legendario

Lo mejor de la serie es sin duda el personaje principal, un antihéroe memorable de los que justifican por sí solos el visionado de los capítulos. Steven Soderbergh le regala un caramelo a Clive Owen, actor muy bueno y a menudo desaprovechado, que aquí realiza una de las mejores interpretaciones de su carrera.

El personaje que compone es un hombre atormentado, drogadicto, lleno de matices, tan duro por fuera como frágil por dentro, y que va por el camino de ser comparado con otros clásicos de la televisión como Tony Soprano o Walter White. Las escenas en las que aparece son siempre brillantes, y en concreto la que cierra el episodio es extraordinaria.

El sentimiento de culpa se apodera del doctor Thackery, que parece que no va a poder echar mano de las drogas para pasar el mal trago.

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