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La mala educación gana el debate decisivo de Atresmedia, más televisivo pero muy disperso

Los protagonistas del debate de Atresmedia
Los protagonistas del debate de Atresmedia ATRESMEDIA

Ana Pastor y Vicente Vallés perdieron progresivamente la palabra y el protagonismo ante la bronquedad que adquirió la velada, marcado por las interrupciones, las faltas de respeto y un inmerecido guiño a Sant Jordi. Esto deslució la elaborada puesta en escena y una realización que favorecía la discusión y la confrontación de ideas.

En el mejor de los casos, los programas de TVE y Atresmedia se prueban más efectivos si se analizan de forma complementaria.

No parece, a priori, inocente el hecho de que los cuatro candidatos estuviesen durante la media hora previa al arranque del “debate decisivo” organizado por Atresmedia plantados de pie en el plató, aguardando al tiempo dilatado hasta que Ana Pastor y Vicente Vallés oficializaran el comienzo. Más aún, habiéndose producido este con 24 horas de diferencia con el de TVE.

Como apuntaban durante el especial de Al rojo vivo que laSexta emitió como previa al directo, el “desgaste emocional, físico y psicológico” de celebrar dos citas de estas características en días consecutivos era ya suficiente; el hecho de tenerlos gestionando esos minutos de espera delante de las cámaras los predisponía para estar más tensionados, más vulnerables a errores o al menos, a no controlar su discurso con la misma seguridad y rigidez con la que lo habían hecho una noche antes.

No en vano, el tono de este programa previo, liderado por Antonio García Ferreras como de costumbre, presagiaba las diferencias drásticas entre el enfoque de la privada y el de la pública. Un ritmo más picado y un tratamiento más agresivo, en la línea del magacín de actualidad, con más colaboradores aportando puntos de vista distintos –entre los que estaban Ignacio Escolar (eldiario.es), el fundador de laSexta José Miguel Contreras, Angélica Rubio (El Plural) o la periodista María Claver–, más testimonios (el mismo recurso de la multipantalla ya visto en TVE tenía muy diferentes resultados en esta tesitura) y una cuenta atrás bien grande en el marco derecho del cuadro. Eso por no hablar del suspense alimentado por los presentadores: abrirían fuego formulando unas preguntas cuyo contenido no conocía ni el mismo Ferreras.

La misma retransmisión en paralelo del acto de Vox en Las Rozas era toda una declaración de intenciones de los servicios informativos de Atresmedia de cara al público, corroborada con la rotulación: “Un formato más ágil, con criterio periodístico, preguntas y respuestas”, prometían, mejor reiterando un argumento que había sido utilizado para cuestionar la labor de la corporación en los días previos. Tras media hora en pie, entre papeles y murmullos de sus respectivos asesores, el cansancio de Pedro Sánchez, Pablo Casado, Pablo Iglesias y Albert Rivera podía favorecer a ese espectáculo televisivo que quizás no se dio en el esbozo del 22 de abril en La 1.

¿Fue así?

En el debate de TVE, se hizo necesario que Xabier Fortes adquiriera protagonismo para ayudar a gestionar el tiempo de manera más interesante para el público elector, pues la actitud de los aspirantes estaba más cerca del monólogo a cámara que de una discusión; en el de Atresmedia, en cambio, el protagonismo estuvo desde el primer momento enfocado en los moderadores, en el despliegue del formato. El dúo del grupo dirigía los turnos y promovía el pique, mucho más encendido al empezar. Ahora bien, eso también tiene una contrapartida: la crispación les acarreaba serias dificultades para que los tiempos y la escaleta de temas se respetara. 

Pastor y Vallés, enmudecidos ante las rabietas

No deja de ser irónico que fuera el empleo el primer bloque de debate: dado que Sánchez y Rivera se enganchaban en un cara a cara –o libro a libro, con el simbólico intercambio de tesis–, Pablo Casado mirara la estampa desocupado y Pablo Iglesias tuviera que trabajar más duro no solo por reconducir la cuestión, apoyando a los presentadores. “Dennos la oportunidad de moderar el debate”, reclamaba Vallés, en las antípodas de la seguridad con la que Fortes reclamó una “educada pérdida de respeto” la velada anterior. 

En efecto: Pastor y Vallés tuvieron que afanarse más y probablemente con menos lucimiento que su homólogo de la radiotelevisión estatal. 

Ni que decir tiene que hubo menos mensaje y más declaración de intenciones, o al menos de oposiciones. La cobertura era más enfática, con más movimientos de cámara y una escala más variada de planos. No era necesario dividir la pantalla para escenificar la oposición de ideas: la pelea especialmente acerada entre los líderes de PP, Ciudadanos y PSOE ganó en la puesta en escena, aunque también podría decir que perdió en claridad y en elegancia. El decorado resultaba menos distractor (sin las continuas constelaciones geométricas del fondo) y dejaba más desnudos a los protagonistas, algo que en momentos así delataba la escasez de ideas o al menos el agotamiento mental a cinco días de abrirse las urnas y con la resaca de un debate.

Ante el enroque de unos y otros, poco podían hacer Vallés o Ana Pastor. Caracterizada por su capacidad para repreguntar y poner contra las cuerdas en El Objetivo a sus invitados, la periodista se vio sin oportunidades para imponer su autoridad y las reglas del juego. "No interrumpamos más el debate", se desesperaba tratando de suavizar los ánimos cuando se hablaba de un tema tan delicado como la muerte digna, con el popular, el socialista y el liberal pugnando por elevar una torre de palabras superpuestas cada vez más alto.

Ana Pastor y Vicente Vallés durante el debate
Ana Pastor y Vicente Vallés durante el debate ATRESMEDIA

Una puesta en escena emborronada por sus protagonistas

Ahí se notó uno de los grandes aciertos de la propuesta formal de la cadena pública: los marcadores para controlar el tiempo, que no solo obligaban a una cierta síntesis, sino que garantizaban de forma visible para el espectador que el reparto era, en efecto, el pactado. Por más que la Sala del Tiempo (ciertamente infrautilizada) demostrara luego que el reparto de minutos había sido relativamente equitativo, esa idea no se transmitió tan claramente en el directo.

Así, la claridad para categorizar los bloques de contenido (más temas, sí, pero entremezclados) se fue emborronando y dejó de resultar efectiva y, con ello, el debate comenzó a hacerse cuesta arriba.

No era un problema de forma, sino de materia prima. En TVE los políticos estaban cuadriculados; en Atresmedia, por el contrario, se mostraban dispersos. Un debate tan bien modulado en el papel, con una notable realización, se veía en problema para manejarlos. Y aún así, resultó efectivo al restar la incertidumbre imperante no tanto de cara al 28-A, sino al lunes 29: si de algo sirvió esta cita decisiva fue para vaticinar las decisiones que habrán de tomar los líderes una vez el escrutinio haya sido completado. Con el PSOE como objetivo a batir por parte de C's y PP, no caben demasiadas dudas sobre las futuribles alianzas.

Albert Rivera, el más bronco en el debate de Atresmedia
Albert Rivera, el más bronco en el debate de Atresmedia ATRESMEDIA

El envoltorio ante el contenido

"La gente sabe distinguir entre envoltorio y contenido”, postulaba Pablo Iglesias, que ante las dificultades de los presentadores simbolizó lo que a buen seguro sentirían muchos espectadores ante la bronquedad de la noche. Los problemas que pudiera tener el debate de TVE no eran periodísticos, ni era aquel menos periodístico que este.

La cuestión no era el envoltorio sino el contenido. No el escenario reglado, sino la talla política. Y ese último, ha quedado evidenciado, no es algo que se solucione con un escenario más grande o un tamaño de plano distinto.

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