Crítica Vertele 'Ronja, la hija del bandolero', una serie para recuperar el espíritu de Marco y Heidi

'Ronja, la hija del bandolero', una serie para recuperar el espíritu de Marco y Heidi
'Ronja, la hija del bandolero', una serie para recuperar el espíritu de Marco y Heidi

Llega a España la serie dirigida por Goro Miyazaki, hijo del célebre animador: una delicia para los más pequeños

En 2014, el célebre Studio Ghibli se encontraba en una de sus épocas más difíciles, si no la peor. El productor ejecutivo de la compañía, Toshio Suzuki, anunciaba que iban a cesar su actividad en la creación de largometrajes. Al mismo tiempo, Hayao Miyazaki, el rostro más conocido del estudio y responsable de El viaje de Chihiro o Mi vecino Totoro, afirmaba reiteradamente que sus problemas de vista no iban a permitirle seguir trabajando.

Su principal apoyo, el realizador Isao Takahata, también tenía la salud delicada debido a un cáncer de pulmón que terminaría por llevárselo este 2018. Y, por si fuese poco, gran parte de los trabajadores del estudio habían abandonado la compañía para fundar su principal competidora: Studio Ponoc, que hace poco estrenaba su primer film.

Sin embargo, en el ojo de la tormenta se fraguó una serie cuya existencia resulta hoy casi un milagro. Se trataba de Ronja, la hija del bandolero, la adaptación en formato animado y serializado de una de las obras más queridas de la escritora sueca Astrid Lindgren. Además, iba a dirigirla Goro Miyazaki, el hijo del animador nipón.

Aunque ya se pensaba que no íbamos a poder verla nunca en España, ahora la serie se edita en DVD y Blu-Ray en nuestro país, además de estar disponible en Amazon Prime Video y en Movistar+. Y resulta ser una de esas pequeñas odas a la infancia que podrían haber marcado una generación, de haberse emitido en televisiones. 

Una serie como homenaje

No es casual que, en su momento, pareciese que Ronja, la hija del bandolero iba a ser el último producto original de Studio Ghibli. Si cerraban la producción de largometrajes, lo que les quedaba era el mercado doméstico, e invertir en una serie parecía la jugada más lógica. Más si esa serie reunía casi todos los elementos temáticos que habían sido la insignia de la compañía.

Ahora sabemos que Miyazaki trabaja en un nuevo y definitivo largometraje basado en una novela infantil escrita por Genzaburō Yoshino, autor de marcada filosofía marxista. Pero a pesar de esto, es inevitable leer Ronja, la hija del bandolero como un compedio de los valores que el director de El castillo ambulante imprimió en su obra. Los mismos, en el fondo, en los que educó a su hijo: el respeto por la naturaleza, la empatía y la comprensión de los problemas ajenos antes que el enfrentamiento, la inteligencia aplicada siempre en beneficio de la mayoría y no de uno mismo...

Ronja, la hija del bandolero sintetiza y raciona su discurso en pequeñas dosis, adaptando su tono a un público infantil al que siempre trata con respeto. De ahí que su mecánica no funcione como una lección unidireccional de cualquier episodio de Dora, la exploradora, sino como parte intrínseca de una narrativa mayor en la que siempre existe un factor humano basado en una conexión emocional con lo expuesto.

Características, todas ellas, que hacen pensar que Goro Miyazaki, que durante años estuvo enfrentado con su padre por la oposición de este a que debutase en el cine con Cuentos de Terramar, ha querido no solo reconciliarse con su herencia sino rendirle homenaje.

Por eso, en sus momentos más inspirados, la serie que ahora se puede ver en Amazon Prime y en Movistar+ recuerda a obras de quienes fuesen los máximos responsables de Studio Ghibli. Recogiendo el dramatismo y calculado humanismo de Marco, de los Apeninos a los Andes, y el amor por la naturaleza y la libertad de Heidi, obras fruto de la colaboración entre Isao Takahata y Hayao Miyazaki.

Ronj y Birk, el hijo de un clan de ladrones enemigo
Ronj y Birk, el hijo de un clan de ladrones enemigo

Un fantástico material original

La novela en la que se basa Ronja, la hija del bandolero se publicó originalmente en 1981, cuando a Astrid Lindgren ya era toda una institución del libro infantil europeo gracias a su más célebre creación, Pippi Calzaslargas.

El éxito no tuvo nada de extraño y pronto se adaptó al séptimo arte. Lo hizo, eso sí, con un extraño film de más de dos horas que mereció un Oso de Plata en Berlin, pero que hoy es difícil noentender como una extravagancia que no supo encontrar el equilibrio necesario entre la delicadeza de la novela y la locura inherente a su historia.

Mejor supieron tratarla los numerosos musicales que adaptaron esta historia, una obra de lo más popular en países como Polonia, Hamburgo o Alemania. Su huella, de hecho, pervive en los momentos musicales que la serie no intenta evitar.

No hay que olvidar que tanto la serie como la novela narran la historia de una joven que también es la única hija del jefe de una tribu de bandidos que vive en un castillo perdido en un bosque. Una joven que convive y descubre su valía rodeada de siete bribones para los que no está dispuesta ni a lavar la ropa ni a fregar los platos.

Lindgren, reconocida feminista, supo crear un personaje inspirador que fuese libre en sus aspiraciones y esperanzas, pero también combativa en su propósito por hacerse un hueco en un mundo de hombres.

De la misma forma, la serie de Goro Miyazaki dedica todos sus esfuerzos a despertar la imaginación y transmitir valores desde la sensibilidad y el andamiaje intelectual preciso. Impregnando cada decisivo avance de una trama absoluta y totalmente relajada, de un cariz singular.

Algo a lo que contribuye un apartado animado que, si bien resulta por momentos ortopédico en los movimientos fluidos del anime en 3D, se muestra brillante en su diseño de personajes y en su mirada hacia una naturaleza omnipresente y tan bella como hostil.

Ronja, la hija del bandolero propone un mundo por descubrir y una protagonista dispuesta a hacerlo, cometiendo errores, asumiendo responsabilidades y aprendiendo en el camino. Pero siempre, siempre, desde una posición dispuesta al cambio, y con una mirada entusiasta por vivir sin complejos.

Ronja, bailando con el clan de bandidos y buscavidas al que pertenece
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