Opinión Sobre la inutilidad de los Consejos Audiovisuales: ¡A la anarquía por la electrónica!

La respuesta de Alejandro Perales, presidente de la Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC), al artículo de Josep M. Mainat

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Sobre la inutilidad de los Consejos Audiovisuales: ¡A la anarquía por la electrónica!

Las opiniones de Josep Maria Mainat tienen la ventaja de la claridad: frente a los amagos y pasteleos de otros situados en su misma trinchera, a Mainat se le entiende todo, todo, todo. Aunque, como aseveraban los clásicos sobre la doxa en relación a la episteme, sus opiniones ilustran poco sobre la realidad del tema del cual opina, nos ayudan en cambio a entenderle a él muy bien y a entender cómo esas posiciones de calibre grueso han contribuido, entre otras, a llevar a la oferta televisiva española a los niveles en los que hoy se encuentra.

Mainat se extraña de que en reciente estudio promovido por la ATV se afirme que los profesionales del sector aprueban casi por aclamación la creación de un Consejo Audiovisual, mientras que su experiencia directa de hablar con ellos tête a tête o por teléfono le demuestra que todos se ciscan en el citado Consejo. Parece desconocer Mainat no sólo los procelosos meandros del ello y del súper yo - de los que sólo se libran aquellos cuya unidimensionalidad caracterial adquiere la textura del cemento armado-, sino también el camuflaje verbal al que recurren –al parecer, menos ingenuos que él- ciertos profesionales y directivos acostumbrados a hacer mangas y capirotes, desde una impunidad bastante confortable, con la normativas varias que enmarcan la actividad audiovisual décadas ha.

Mainat nos quiere envidia de Europa –y del mundo: ¡Que se jodan los norteamericanos con su FCC!- avanzando todos, y él el primero, por la senda de la desregulación. Es muy sintomático que su preocupación no se oriente a reflexionar sobre si es mejor que la vigilancia y posible sanción por incumplimiento de la Ley venga de un órgano independiente y de carácter consensual o venga del Gobierno, ya que esta segunda alternativa ni tan siquiera se la plantea. ¿Y porqué iba a hacerlo, si aquí hasta ahora nadie con capacidad de decisión parecía asumir que existe una normativa en vigor desde el año 94 que, entre otras cosas, y con sus defectos, debía regular aspectos como la insufrible desprotección del menor en horario diurno y la no menos insufrible saturación publicitaria y promocional?. Pregunta Mainat, retóricamente o no, a su amigo encuestado: “¿Para qué necesitas tú un Consejo Audiovisual?”. Efectivamente. ¿Para qué quiere límites el que tiene la sartén por el mango? ¿Es que las televisiones necesitan una ley que las proteja para hacer lo que les venga en gana? La electrónica quizás no nos lleve a la felicidad, como creía el pobre Fernán-Gómez en película célebre, pero aún puede llevarnos a la anarquía. A la anarquía pessoana del banquero anarquista, claro está. A lo mejor, su amigo podía haberle contestado que la necesidad del Consejo Audiovisual, como la de todas aquellas leyes que protegen a la ciudadanía, no bascula tanto en el lado de los ofertantes, sino en el lado de los demandantes. Y, ya puestos, podía haberle contestado también que como profesional, quizás necesite un día un Consejo Audiovisual para poder cumplir con sus obligaciones para con los espectadores por encima incluso de la voracidad de algunas cadenas. En todo caso, pensará Mainat, al espectador siempre le quedará el interruptor del televisor o el mando a distancia para hacerse valer. O quizás versionar con un cambio de letra –algo que tan buenos réditos ha dado al susodicho- cierta canción de un, supongo, antepasado suyo que oficiaba en La Trinca: “Mama! Caca! A la tele que li han fet? / Mama! Caca! Ja no queda un pam de net”.

Anuncia Mainat una próxima entrega en la que las asociaciones de telespectadores recibirán también lo suyo. La espero con impaciencia. Le aporto, para tal fin, una información básica: en España sólo hay dos organizaciones dedicadas a ese menester, y le aseguro que al menos una de ellas, la que presido, difícilmente puede asociarse a “estamentos religiosos que las promueven y las financian”, dado su carácter laico y progresista. Esa monserga indiscriminada de la religión ha sido al parecer utilizada igualmente por Xavier Sardà (otro que tuvo un antepasado) y mi aclaración es sólo para evitarles en lo posible el equívoco. Ya sé que usted, Mainat, en cuestiones conceptuales no anda muy fino, pero después de verle revolucionar el mundo del marketing en una entrega anterior atribuyendo al término killer en su acepción televisiva (derivación del ya suficientemente consolidado en el mundo de la distribución category killer) el significado de innovador (¡!), no quiero verle también meter el remo atribuyéndonos un pretendido vaticanismo que nos queda muy lejano.

Quede aquí el comentario. No me cunde tanto el tiempo –o no tengo tanto libre- como el señor Mainat para alargarme más. En otra ocasión podemos hablar de si los espectadores se quejan de la tele o no se quejan, y de si cuando se quejan sólo se quejan de tonterías. Si puedo acogerme a la benignidad de este foro, tiempo habrá para ello.

Un cordial saludo.

Alejandro Perales
Presidente de AUC

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