Opinión Ausenciales Ana Rosa

Fernando de Felipe escribe hoy sábado, en el diario "La Vanguardia", una crítica del programa matinal de Ana Rosa Quintana en Telecinco

Son cosas que conviene no olvidar: el libro de Ana Rosa... lo escribió otro. Los esenciales, Ana Rosa... se los ponen las demás. El programa de Ana Rosa parecen hacerlo todos menos ella. Enfundada en sus zapatitos de diseño, Ana Rosa Quintana, la reina de las mañanas, corretea últimamente de aquí para allá sobrevolando el plató como si la gravedad (la de los hechos y la otra, tanto da) no la afectase lo más mínimo. De puro ausente, Ana Rosa ha llegado al extremo de esfumarse, literalmente, a mitad de programa, como si la cosa esa del directo no fuera realmente con ella.

Y es que para rellenar su espacio y matar su tiempo hablando de idioteces ya están ahí sus fieles colaboradores, esa guardia pretoriana que forman, entre otros muchos, un Maxim Huerta bajo mínimos periodísticos, la eterna y hasta marmórea cara de chiste de Óscar Martínez, el cada vez más repetitivo y cargante Jorge Javier Vázquez, la chirriante Belén Rodríguez o esa otra Belén, la Esteban, a la que Ana Rosa, con el permiso del Condelé, explota televisivamente como la payasa sin fronteras (ni criterio, ni vergüenza, ni dos dedos de frente) que en el fondo es. Mención aparte merece Camino, una chiquita con pinta de cumplir todos los tópicos que se dicen de las rubias y que nadie sabe de dónde ha salido o de qué diablos se ríe, pero a la que la Quintana, ojo al dato, parece amadrinar con sospechosa determinación.

Fue la misma Ana Rosa la que dijo que la suerte "te tiene que pillar trabajando". Por el momento, y aun a pesar de sus intermitentes ausencias, la Quintana continúa tentando a la suerte y manteniendo el liderazgo por encima de las pantuflas de la Ballester y del espacio de interés variable de la Campos. Hasta ahí, todo correcto: que cada cuál haga con su vida, su carrera, su público o su cadena lo que le apetezca. Otra cosa bien distinta sería que Ana Rosa estuviera aprovechando sus constantes escaqueos para escribir, ratito a ratito, una segunda novela. Eso sí que resultaría insoportable.

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