Opinión "El Caballero " y la periodista

Gregorio Morán, en sus "Sabatinas intempestivas", habla del plante de Silvio Berlusconi a una periodista de la RAI en su tradicional página del sábado en el diario La Vanguardia

Adoro la televisión, y no la puedo ver. Un instrumento maravilloso que deja de serlo en el momento que enciendes la pantalla y te quedas espantado ante la hipocresía de estar pensada para delincuentes mentales; una multitud que sueña con las mayores vilezas que nunca se atrevería a hacer, pero que le encandila contemplar. La televisión huele, y esta particularidad constituye un milagro más trascendental que el de los panes y los peces, porque entonces se trataba de un puñado de hambrientos y ahora es cosa que alimenta con basura a millones de ciudadanos. Adoro la televisión, pero me parece despreciable la gente que produce esta televisión. Y sin embargo hay momentos de gloria. Yo creo que todos debemos a la televisión, como mínimo, un momento de gloria. Aquel día que encendimos el cacharro y saltando de cadena en cadena, con la bala en la recámara del mando a distancia, apareció eso. Y eso no lo podremos olvidar nunca. Un filme soberbio metido a deshora, un documental que nos deja perplejos por su fuerza, una exhibición de talento en un programa menor, una historia imposible que sólo la televisión con su frescura es capaz de rescatar. O una entrevista. He sido testigo privilegiado de una de esas entrevistas que retratan un mundo y confirman algo tan obvio como la fuerza inequívoca de la imagen sobre la palabra, la escritura o el discurso.

Fue en Italia, un domingo por la tarde. Se cumple ahora una semana, y aunque de ello estuvieron hablando los medios de comunicación italianos durante días aquí no llegó apenas, porque las noticias de fin de semana en los medios de comunicación españoles son pan duro, ni siquiera recalentado, aunque lo pagamos como si se tratara de pan candeal y del día. En la RAI, la Radiotelevisión Italiana, se desarrollaba una entrevista al presidente del Gobierno, el inefable Silvio Berlusconi, conducida por Lucia Annunziata, una sosa periodista curtida en mil lides políticas de los entornos de la izquierda. El marco está dado, la RAI, hora punta, il Cavaliere,denominación habitual de Berlusconi, cuyo sentido imagino que ha de ser sarcástico al tratarse de un delincuente de postín. Enfrente, la periodista, una mujer de cierta edad y rostro escasamente expresivo, dispuesta a asumir su papel de frontón en la exhibición que prepara el presidente.

Los primeros catorce minutos carecen de historia, pero hete aquí que il Cavaliere se va agitando y su figura adopta un tono chulo, en su sentido llamémoslo clásico: la gomina fija el pelo escaso, la corbata clavada al cuello por un nudo wilson, y un aletear de las cejas anunciando que ataca y que la sonrisa que apenas interrumpe su discurso significa que la hiena goza mientras se prepara para orinar sobre la víctima. Van a ser tres minutos apenas, pero inmortales. Berlusconi ataca echando ligeramente los hombros, como para reafirmar la gomina y el discurso, y mientras desgrana de corrido todos los supuestos triunfos de su deshilvanado Gobierno, no le basta y llega a humillar a la entrevistadora con referencias que admiten la traducción libérrima - "la economía no es lo suyo"- hasta alcanzar la amenaza - "éste puede ser un baldón en su carrera"-. Yla situación va subiendo de grados al calor de la única fuente ignífuga que es il Cavaliere, lanzado a la exaltación de su gloria y su talento. Y la periodista, entre acoquinada y con ganas de acabar, haciendo una voz en off, ni siquiera interrumpiéndole, para apuntarle que está mintiendo y que una entrevista no es un monólogo. En fin, que los tres minutos se hacen cortos porque el supuesto Cavaliere amenaza con marcharse y no insinúa, sino que precisa, que eso le puede costar a la mujer un disgusto. Por tanto, absténgase de decir nada hasta que yo termine. O lo que es lo mismo: tienes dos opciones, gilipollas con melena y cara de pánfila, o aguantas hasta el final todo lo que voy a soltar hasta que los ojos se te hagan chiribitas del pasmo o te monto un número del que te vas a enterar toda tu vida, y peligrarán tus hipotecas, tus intimidades y hasta tus amigos más queridos, y hasta tu jefe me dará la razón... Como así fue.

Y cuando la situación parecía controlada, cuestión de segundos, porque Berlusconi está convencido de que no osará decir nada aquella pazguata arrollada por el ímpetu de un caballero a la antigua, bien dotado testicularmente, o al menos, como el valor en el ejército, que se le supone a todo el mundo. (Aquí, permítanme hacer una apostilla a propósito de lo testicular en la política de los líderes, porque es asunto muy curioso. Los cojones fueron muy considerados como elemento de acercamiento a las masas, dicho sea en desprecio de éstas. Alfonso XIII los saludó, a los cojones, cuando Primo de Rivera se sublevó en 1923. Y podría seguir el excurso un tanto sicalíptico por los andurriales de nuestra historia, pero fíjense que el asunto es tan latino que Fidel Castro lo llegó a utilizar en memorable ocasión; aún recuerdo que en uno de sus interminables discursos en La Habana, Fidel hizo desternillarse de gozo a las masas cubanas al contar, en payaso total con supuesta carga ideológica, cómo el pene cubano era mucho mayor que el chino - y la gente, desternillándose de la risa-, lo que había impedido la utilización de las remesas de condones que la República Popular China envió a la isla.) Embalado, decía, Berlusconi en la explicación de sus éxitos y seguro de que la carga que ha iniciado va a dejar a la periodista fuera de combate, ella, con voz apenas audible, le dice que no puede ser, que está mintiendo y que no está respondiendo a lo que le ha preguntado y que, sobre todo, no tiene el derecho al monopolio de la palabra.

Entonces se yergue il Cavalieri y repite ya en alto ese "Me voy". Pero como es el rey del espectáculo, lo hace con una coda. Reconozco que me quedé anonadado ante el privilegio de ser espectador de un momento único: un presidente del Gobierno haciendo una vileza inconcebible ante millones de espectadores como yo. Porque él quería irse a la primera oportunidad que le otorgara la torpe entrevistadora, acoquinada ante la arrogancia del poder. Y así lo hizo, conforme empezó a escuchar el rum rum de su decir, que apenas si alcanzaba a cubrir la voz del amo. Pero lo más curioso llegó entonces, y fue el lenguaje de los gestos, eso que sólo consiente la televisión y que no es transmisible al mundo de las palabras. Il Cavaliere se levantó, muy puesto en su papel de boss de todo lo que se mueve hasta donde alcanza su vista, echándose hacia delante, porque ella seguía sentada, le tiende la mano, obligándola a levantarse un poco. Entonces, la cámara recoge fría, impertérrita, la imagen de Berlusconi ejerciendo de Caballero,con Lucia Annunciata extendiendo el brazo, para saludarla en la despedida, mientras se oye su tono de galán tronado, apuntillándola: "Debería sentir usted un poco de vergüenza por lo que ha hecho". ¡La humilla, la amenaza, le da la mano como se echa pan al pobre... y encima le concede el favor de reconvenirla, para que aún pueda seguir en el gremio periodístico!

Y entonces me pregunté: ¿qué papel nos toca a nosotros en ese espectáculo en que se ha convertido la política? ¿Ser esos payasos que hacen reír a su parroquia y que tanto gusta en las radios y televisiones de Catalunya? ¿Hacer de comentaristas inútiles y presuntamente sesudos, a vellón la frase, como tanto agrada a las radios y las televisiones de Madrid? La política ha pasado a ser oficio para profesionales del espectáculo. Los modos europeos, herederos del siglo XIX, están siendo barridos por el presente. A la gente le gusta el espectáculo, quiere que le lleguen a eso que ellos llaman el corazón,órgano que sitúan más o menos a la altura del estómago, y que sea como ellos, y se exprese como ellos, y que gobierne como ellos hubieran hecho de haber tenido una oportunidad.

Si la política es un espectáculo, lo mejor será que en vez de que los políticos hagan de actores, incorporar a los actores a la política. Un actor ya es un profesional destacado. Eso es lo que hizo de un hombre tan limitado como Ronald Reagan una especie de estadista. Es más fácil que Reagan sea un digno jefe de Estado que hacer de Bush júnior un buen actor. Hay cosas que ni el dinero puede lograr. Uno entiende que Sean Connery haya decidido dejar la interpretación para dedicarse a la política; lo que le va a tocar desde ahora es coser y cantar, al lado de sus soberbias y difíciles interpretaciones cinematográficas. Pero debemos ser conscientes de que detrás de ese símbolo de il Cavaliere arrogante y la periodista cumplidora hay mucho material para la reflexión. ¿Debía aceptar ella darle la mano, después de ensañarse Berlusconi en la amenaza y la provocación? ¿Es obligatorio el buen rollito para que los espectadores digieran mejor?

Vuelve aquella vieja frase que decían los abuelos bien situados: "No me molesta que reivindiquen los esclavos, incluso lo veo justo. Pero las formas... Hay que cuidar las formas". ¿Se imaginan las formas de Berlusconi ganando su primer millón de dólares? Hemos siempre de volver a El Padrino de Coppola. Uno exige educación cuando tiene algo que defender. Hemos llegado a unos tiempos en los que cabe decir que uno entiende la arrogancia de Berlusconi y su soberbia de zafio poderoso. Lo que me afecta hasta la lágrima es la cobardía de los simples. ¿Saben qué dijo Lucia Annunziata, la veterana periodista que en ocasión infausta llegó a dirigir incluso la propia RAI? Que el incidente demostraba que Berlusconi no sabía tratar con los periodistas. Perdóname, imbécil, Berlusconi sí que sabe cómo se trata a los periodistas. Los que no sabemos cómo tratar al poder somos nosotros.

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