Respuesta a Aznar Historias de la televisión

El Presidente del Gobierno, José Maria Aznar, atribuyó a "empresarios" y "profesionales" de la televisión la responsabilidad de que exista la telebasura. Desde posiciones conservadoras, Manuel Martin Ferrand le respondió el sábado en el diario ABC.

Del mismo modo que, gracias a nuestro lamentable sistema educativo, la mayoría de los espectadores más de-votos de la televisión no podrían explicar la naturaleza y funcionalidad de un tubo de rayos catódicos, por culpa de nuestras escaseces democráticas son muchos los responsables políticos que carecen de un criterio bien formado sobre cuáles son los vericuetos que conducen al control y uso del medio. Es, por lo que parece, el caso del mismísimo José María Aznar. En una reciente entrevista que le hizo Luis del Olmo para Protagonistas, en Onda Cero, el presidente del Gobierno achacaba la responsabilidad de la creciente pujanza de la televisión-basura a «los empresarios de esas televisiones» y «a los profesionales, que pueden decir: Mire usted, yo no voy a hacer eso».

¿Ignorará Aznar que el Estado es el primer «empresario» entre todos los del sector audiovisual? ¿Ignorará también que sólo «su» TVE emite ocho horas diarias consagradas al culebrón y a los programas en que un abundante equipo de chafarderos desmenuza las noticias del corazón y de un par de palmos más abajo? ¿Ignorará además que, sin incluir programas tan culturales como «Operación Triunfo», muchos de la parrilla de la gran televisión pública ocupan con todo mérito los primeros puestos de la abyección audiovisual española? ¿Ignorará igualmente que «Tómbola», el programa pionero del género, es un fruto, auspiciado por Eduardo Zaplana, del Canal Nou, el autonómico valenciano que mangonea el PP? ¿Ignorará incluso que Telemadrid, también controlada -hasta ahora- por el PP, incluye productos tan despreciables como «Mamma Mía»?

No aliviaré, ni en un gramo, la responsabilidad que corresponde a «los empresarios de esas televisiones» que, atrapadas en la batalla de las audiencias, sólo podrían argüir para su defensa la competencia desleal con que les hiere la creciente presencia de las televisiones del Estado, nacionales o autonómicas. Si eso les justifica y si Santa Clara -patrona de la telecosa- no interviene, de ahora en adelante su justificación será aún mayor. El anteproyecto de la Ley General de Radio y Televisión, que ya emite sus primeros vagidos desde el regazo de Josep Piqué, servirá -a juzgar por el borrador que llega a mis manos- para empeorar más aún, con mayores agravios comparativos entre lo público y lo privado, la muy estéril situación actual. La ley que prepara el Gobierno, con la pretensión de unificar el marasmo legislativo vigente en la materia, complicará más aún las cosas al no abordar ni modificar el contenido de la nefasta Ley 4/80, la que rige el funcionamiento de RTVE y sirve de pivote para la organización del sector.

Del mismo modo que José Luis Sáenz de Heredia hizo, en 1965, una divertida comedia con el título de esta columnilla, algún joven valor podría rodar hoy una tragedia que sintetizase las nuevas «Historias de la televisión».

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