Rechazo Indignación internacional por el asesinato de un cámara en Irak

El Gobierno de EEUU da otra vez la misma excusa sobre la muerte del perioidista palestino que en el caso de José Couso, cámara de Telecinco. Dice que confundió la cámara con un lanzacohetes. Por su interés ofrecemos la crónica de Alfonso Rojo para El Mundo:

El comunicado militar es frío como un acta notarial: «Nuestros soldados se enfrentaron con un individuo creyendo que les apuntaba con un lanzagranadas y resultó ser un camarógrafo de Reuters».

En Bagdad, una portavoz norteamericana ha intentado suavizar la brutalidad del lenguaje castrense, argumentando que sus tropas viven en permanente tensión y sufren constantes atentados, pero la muerte de Mazen Dana no es fácil de justificar. Ni siquiera de explicar.

Mazen Dana, natural de la ciudad palestina de Hebrón, tenía 41 años y cuatro hijos. Pereció el domingo junto a la tristemente famosa prisión de Abu Ghraib al ser alcanzado en el pecho por una de las balas de ametralladora que le disparó el tripulante de un carro blindado estadounidense. Con él son ya 17 los periodistas fallecidos en Irak desde el comienzo de esta guerra.

A otros dos reporteros desaparecidos en el desierto del sur del país también se les da por muertos.

Los veteranos de esta profesión sostienen que a los periodistas no los asesinan en las guerras. Caen en un infierno donde vuela la metralla, estallan las bombas y abundan los malvados. Esas circunstancias, dolorosamente ciertas casi siempre, ni siquiera se dieron con nitidez en la tragedia de Mazen Dana.

[Esta misma desgracia se dio con el cámara español José Couso, en el mismo escenario, Irak, y con los mismos protagonistas, un reportero gráfico y un tanque norteamericano. En aquella ocasión, el Pentágono afirmó que había actuado en «defensa propia» cuando atacó el hotel Palestina y acabó con la vida de Couso, asegurando que desde allí se había hostigado a las tropas norteamericanas y que el tanquista pudo confundir su cámara con un lanzamisiles.En este nuevo incidente EEUU dio primero una versión similar, para luego precisar que el carro armado «abrió fuego tras apuntar a una persona que se suponía que estaba guiando el ataque de las fuerzas iraquíes»].

Como muchos de los reporteros destacados en Bagdad, el camarógrafo palestino y Nael al Shyoukhi, su ayudante de sonido, habían acudido a la cárcel de Abu Ghraib, tras saltar la noticia de que seis presos iraquíes habían muerto esa noche y que otros habían resultado heridos, víctimas de las granadas de mortero lanzadas contra el recinto por miembros de la «resistencia iraquí». Era media tarde, hacía mucho calor y el sol daba de lleno.

Abu Ghraib es lugar de siniestra reputación, donde fueron encarceladas, torturadas y ejecutadas miles de personas en tiempos de Sadam Husein, y que los norteamericanos usan ahora como prisión y base militar. En su fortificado interior se agostan 500 desventurados, incluyendo delincuentes comunes y gerifaltes de la dictadura.

Esta prisión queda 25 kilómetros al oeste de Bagdad, entre nudos de carretera y autopistas desde donde los nostálgicos de Sadam atacan ocasionalmente. No es un sitio cómodo para reportear o hacer fotografías, porque los centinelas andan de malas pulgas y con los nervios a flor de piel.

El camarógrafo no lucía en su coche las inmensas letras TV, hechas con cinta plástica, con que la mayoría solemos decorar nuestros vehículos, pero portaba bastante visibles las pegatinas, prendas y protecciones típicas de estos casos. Tenía mucha experiencia.

[Dana era un laureado periodista que había cubierto para Reuters, donde llevaba trabajando más de 10 años, los enfrentamientos en la ciudad cisjordana de Hebrón principalmente, ciudad de donde era originario. Mazen había recibido de parte del Comité para la Protección de los Periodistas un International Press Freedom Award en la reunión de 2001por su reputado trabajo en Hebrón, no exento de peligros, ya que fue herido y golpeado en numerosas ocasiones].

Repasando los instantes previos a la muerte de Mazen Dana, su técnico de sonido explica que preguntaron a unos soldados si sería posible entrevistar a algún oficial. Los militares les dijeron que era imposible y les conminaron a alejarse de la zona.«Nos vieron, sabían quiénes éramos y conocían nuestra misión», puntualiza Shyoukhi. Este asegura que los soldados les autorizaron a filmar desde lejos un plano general de la prisión, por lo que se desplazaron hasta un puente cercano.

«Tras filmar, nos metimos en el coche dispuestos a irnos, pero justo en ese momento vimos que salía un convoy encabezado por un blindado», dice Shyoukhi. «Mazen salió a toda prisa del coche y yo le seguí; íbamos con nuestras identificaciones bien visibles».«Mazen caminó tres o cuatro metros y en ese instante, el del tanque nos disparó», relata Shyoukhi. «Me tiré al suelo y escuché a Mazen quejarse y echarse las manos al pecho; le grité al soldado que éramos periodistas, pero sólo decía que me alejase...,le dije que necesitaba ayudar a mi amigo..., que le ayudasen ello, que habían matado a un periodista».

La última toma de Dana fue la imagen del Abrams dirigiéndose hacia él. En la grabación se observa cómo se aproxima a mucha velocidad el blindado y, de repente, el objetivo tiembla, hace un círculo y cae a tierra. «Mazen respiró muy fuerte y falleció ante mis ojos», concluye el sonidista. Añade que los militares intentaron taponar la hemorragia de su colega.

Aunque fueron los estadounidenses quienes se hicieron cargo del cuerpo sin vida de Dana y lo introdujeron en una de sus ambulancias, el equipo, las cintas y el material fueron recogidos por Shyoukhi.El técnico de sonido, que es un tipo alto, de tez clara y ayer llevaba vendado un antebrazo, musita que ellos no representaban amenaza alguna para los soldados y repite -como una letaníaque no entiende.

El Pentágono se aferra a la versión oficial, insiste en que la tripulación del blindado creyó que tenían enfrente a un sujeto armado con un RPG-7, el instrumento favorito de los fedayin de Sadam cuando atacan convoyes estadounidenses, y se escuda -como de costumbre- en los errores y «daños colaterales» de todas las guerras.

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