Alternativa "Off TV", la televisión alternativa, una necesidad

Jordi Balló teoriza en Cultures sobre la necesidad de correr riesgos en el mundo de la televisión. Escribe: "El sistema televisivo es muy resistente porque a trancas y barrancas mantiene una tensión iniciática entre lo sublime y lo banal, entre lo singular y lo olvidable. Y el espectador debe enfrentarse a ello"

Todos hemos aprendido a saber que sin el “off Hollywood” el cine norteamericano estaría muerto y sepultado, y con él sus reactivos de otras nacionalidades. Menos evidente, pero igualmente cierto, resulta el teatro: “off Broadway” es una manera de decir que sin el impulso de una manera de hacer distinta, el núcleo central de la producción comercial acabaría muerta de inanición. Sucede exactamente lo mismo en televisión, aunque de esto se hable menos. El “off TV” es una necesidad objetiva para crear prototipos de programas que rompan con la tendencia natural a la serialidad repetitiva y el riesgo mínimo. Muchas veces este tipo de programas son vistos con condescendencia por una televisión que se vanagloria públicamente de menospreciar lo minoritario. Pero a la hora de hacer recuento, son estas obras que en su momento pasaron más o menos inadvertidas las que acaban sustentando el proyecto público de una cadena. Son programas que duran. Que preservan la memoria de la obra contra el carácter saturnal de la fungibilidad.

A contracorriente. El “off televisión” reconoce que hay que crear contra lo establecido, contra lo que ya sabemos que resulta. Se necesita, por tanto, un dispositivo emocional que hay que incorporar al sistema de funcionamiento de la cadena. Es la necesidad de mirar a otro sitio, de incorporar a autores y productores poco habituales en el medio, de dejarse llevar por la pendiente del enigma. Las grandes obras de referencia, en la televisión, han pasado por periodos de incomprensión. Cuando Lars von Trier realizó su gran serie modelo “hospital” para la televisión danesa, es decir, Riget (El reino), todo era incierto. Los responsables de dramáticos de la cadena (no todos, afortunadamente) temían que esta producción sólo sirviera para poner un juguete en manos de un autor cansado temporalmente del cine. Pero la serie no sólo funcionó muy bien de crítica y público en su momento y después, sino que además pasará a la historia como un lugar de fundación. Es en Riget donde Von Trier liberó a la cámara para crear inquietud y redefinir el realismo contemporáneo. Ahí la televisión reinventó el cine.

Romper el clientelismo. El principal enemigo de la televisión creadora es el clientelismo. O lo que es lo mismo, crear confusión sobre el destinatario de la obra. No son los responsables de la cadena a quienes hay que servir, sino al público, a los espectadores, sean los que sean, pocos o muchos. Y, en última instancia, a la lealtad del propio proyecto, a la convicción de que un autor, un productor, un programador hacen lo que creen que hay que hacer. Pero este sistema tan elemental está siendo constantemente oscurecido por el interés encubierto de lo publicitario. Bueno, encubierto es un decir. Porque a principios de julio, sabíamos por el flamante director general de gestión de Antena 3 cuáles eran los objetivos de su cadena: “Tan sólo ponemos espectadores a disposición de los anunciantes”. La frase es antológica porque cuenta como nadie la idea que tienen del medio algunos personajes. La cuestión es ésa: o consumidores en el sentido más brutal o agentes activos interpelados por las obras que se emiten. Ahí está la diferencia.

La resistencia. Como se puede comprobar cíclicamente, el proceso de degradación de la televisión no es uniforme, ni imparable, ni irreversible. Más bien al contrario, el hecho de que las televisiones públicas sean un invento de la democracia y que hayan sido creadas como arma política de servicio a la comunidad acaba resultando un fundamento difícil de noquear, o de hacer olvidar. Pese a las apariencias, no todo puede estar en venta. Sólo hace falta que algunos programas conecten con la ciudadanía como reactores sociales para que las televisiones sean capaces de crear este consenso necesario con la sociedad que visibiliza porque están allí. Este balanceo es fundamental y es el que justifica que el “off televisión” sea no sólo deseable, útil y esencial, sino muy resistente. Evidentemente depende del grado de democracia de un país y de la higiene establecida en una cadena y su entorno, pero los ejemplos de perdurabilidad de programas alternativos son suficientes en diversas cadenas para hacernos comprender que la persistencia de las obras creadoras no responda únicamente a residuos del pasado. Es en el trabajo personal desde el interior y el exterior de las cadenas de televisión, y en la conciencia polémica en los Parlamentos, donde se produce el triángulo necesario para no enterrar definitivamente esta disidencia. Sin ella, la televisión sería, efectivamente, sólo para los anunciantes.

Off/on. La necesidad de la creación “off” es evidente incluso cuando el nivel de calidad medio de una cadena es más que aceptable. Porque el dispositivo “off” se define justamente por reconocer la rentabilidad de abrir nuevos caminos inexplorados. Y está entre ellos el de descubrir nuevos públicos y el no conformarse con la aceptación de lo más próximo. Esta capacidad de las obras singulares de trascender lo local (que es el gran problema de la televisión establecida) caracteriza a algunos fenómenos del “off television” internacionales. Programas minoritarios en su país que en cambio son reconocidos en ámbitos especializados. O incluso obras concretas que trascienden su emisión televisiva para devenir modelos de producción y de creación. Como el caso de Jim Jarmusch o Atom Egoyan, que fueron reconocidos por el “Pequeño laboratorio de televisión” que dirigía Eckart Stein en la alemana ZDF mucho antes de su éxito en el cine. Pero tras su salto a la fama, ni uno ni otro volvieron a trabajar con Stein porque ya no le necesitaban, y así el “pequeño laboratorio” dedicaría su esfuerzo a buscar a nuevos autores con talento sobrado y precariedad probada.

Entre el azar y la necesidad. Las cadenas que apuestan por el “off” son modelos constantemente observados sobre su evolución programática: “Channel 4 se ha comercializado”, “ARTE piensa mucho más en el público”, “BTV ha perdido toda originalidad”... Todas son apreciaciones más o menos ciertas. Pero pese a este vaivén entre los gestos disidentes y la norma, lo importante es no considerar que el mapa está definitivamente cerrado. Los mecanismos que hacen surgir y mantenerse algunas operaciones televisivas insurgentes están sujetos a muchos elementos, algunos ligados al azar. Pero el “off televisión” es una necesidad. Y como tal hay que abordarlo.

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