Opinión Telebasura y polidemagogia

Polémico artículo de Jiménez Losantos en Libertad Digital. Escribe que "los diez millones que respaldaron a Aznar en las últimas elecciones siguen siendo muchísimos más de los que ven "Crónicas Marcianas". O sea, que menos lobos"

Probablemente, la telebasura está siendo utilizada de forma demagógica por políticos y empresarios de comunicación cuya responsabilidad en el modelo de televisión que padecemos en España es más importante que la de los grotescos mamarrachos que alquilan sus públicos secretos o remiendan su caducada virtud de plató en plató. Ni Aznar ni Cebrián tienen derecho a alzar la voz contra el vértigo de ordinarieces que ocupa la pequeña pantalla, el uno porque su política en materia de comunicación ha tendido a favorecer precisamente a las empresas que producen basura más o menos destilada y el otro porque pertenece precisamente a la empresa más favorecida por el uno. El Aznar responsable de Telemadrid o de la casposa TVE de José Luis Moreno no puede reprochar a nadie la existencia de telebasura. El Cebrián responsable del tipo de obscenidad de diseño que el hermano de Pedro Schwartz y el hijo de Javier Pradera crearon para Canal + no puede dar lecciones de delicadeza ni a pajares ni a jesulines.

Sin embargo, es indudable que lo que hoy entendemos por telebasura ha nacido de la prodigiosa capacidad comunicativa y de la escalofriante amoralidad de Javier Sardá. Él ha hecho el mejor programa basuriento y, por tanto, si la basura fuera mala, el peor. A través de su productora Gestmusic y de su propio programa, "Crónicas Marcianas", Sardá ha sabido marcar a toda una cadena, la del Grupo Correo y Berlusconi, con una fórmula de sectarismo izquierdista y obscenidad delirante que han imitado, con más o menos claridad, con más o menos suerte, todas las demás cadenas, públicas o privadas, en horario de mañana, tarde y noche.

Lo insoportable de Sardá no es la telebasura, que al cabo emiten los que le pagan, sino que encaramado al cerro de popularidad de las "Crónicas Marcianas" pretenda disimular la defensa de su negocio a cualquier precio con alegaciones políticas y hasta culturales. Que el cómico catalán, convertido en la Manolita Chen de la madrugada, instale su parada de monstruos domésticos, astutos delincuentes y analfabetos funcionales para solaz de una audiencia amplísima (aunque escasa en términos absolutos por la hora de emisión) es asunto que sólo compete a Sardá, a su empresa y a su audiencia. Que pretenda medirse con Aznar, compensar a Matamoros con el "Prestige" y seguir posando de progre antiamericano en el estilo Goebbels (yo dejé de verlo cuando empezó a sacar a Bush convertido en gorila, como hacen los nazis con los judíos en "Cabaret") es un poco excesivo. Apoyar al partido de los Gal y de Filesa, defender a Ben Laden y Sadam Hussein del imperialismo de Bush y manipular a una corrala de jovencitos para hacerlos cantar contra el PP o gritar contra el Papa son concreciones de su personalidad que pueden parecer repugnantes a muchos pero que si gustan a los Ibarra y Berlusconi que son los que le pagan, seguirá permitiéndose muchos años. Únicamente debería moderar su soberbia a la hora de tasar apoyos y audiencias. Los diez millones que respaldaron a Aznar en las últimas elecciones siguen siendo muchísimos más de los que ven "Crónicas Marcianas". O sea, que menos lobos.

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