Reportaje Magazine Tragados por los "reality shows"

La tele devoró a Íñigo, Susana, Rafa, Carol o Enrique. Como otros “famosos-kleneex”, tuvieron que enfrentarse a la dura realidad.Un reportaje de Juan Carlos Rodríguez para el magazine de "El Mundo"

Algunos siguen trabajando en la farándula, pero la mayoría han sido arrollados, sin piedad, por una fama efímera. En sólo cinco años, la telerrealidad ha pasado de ser un fenómeno sociológico a convertirse en un formato televisivo asentado. Proporciona audiencias millonarias, contenidos baratos y nuevos famosos de saldo. Sólo en España se han puesto en marcha unos 20 “reality shows”, desde “Gran Hermano” a “La casa de tu vida”, por los que han pasado casi 400 concursantes.

Noche de preestreno en el Teatro Gran Vía de Madrid. “La Cubana” presenta su último montaje teatral: “Mamá, quiero ser famoso”, una parodia sobre la obsesión de muchas personas anónimas por alcanzar la fama a toda costa –al margen del esfuerzo personal o artístico– y de la forma más eficaz: saliendo en televisión. Entre el público VIP hay un joven de aspecto corriente –melena lacia, perilla, tímida sonrisa de seminarista–, pero ligeramente reconocible por el telespectador medio. Hace dos años alcanzó cierta notoriedad con motivo de su participación en Gran Hermano (fue finalista de la cuarta edición), el reality show que, en la temporada 1999-2000, inauguró el fenómeno de la telerrealidad en España. El nombre que figura en su tarjeta de visita, Rafael López Ledo, despistaría a más de uno. Porque en la calle se le conoce simplemente como Rafa, el concursante de GH que aparcó su carrera de cura tentado por las mieles del famoseo. “Quería ser sacerdote a toda costa, pero mi paso por el programa me ha destrozado la vida”, confiesa este joven de 27 años en referencia a los “efectos colaterales” del concurso de Telecinco. La imagen distorsionada que se ofreció sobre su estancia en la casa transparente de Guadalix de la Sierra, donde convivió con otros inquilinos durante tres meses, unido a lo que él considera una “bestial campaña de outing” (le vendieron como “el cura gay de la tele”) provocaron que a mediados del año pasado cayera en una “depresión de caballo”. Hoy, la tele que lo parió apenas se interesa por él. Ha pasado a engrosar la cada vez más nutrida lista de famosos-kleenex. Famosos de usar y tirar.

El virus de la telerrealidad ha contagiado a la mayoría de las cadenas españolas (sobre todo a Telecinco, que el pasado mes de enero destinó un 36% del tiempo de su emisión a incluir contenidos de telerrealidad, frente al 17% de Antena 3, según GECA, una consultora de estudios audiovisuales). Además de audiencias millonarias, el espectáculo de la “vida en directo” proporciona contenidos baratos que nutren a varios programas en todas las franjas horarias, así como nuevos personajes a precio de saldo dispuestos a fingir amores y rupturas, dejarse insultar o pegar gritos para atraer el zapping colectivo. Sólo en estos cinco últimos años, productoras como Zeppelin Tv, Gestmusic-Endemol o Globomedia han puesto en marcha en España 19 formatos diferentes: desde “Gran Hermano” a “Préstame tu vida” pasando por “Operación Triunfo”, “El Bus”, “Confianza Ciega”, “Supervivientes” o “La casa de tu vida”, en los cuales han participado más de 400 concursantes. Jóvenes, fotogénicos, narcisistas y desinhibidos, la mayoría conciben el reality como una plataforma de éxito social. Más que ganar el premio millonario buscan triunfar en la vida; ser “alguien”. Si añadimos los familiares y amigos que les apoyan desde el plató, la cifra supera el millar de personas. Nunca la tele engendró tantos nuevos famosos. Y nunca éstos –salvo raras excepciones– duraron tan poco.

Riesgos. ¿Qué riesgo representa para los participantes, e incluso para los telespectadores, este tipo de programas? “El telespectador corre el riesgo de embrutecerse, si no lo está ya, pero también tiene la posibilidad de no ver estos programas. Por el contrario, para los participantes, existe un riesgo potencial”, explica la socióloga francesa Dominique Mehl, autora de “La televisión de la intimidad”. “En efecto, salir de esta manera del anonimato para exponerse a las candilejas durante varias semanas sin estar preparados para una carrera pública, y luego ser tirados, como ocurre en casi todos los casos, representa un riesgo, agravado en la medida en que estos jóvenes casi adultos están en una situación de fragilidad o de precariedad psicológica, social o profesional”. No obstante, concluye Mehl, “los participantes también pueden guardar buenos recuerdos de esta experiencia y sacarle partido con vistas a una reconversión profesional. Si la lógica del mercado guía a los difusores, también guía a los candidatos”.

“De frágiles, nada”, replica Pilar Blasco, directora de contenidos de Zeppelin Tv y productora ejecutiva de programas como “Gran Hermano” y “La casa de tu vida”: “Nuestro equipo psicológico y de casting busca personalidades capaces de afrontar una experiencia voluntaria de aislamiento durante un tiempo determinado. Y desde luego, les ofrecemos ayuda y apoyo psicológico antes, durante y después del programa en el caso de que lo necesiten. Somos conscientes de que, antes que personajes televisivos, son personas y nos preocupamos por ellos durante todo el proceso”. Rafa lo duda: “Yo no he vuelto a saber de mi psicólogo. Qué menos que una llamada. Nos sentimos objetos”. A pesar de todo, defiende “a muerte” su paso por el programa. En sólo una semana, al cabo de una maratoniana turné que incluyó entrevista pactada en la revista “Qué me dices” y comparecencias en “Crónicas Marcianas”, “Salsa rosa” o “A tu lado”, se embolsó unos 60.000 euros. Con esta cantidad, más los bolos, pudo comprarse una casa. “Pero las cosas nunca vuelven a ser iguales”, se lamenta. “A veces, la gente se mofa de mí o me llama maricón en plena calle. Los de “Gran Hermano” somos los nuevos payasos de la tele”.

No le resulta fácil librarse del estigma, una cruz que también han padecido sus padres: “Cuando decidí dejar todo esto me matriculé en la Facultad de Diseño, pero un día encendí el ordenador de la clase y vi la palabra gay en el salvapantallas. Me fui llorando y no volví nunca más”. Aunque ahora trabaja en una empresa de fotografías aéreas –a su jefe no debió importarle que saliera desnudo en “Interviú” – confiesa que se metería “de cabeza” en “Gran Hermano VIP”. “Y después me dejaría insultar en “Crónicas Marcianas”. Sé de qué va esta historia y ya he aprendido a controlar la situación”. Consciente de su papel de títere, recientemente aceptó ser rescatado del olvido en “A tu lado” (programa de Telecinco que dedica más de la mitad de su programación a contenidos de telerrealidad) a cambio de un reportaje amable. Recibió la “visita sorpresa” de su madre y de su madrina y, como guinda del fétido pastel se reconcilió con Kiko Hernández, prototipo de ex concursante sin escrúpulos que se ha hecho un hueco en la tele ejerciendo de tertuliano carroñero. Aída Nízar es su alumna más aventajada. “Uno de los días más felices de mi vida fue ver en la escaleta de la gala de GH: ‘Aída, 12 minutos’. Abracé a mi hermano y le dije que no pararía hasta tener mi propio programa”. Enferma de fama, tiene su propio púlpito catódico en una tele local: “Aída y punto”. Su consultorio suele derivar en insultadero.

Simbiosis. La interactividad con el público es una de las principales señas de identidad de los reality shows. Pero “los concursantes de este tipo de programas asumen que su continuidad en ellos depende de su capacidad para intuir y satisfacer las volubles demandas de los telespectadores. De este modo, al delegar en la audiencia la potestad de su eliminación, se promueve una ilimitada violación de la intimidad del concursante: es lo más parecido a la voladura controlada de un edificio que deja al descubierto su esqueleto antes de reducirlo a escombros”, explica Enrique Castelló, vicedecano de la Facultad de Comunicación de Santiago de Compostela y autor del informe El espectáculo de lo real en el texto televisivo. “Lo de menos es si alcanza el éxito o no, puesto que en ambos casos habría renunciado a su derecho a la intimidad y, por tanto, a comparecer en lo sucesivo como ciudadano en el espacio público”.

Nico, de 34 años, el concursante italiano de Gran Hermano 5, que se declara “asqueado de este mundillo” pese a las puertas profesionales que se le han abierto –hace bolos, es propietario de un local de copas en Valencia, una tienda de ropa y una empresa inmobiliaria en Tenerife– advierte sobre los peligros de una fama efímera difícil de digerir: “Al salir nos vemos envueltos en una nube. Es como si nos elevaran hasta la última planta de un rascacielos. El ascenso es vertiginoso, pero unos vamos bajando de planta en planta y otros de golpe. El 50% desaparece del mapa, y muchos quedan tocados”.

Durante la elaboración del reportaje, este periodista pudo constatar casos alarmantes. Casos como el de J., que despilfarró el dinero que ganó en el concurso, se enganchó a la cocaína en las noches de bolos, acaba de salir de un centro de desintoxicación y aún recibe amenazas por moroso. O como el de B., reconvertida en prostituta de lujo para seguir manteniendo su nuevo tren de vida. O como el de N., tentado con un puesto en la tele a cambio de favores sexuales. O como el de Mónica “la virgen”, concursante de “La casa de tu vida”, que ha decidido exiliarse con su novio a Castellón para comenzar una nueva vida lejos de los focos, después de ser insultada y literalmente lapidada por sus vecinos de Reus, jueces implacables de su conducta dentro y fuera de la casa. Mónica es licenciada en Magisterio, pero no consigue trabajo como maestra de Primaria. “Una madre rechazó que le diera clases particulares a su hijo cuando me identifiqué. Y a mis padres les hacen la vida imposible en Palencia”, asegura la virginal hija de Rufino. Su padre saltó a la fama como tertuliano ultracatólico y desapareció tras ser explotado como freak televisivo. A pesar de la popularidad o el beneficio económico que reporta el paso por un reality, muchos personajillos han acabado en la consulta del psicólogo o enganchados a los antidepresivos.

Sin embargo, la mayoría de los concursantes consultados no se sienten víctimas. “Somos marionetas, pero nos interesa. Eso sí, mantenerse en este circo crea mucha ansiedad y tensión. La fama es una droga”, reflexiona Ania, concursante de GH 1 y aspirante a actriz. “Víctimas son los que quieren llegar a ser algo y no lo consiguen, o se quedan a medio camino”, añade un directivo del medio que prefiere no identificarse. “La tele devora a sus propios hijos; no puede contratar a todos los que participan en estos concursos, por lo que se ha convertido en una factoría de muñecos rotos”.

Según José María Mainat, director de la productora Gestmusic-Endemol, que prepara el regreso de La Granja y de OT 4, (Zeppelin contraataca con La casa de tu vida 2) “la telerrealidad no es culpable de nada. Los efectos de la fama efímera también los sufren cantantes y futbolistas. Si el concursante acepta que se capte parte de su intimidad, es su problema. Esto es un juego televisivo, y ellos lo aprovechan para estar un año en la palestra”. Para el asturiano Iván Armesto, finalista de la primera edición de GH, “son los propios concursantes, los que pueden llegar a hacerse daño a sí mismos. Al verse fuera del circuito, algunos caen en la rueda de los insultos y las traiciones, convirtiéndose en víctimas de los más avezados”. Él se puede considerar afortunado: trabajó cuatro años como tertuliano en “Día a día” y hoy dirige una agencia de modelos en Gijón.

Su ex compañero Íñigo González no ha necesitado terapia psicológica, pero confiesa que al salir de GH 1 se emborrachó de fama. “Iñigo es el guarro, el vago, el tonto, el del 65 de cociente intelectual”, se define como personaje televisivo este estudiante de Periodismo de 27 años, que está a punto de graduarse y en realidad no tiene nada que ver con este estereotipo. Antes de presentarse al casting estudiaba Filología inglesa y soñaba con asistir como público a “Crónicas marcianas”. Tras participar en “Gran Hermano VIP” (modalidad de reality protagonizado por personajes famosos: él ya lo era), Javier Sardá le contrató para protagonizar números cómicos. “En Crónicas me lo pasaba bien disfrazándome, pero no sabía si estaba haciendo el ridículo, nadie me orientaba. He llorado muchas veces a solas en la habitación del hotel; me veía en el espejo disfrazado de mamarracho y sentía vergüenza de mí mismo”, relata con desarmante sinceridad.

Manejados. A los cinco meses se le acabó el contrato y no le renovaron. “Todos los concursantes somos títeres. Utilizan la chispa que tienes y cuando la agotas te largan”, explica el autor de “Borracho de fama”, el libro donde relata su experiencia en primera persona. Se lo editó gratuitamente Zeppelin Tv, la productora de GH, y aún no ha recibido ni un duro. Cuando le invitaron a TNT para presentarlo, un colaborador se lo tiró a la cara gritándole que era una mierda. “Fue lo más denigrante que me ha ocurrido en la vida”. Los comentarios que recibía en la calle, aunque dolorosos, le hicieron reflexionar: “Si me quería dedicar al periodismo no podía seguir haciendo el payaso”. Aunque hizo prácticas en un diario de Ceuta, su ciudad natal, no superó las pruebas para corrector de El Mundo, ni le admitieron en una agencia de prensa rosa cuando el entrevistador puso cara a su currículo.

Hace tiempo que a Enrique Anaut no le persigue nadie. Apenas le piden autógrafos. Nadie se gira al verle pasear por el parque del Retiro con su guitarra a cuestas. No es David Bisbal, el verdadero triunfador de la primera edición de “Operación Triunfo”, sino uno de los ex concursantes de OT 2. Fue el tercero en ser expulsado de la academia y el primero en desvincularse del programa. Tras resultar elegido entre 80.000 aspirantes (en la primera edición sólo se presentaron 5.000), las expectativas de este ex corista de Tamara eran enormes. “Pero trabajaba más antes que después del concurso”, asegura el triunfito pamplonés de 29 años. Mantiene que el programa se recreó en su carácter reivindicativo (críticas al jurado incluidas), lo que, unido a la campaña en su contra en Crónicas marcianas, aceleró su expulsión. Como no llegó a vender 200.000 copias de su sencillo, condición de la discográfica Vale Music para grabar disco, vio frustrada su carrera de cantante. Lo duro fue asimilar que otros compañeros sí lo grabaran sin haber alcanzado esa cifra. “El programa que me iba a cambiar la vida sólo me catapultó a mis orígenes. Tamara, la de los boleros, se acordó de mí, pero yo iba a empezar la gira de OT y no me veía de secundario”. Abducido por la dura realidad, estos dos años los ha dedicado a componer y diseñar ropa. Empeñado en grabar un disco, reivindica su derecho a buscarse la vida. “Hasta ahora he ido tirando con los nueve millones de pesetas que gané en el concurso. Al menos ahora tengo manager”. Eso sí, nunca se metería en Gran Hermano VIP como ha hecho el cantautor Tontxu para vender discos. “Si acaso, participaría en Aventura en África”.

Su colega José Manuel Soto, con 15 discos a sus espaldas, participó en “La selva de los famosos” para promocionar el último trabajo. Resultó finalista, pero sólo vendió 30.000 copias. “Creo que mi participación no influyó en las ventas del disco, pero sí tuve más galas. Y me volvieron a contratar como conductor del programa “Caminos de Andalucía”.

El hecho de que muchos concursantes se hayan quedado en la cuneta es propio de una sociedad capitalista, opina el filósofo Gustavo Bueno, autor del ensayo Telebasura y democracia. “Yo no los haría objeto de compasión. He conocido aspirantes a notarios que están vendiendo bocadillos; algo nada degradante, pero sí para sus expectativas”. Defensor del primer GH como experimento sociológico, Bueno considera que la telerrealidad ha ido degenerando en todos los órdenes: “Los primeros concursantes no sospechaban el eco que iban a tener, pero los segundos sabían latín y los terceros, chino. Eran totalmente responsables de lo que hacían”.

“Se han profesionalizado, saben que si son más o menos polémicos van a participar en determinados programas”, añade Jorge Javier Vázquez, presentador de “Aquí hay tomate” y comentarista de “Gran Hermano VIP”. El morbo vende. Cuantos más bizarros sean los concursantes, mejor. Legionarias, transexuales, strippers, parejas de gays sobrados de pluma... “Hemos pasado de la telerrealidad a la telerraridad”, dice el periodista Juan Ramón Lucas, que presentó “Estudio de Actores” y el debate de “Confianza Ciega”. En su opinión, “la mayoría de los concursantes tiene su momento de gloria, pero la tele deglute en poco tiempo si su entidad como figura es aparecer enseñando el culo o gritando”. Confianza ciega, el reality que ponía a prueba la fidelidad de tres parejas de novios, tuvo un share medio del 22,5%. Israel y Carol “jo, tía”(4) demostraron confianza mutua y ganaron el concurso. Han pasado tres años. “Al salir te ofrecen de todo; es un mundo muy atractivo. Pero queríamos volver a ser la pareja de novios de siempre y retomar nuestros estudios de Informática. Aunque aceptamos algunos bolos también rechazamos algunos montajes o intervenciones en programas de cotilleo que ponían en peligro nuestra intimidad”, explican los fieles tortolitos de León, que acabaron la carrera de Informática y hoy trabajan en sendas empresas de telecomunicaciones.

Entre los ex concursantes que no han visto satisfechas sus expectativas está Susana Domínguez. Los 15 días que pasó confinada junto a su novio en La casa de tu vida no han cambiado la vida de esta orensana de 26 años. O lo han hecho para peor. “Cuando me llamaron yo pasaba por un mal momento. Acababa de cerrar un negocio de hostelería y estaba con las maletas en la calle tras enfadarme con mi novio, Carlos Menéndez. Mis agentes de Telegenia (empresa de Zeppelin que representa a los concursantes) me dijeron que era guapa y avispada, que podría trabajar en una serie de Galicia. Pero después de salir por la tele, a los que nos ponen de malos lo pasamos mal y nos cuesta encontrar trabajo”, explica Susana, que sigue en paro. En su primera comparecencia en plató tras el reality, su cuñada le llamó “zorra”. Ávidos de morbo, varios programas fomentaron el enfrentamiento familiar. “Mi novio empezó a soltar barbaridades para seguir en la tele. Salió diciendo que había hecho un trío conmigo y con mi madre. Me volvieron loca”. Por desgracia, Carlos Menéndez vio truncada su prometedora carrera de famoso-kleneex. Falleció de madrugada en accidente de tráfico cuando viajaba junto a su madre en dirección a Madrid para intervenir en A tu lado. Como homenaje póstumo, el programa le dedicó un emocionado reportaje. La audiencia, por las nubes.

El “boom” de un fenómeno global

* En todo el mundo se emiten alrededor de 100 reality shows. Cada vez más extremos e imaginativos. * En Gran Bretaña, “Guantánamo Guidebook” reproduce las condiciones de aislamiento y tortura de la base militar de Guantánamo.* En Alemania, los concursantes de “Big Brother Forever” (Gran Hermano para siempre) vivirán, se enamorarán, parirán y morirán en un pueblo artificial de 4.000 m2.* En EEUU, donde se emiten 30 formatos de telerrealidad de forma simultánea, la propuesta de reproducir la ejecución de Bin Laden –tras ser juzgado, encontrado culpable y condenado a muerte– contaría, según una encuesta, con el apoyo del 20% de los telespectadores.* En España las cadenas siguen apostando por formatos exitosos: vuelven OT, La casa de tu vida y La Granja. * Según Susana Ortega, directora de investigación de la consultora GECA, el espectador medio seducido por los programas de telerrealidad posee un perfil acentuadamente femenino, algo juvenil (13 a 24 años) y marcadamente adulto (de 24 a 45 años), de clase social media y perteneciente a hábitats urbanos de 50.000 a 200.000 habitantes. (3-04.2005)

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