Opinión "Las bromas arriesgadas sobre la Casa Real son una de las manifestaciones más crudas de la telebasura"

Jorge M. Reverte escribe en "El Periódico de Cataluña" que "los republicanos de veras exigimos un mínimo respeto para la Casa Real por razones estéticas y éticas"

La utilización de la Casa Real como objeto de chanza es una las cosas más fáciles y menos arriesgadas para los guionistas y faranduleros de nuestras televisiones. Personas que no se atreven a decirle a su jefe que lleva la cremallera del pantalón mal cerrada o que tiene halitosis tienen el valor (innecesario, estúpido valor) de ridiculizar a los representantes de la Corona.

En las últimas semanas, esta tendencia se ha acentuado. Es difícil sintonizar una emisora de televisión sin encontrarse a alguno de los personajes que presentan magazines haciendo bromas arriesgadas sobre los tacones de Letizia, el horario laboral del Príncipe o comentarios parecidos.

Estamos ante una de las manifestaciones más crudas de la telebasura. Con el agravante de que es uniforme, es decir, que la gracia atraviesa de un lado a otro las televisiones privadas y públicas, las progresistas y las conservadoras. ¿Qué es lo que les une? Vale la pena preguntárselo.

Lo primero que tienen en común los aparentes críticos (porque se trata de una crítica superficial, por muy hiriente que sea) es que comen de ello. Boris Izaguirre hace de loca capaz de poner en solfa cualquier valor; los ingeniosos guionistas de TV-3 enseñan sus más refinadas artes de contestación a Madrid; Jaime Peñafiel enseña su peor cara de holgazán cerebral. Da lo mismo. Todos viven de eso. Como viven de las Koplowitz en otros momentos, como viven de los poderosos-débiles de cualquier especie. Todos ellos saben que no se van a enfrentar a una querella de los ridiculizados.

Hace años, un tipo ingenioso llamado Mikimoto hizo unas atrevidas bromas sobre las ocupaciones y nivel intelectual de la infanta Elena. ¿Un tipo con redaños? No, un tipo que sabía que nadie le iba a poner una querella. O sea, un tipo más listo que los demás de su especie, un pionero del insulto y la degradación que fue capaz de averiguar que ése era un gesto impune. ¿Recuerda alguien a ese ingenioso presentador hacer una burla similar sobre Ferrusola? ¿Algún personaje del programa de Sardà se atreve a decir que Berlusconi, que tiene intereses en su cadena, es un fascista ladrón? ¿Hay alguien en los programas de Antena 3 que ose ridiculizar la memoria de José Manuel Lara o la obesidad de su hijo, actual accionista mayoritario de la cadena? ¿Tiene coraje alguien en Canal+ para gastar bromas sobre el divorcio de Jesús de Polanco?

Es muy difícil establecer códigos de conducta para quienes trabajan en los medios de comunicación. Sobre todo, porque puede caerse en la censura de la capacidad crítica. Algo indeseable, lo único más indeseable que lo que sucede actualmente. Pero no está de más reclamarlo. Reclamar la autocontención. ¿Cuáles son los límites? El comité de sabios de Zapatero las puede pasar canutas para definirlos.

Yo creo, sin embargo, que no es tan difícil encontrarlos.

El criterio debería ser de máximos. Nadie con la mínima decencia en las responsabilidades de los medios de comunicación debería permitir la crítica facilona si quien la hace no se la juega. Si el presentador quiere decirnos que Letizia es una hortera arribista, debería obligarse a hacer una broma similar sobre el consejero delegado de su cadena en el siguiente programa, por ejemplo.

Pero es que no se trata sólo de presentadores. Se trata de directores. ¿El director de TV-3 va a abrir una serie de debates sobre la oportunidad de un referendo acerca de la República? Yo a ése me apunto. ¿Permitirán los directivos de Tele 5 y Antena 3 que el público vote en sus programas, tras una discusión --banal, por supuesto--, si les parece que el presidente de Telefónica (el primer anunciante del país) es maricón o no? A ésa yo no me apunto, porque me es igual.

Se trata de cambiar las reglas en el sentido de que todo vale, siempre que no pague sólo el ridiculizado. En Tele Madrid ningún redactor de deportes se atrevía a contar lo que se sabía del extinto Gil y Gil. En TV-3 se tiene mucho cuidado al hablar de Laporta o Carod-Rovira. En la televisión pública valenciana (el mayor de los ejemplos de la cutrez que ha conocido una emisora pública) es muy peligroso contar los negocios del exministro Zaplana. Pero decir que Felipe no es viril, que Letizia es anoréxica o que Elena no es muy larga es gratis. Perdón, no es gratis, da dinero a quienes lo hacen. Y enormes satisfacciones a la extrema derecha madrileña, que se ha hecho republicana.

Los republicanos de veras exigimos un mínimo respeto para la Casa Real. Por razones estéticas. Por razones éticas.

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