Crítica ¿Quién protege a los espectadores?

Por su interés reproducimos el comentario de Josep María Baget en el diario "La Vanguardia" de Barcelona del sábado 24 de mayo de 2003: Antena 3 ha entrado en una espiral de liquidación de existencias.

El cambio de propietario por un lado y el fracaso de buena parte de sus programas le han llevado a extremar ese rigor del que han sido víctimas propiciatorias algunas de las series recientemente estrenadas. Entre ellas figura “El pantano”, una producción relativamente innovadora que incorporaba caras nuevas a la pequeña pantalla como Natalia Verbeke y una intriga basada en el misterio y no en las más triviales menudencias domésticas de rigor.

El resultado no fue satisfactorio, sin duda, pero un buen número de espectadores – un millón o un millón y medio, es igual– se enganchó a un relato de largo recorrido que no obstante acaba precipitadamente y de mala manera y además en una franja horaria muy diferente de la del día de estreno. De ahí una pregunta que no es retórica: ¿quién ampara los derechos de los espectadores? Si Antena 3 apostó por “El pantano” y le ha salido mal en cuanto a audiencias, no le queda más remedio, en buena lógica, que asumir el descalabro y aguantarse si no quiere negar a una parte de la audiencia el derecho a seguir normalmente el desarrollo de una serie. Y este ejemplo es sólo uno más entre muchos que podrían extenderse a TVE (que se deshizo sin contemplaciones de “La vida de Rita”) o de Tele 5, la más experta a la hora de contraprogramar a su antojo sin contar para nada con las expectativas de los espectadores.

El desprecio de los directivos de estas cadenas hacia el público –su clientela, a fin de cuentas– ha alcanzado unos extremos intolerables. Las compañías productoras se someten a ese juego de masacre ya que no les queda otro remedio, pero a la audiencia no se la puede seguir maltratando de esa manera. Quizá es excesiva la normativa de anunciar con once días de antelación la parrilla de programación aunque todo el mundo se la salte a la torera a base de pagar, si llega el momento, una multa ridícula. De ahí a romper la baraja, sin embargo, media un largo trecho: y ahí estamos.

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