Opinión La rentabilidad de la muerte en televisión

El endogámico mundo de la televisión acaba de vivir un duro golpe con la muerte rápida e imprevista de Maika Vergara, periodista de crónica rosa, a los 54 años de edad. Pero ¿es justo el tratamiento que le ha dado la pequeña pantalla?

La tragedia, en televisión, es rentable en términos de audiencia. Asesinatos, atentados terroristas, muertes súbitas de gente joven o grandes catástrofes mejoran los shares habituales. La muerte de Maika Vergara está en esta categoría. Una persona vital, extrovertida, popular, optimista, que desaparece de forma injusta, abrupta, sin avisar.

Pero el tratamiento que se ha dado a la muerte de Maika nos ha producido vergüenza ajena. Los programas “rosas” han dedicado grandes espacios al fallecimiento de la periodista. Pero lo han hecho, a veces, de forma vergonzante. Hemos visto a algunos de sus grandes enemigos deshacerse en elogios, sin que el rubor asomara a su cara. Hemos asistido a estrafalarias conexiones en directo en las que un enfático Fernando Ramos hacía una entrevista, en el tanatorio, a un supuesto “importante personaje”, que resultó ser Eliane, la ex de Dinio, para opinar sobre Maika. Nos ha sorprendido que también en este caso valiera, una vez más, el “todo por la audiencia”. Sólo hace falta ver los datos de Aquí hay tomate, A tu lado, Día a día y Sabor a ti para constatar el hecho. El “tomate” obtuvo ayer su récord de espectadores y cuota (3.559.000 y 29.5%). El programa de María Teresa Campos se encaramó a su registro más alto de share (33.2%). Los otros dos superaron el 20%, lo que no es habitual en las últimas semanas.

En Sabor a ti vimos a Ana Rosa Quintana contando lo triste que estaba por la muerte de Maika sin una pizca de dolor en su cara, incluso con una ligera sonrisa, mientras que una de sus colaboradoras de corazón definía a la periodista como una “diplomática” que “se cagaba en tu padre” (sic) con suavidad, llamándote querida. Sólo un comedido Hidalgo y un afectado Temprano mantuvieron la compostura.

El despliegue ha continuado esta mañana en Día a día, con María Teresa Campos instando de forma imperativa a Isabel Pantoja a que llamara para hablar de Maika. Al final la tonadillera no ha tenido más remedio que llamar para ahorrarse la acusación de que era “una mala amiga” y ha tenido que dar explicaciones públicas de por qué no acudió al tanatorio de Málaga cuando se enteró de la muerte de su amiga. ¿Es necesario explicar en público las sensaciones que te provoca la presencia del terrible espectro de la muerte?

En el “tomate” ofrecieron una batería de imágenes sensibleras y exhibicionistas, acompañadas de una lluvia de elogios que rayaban la obscenidad. Para mí es obsceno manifestar en público, delante de una cámara, sentimientos y sensaciones que la decencia y el sentido común obligan a guardar en el sagrario personal de lo más íntimo. Pero ¿de qué nos extrañamos?. La intimidad es la gran sacrificada en la televisión de este siglo XXI. Prepárense para el Salsa Rosa del sábado. Espero que sus compañeros apliquen la discreción al panegírico que ofrecerán a Maika.

El modelo de España

La televisión actual es una máquina de matar que se come a sus propios hijos. Lo hemos oído mil veces: lo que no sale en televisión no existe. Y Maika salía en televisión y de ahí el despliegue que la pequeña pantalla le dedicó, incluidos los informativos de todas las cadenas. Pero, ¿qué pasa cuando fallece un periodista brillante de prensa escrita, un gran escritor? No tengo estadísticas pero el espacio que se dedicó a la prematura muerte de Manuel Vázquez Montalbán, fallecido también de un infarto en el aeropuerto de Bangkok, no llega ni a la décima parte de lo que ahora se ha dedicado a Maika. ¿Es justo? ¿El distinto tratamiento es sólo debido a la cercanía emocional de los trabajadores de la tele a la cronista? ¿Obedece sólo a criterios de audiencia y de identificación del espectador, que cada vez parece que lee menos?

Son preguntas amargas que nos hemos hecho estos días lamentando la muerte de Maika, de la misma forma que nos abrumó la desaparición imprevista de Manolo Vázquez o la dolorosa ausencia hoy de la escritora Dulce Chacón, fulminada por el cáncer. ¿Forma parte todo esto del modelo de una España sin valores que va creciendo sin parar?

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