Alemania ¿Una televisión para incultos?

El showman Harald Schmidt desata la polémica al referirse a la programación de las cadenas privadas como "televisión de las clases bajas"

Cuando, sobre mediados de abril, el showman alemán Harald Schmidt empezó a utilizar en su magacín el término “televisión de las clases bajas” para referirse a la programación de los canales privados, no había calculado que iba a generar un debate sociológico con amplia repercusión mediática.

Harald Schmidt es uno de los rostros más populares de la televisión alemana y, hasta hace algo más de un año, un nombre indiscutiblemente unido a la televisión privada Sat.1, en la que conducía un magacín nocturno de culto. Poco después de producirse una serie de cambios importantes en la directiva de la cadena, Schmidt anunció su intención de tomarse una temporada sabática y de abandonar la cadena.

Sat.1 no ha conseguido desde entonces volver a alcanzar las mismas cuotas de pantalla que lograba el cínico presentador. Por su parte, Schmidt aceptó a finales del 2004 una oferta de la televisión pública de dirigir y presentar un espacio nocturno varias veces a la semana. Sus numerosos fans lo recibieron encantados, y pronto Schmidt comenzó a recalcar las ventajas de la televisión pública de calidad en comparación con los tremendamente comercializados canales de pago, en los que talk y reality shows dominan claramente.

El comienzo de la polémica

En abril, Harald Schmidt comenzó a citar un término que el historiador Paul Nolte utiliza en su última publicación “Generation Reform”: “televisión de las clases bajas”, en alusión a la programación de las cadenas privadas. Schmidt precisó que, con esta definición, quería hacer alusión mayormente a la pobreza intelectual antes que a la económica. Nolte, que es consejero político de partidos tan diversos como la CDU y Los Verdes, considera que el espectador ve en muchos de los programas actuales (como “Big Brother” o los magacines) el fiel reflejo de su realidad y se consuela de que a otros no les va mejor que a él. Asuntos de trascendencia, como la política, reciben en su opinión un tratamiento totalmente desfigurado: “Los políticos”, afirma Nolte, “aparecen a menudo reflejados como un grupo de gentuza con el solo interés de llenarse los bolsillos a costa de engañar a los ciudadanos”.

Los directivos de los grupos mediáticos RTL y ProSiebenSat.1, que se reparten la tarta “privada”, no tardaron en achacar a Schmidt el calificativo de elitista. La prensa se hizo eco inmediato del asunto y publicaciones tan importantes como “Der Spiegel”, el progresista “Süddeutsche Zeitung” o el diario conservador “Die Welt” dedicaron en las semanas subsiguientes sendos artículos a la polémica sobre la existencia o no de una “televisión para incultos”. Incluso la enciclopedia de código abierto “Wikipedia” le dedica en su versión alemana un artículo al conflicto. Que el presentador anunciara públicamente que iba a prescindir en adelante de utilizar el término no consiguió poner freno a la cobertura mediática.


Orígenes y consecuencias

Las privadas salieron pronto al paso de las “acusaciones” con la publicación de un estudio de audiencias, en el que interpretaban los resultados de la manera más provechosa para ellos. Así, por ejemplo, RTL anunciaba sin complejos que su programa matutino de teletienda “RTL Shop” reúne en un día más espectadores con estudios universitarios que la cadena temática pública “ZDF Theaterkanal” (de orientación claramente minoritaria) en el transcurso de una semana.

Lo que realmente se esconde detrás de la polémica es, más que una concepción clasista o no de la sociedad, la preocupación por los efectos que la crisis del mercado alemán pueda tener en el sector audiovisual y el miedo a perder clientes. Alemania presenta en la actualidad un nivel sumamente elevado de desempleados, y en los estudios internacionales sobre el nivel educativo tampoco han salido demasiado bien parados. Las televisiones privadas, que sobreviven gracias a sus ingresos publicitarios, temen que sus anunciantes emprendan la fuga ante la consideración de que su programación solamente capta espectadores desempleados y/o sin mucho poder adquisitivo.

Una revisión de la parrilla televisiva alemana confirma sin duda las constataciones de los sociólogos: efectivamente, las televisiones privadas carecen de una oferta formativa o de alcance intelectual identificable como tal. Pero tampoco en la pública puede hablarse siempre de una televisión de servicio al ciudadano: ahí también aparecen los “Noche de Fiesta” alemanes y se dedican horas enteras de programación a la boda de Felipe y Letizia (que fue retransmitida en directo por los dos canales públicos y repetida en tiempo real por el canal de noticias y reportajes) o a la muerte del príncipe Rainiero.

La discusión sobre cuál es la principal función de la televisión, si el entretenimiento o la formación, o cuál es la combinación más acertada de éstas, no es algo nuevo para sociólogos y comunicadores. También la definición de “telebasura” es siempre de nuevo objeto de polémica. Mientras la audiencia responda, el argumento principal para mantener los programas está servido.

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