Estudio El porqué del triunfo de la serie histórica

Tres profesores de la Universidad Complutense analizan la tendencia

José Carlos Rueda Laffond, Carlota Coronado Ruiz y Raquel Sánchez García, profesores de la Universidad Complutense de Madrid, e investigadores en el Proyecto “La mirada televisiva, 1977-2009”, financiado por esta Universidad y la Comunidad Autónoma de Madrid, han analizado las causas del triunfo de la ficción histórica en televisión, a raíz de la buena acogida de las series "23-F: el día más difícil del Rey" y "Cuéntame", entre otras.

El golpe fracasó gracias al Rey. Fueron muy pocos los que quedaron cautivados por las teorías conspirativas propuestas por Antena 3, frente a los que se dejaron seducir por la trama, mucho más previsible, de TVE1. Además, su apuesta se ha convertido en la TV movie más vista en la reciente historia televisiva. Vamos, que la historia hizo historia en televisión.

Pero todo esto no es nuevo: más bien parece la culminación de una tendencia, bastante rentable por cierto, en términos de audiencia. Nadie creía en “Cuéntame como pasó”, y el proyecto tuvo que luchar contra la adversidad y la incomprensión, hasta salir adelante y comenzar su emisión, dos días después de los atentados del 11-S.

Y desde ahí, durante diez temporadas, los Alcántara han evocado la memoria del primer televisor y el primer coche, las vacaciones en Benidorm y la especulación del ladrillazo en el último franquismo, a los grises y la dura emancipación femenina de los setenta... Y al barrio y a la catequesis, al cura progre y al maestro rancio. Y, por supuesto, a la Transición. Todo ello en horario de prime time, con un respaldo medio de televidentes más que relevante.

"Cuéntame" triunfa porque invita a la nostalgia

Juan Francisco Gutiérrez Lozano, un especialista en la historia de la televisión en España, lo tiene claro. En su estudio “La televisión en el recuerdo” recoge testimonios esclarecedores de espectadores andaluces sobre esta serie: “Cuéntame...” gusta no por ser una ficción histórica, sino porque invita a la nostalgia sobre lo cotidiano, permitiendo un acto de identificación subjetivo no del hecho, sino del transcurso del tiempo.

Aunque esto también tiene una doble lectura, pues la memoria es maleable y plural. “Cuéntame...” ha manejado un registro televisivo convertido en filón: el del matrimonio para toda la vida entre ficción televisiva y memoria sentimental sobre lo vivido, aunque ese mismo registro maneje banalidades o situaciones anacrónicas. Puede incluso –tal y como ha subrayado otro especialista, Vicente Sánchez-Biosca- representarnos evidencias del pasado gracias al atrezzo, con un Franco kitsch incluido. Hablaríamos entonces de ilusiones de diseño sobre lo pretérito, de estereotipos procedentes, sobre todo, desde una serie de citas sobre la cultura material del ayer.

Si Berlanga hizo de la Guerra Civil un sainete coral (en “La vaquilla”), y Guillermo del Toro una fábula onírica de la inmediata posguerra (“El laberinto del fauno”), la televisión puede también amoldar el pasado gris del franquismo a las reglas simplificadas y autosuficientes de la telenovela de ascendente latinoamericano (“Temps de silenci”, “Amar en tiempos revueltos”).

Como lógica de formato, ambas realizaciones han bebido de una misma fuente, compartiendo inspiradores comunes: la serie “Nissaga de poder” y su secuela “Nissaga, l´herencia”, emitidas en Catalunya hace ya más de diez años. De nuevo, las peripecias familiares como motor narrativo para un relato extensivo, que pretendía bucear en las señas de identidad sobre lo común colectivo, en el reconocimiento y la familiaridad por parte de los espectadores.

Las series del "23 F" enlazaban con la ficción estadounidense

“23-F. Historia de una traición” y, sobre todo, “23-F: el día más difícil del Rey” trabajan con otras claves. Hablaban de familias, pero brevemente, sintetizando lo que querían contar en un par de episodios. Sus fuentes de inspiración no eran latinoamericanas, sino que enlazaban con la edad de oro de la televisión internacional de los setenta y ochenta: o sea, con la ficción estadounidense, que, como el cine clásico, tiene sus reglas, sus títulos referenciales y sus paradigmas. La centralidad del Juan Carlos I/Lluís Homar en la serie de TVE1 no dista demasiado, en este sentido, de la alcanzada por Golda Meir/Ingrid Bergman en “A woman called Golda”.

Además, la televisión permite las duplicidades. El Ike de Melville Shavelson y Boris Sagal (1979) exploraba facetas privadas oscuras del personaje, mientras que el de Robert Harmon (2004) proponía un trazo biográfico mucho más escolástico de la figura de Eisenhower, al orientarlo hacia los parámetros del clasicismo bélico televisivo de mediano presupuesto.

La serie de Antena 3 recogía las teorías conspirativasdel 23-F

Las series sobre el 23-F apostaron por caminos alternativos, y se lanzaron a una lucha encarnizada. Y hubo un ganador aplastante. A priori “Historia de una traición” contaba con activos interesantes. Antena 3 ha ido desarrollando en los últimos meses una línea de producción coherente, centrada en el tiempo reciente y en elementos de corte político (“48 horas”, “20-N. Los últimos días de Franco”). Ahí encajaba su apuesta por recrear el golpe de Tejero. Su trama jugaba con elementos de tensión e imprevisibilidad, además de con una red de relaciones personales implicada en un espacio y un tiempo histórico propios del thriller: el servicio secreto y las salas de oficiales de aquellos cuarteles, aún franquistas, de los primeros tiempos de la Transición.

A todo eso añadía una focalización sobre la asonada militar que buceaba en sus zonas de sombra. En el no sabemos todo lo que pasó. En la creencia, nunca desmentida, de que fueron muchos más que los treinta y tres del banquillo de los acusados. En aquello de que hubo elefantes blancos. Y, sobre todo, en el runrún de que el golpe fue cocinado a fuego lento antes de servirse a la mesa, y de que en la cocina había gente muy importante con las sartenes.

El Rey de La 1 también paró el golpe de la serie deAntena 3

Pero la teoría de la conspiración se desinfló como un globo a lo largo de la noche del martes 10 de febrero de 2009. El Rey, de nuevo, paró el golpe, al activarse con éxito los factores de reconocimiento y la curiosidad espectatorial, en forma de imparable cuota de pantalla hasta inclinar la balanza. En definitiva, ganó la historia oficial a la suposición posible, pero improbable.

Esta historia oficial tenía mucho más de crónica de una traición que la de Antena 3 Films y Cuarzo Producciones. TVE simplificó la sublevación de 1981 (el tejerazo, el ruido de sables en la Acorazada Brunete, el levantamiento en Valencia y el “golpe de timón” de Armada), todo ello en aras de la claridad argumental. Desarrolló un relato canónico lineal, escenográficamente pobre, pero muy efectivo como entretenimiento: el de un Rey ingenuo, hogareño y valiente, engañado por algunos de sus fieles, por momentos acosado en la Zarzuela...

Todo ello sin sugerir dobleces, como por ejemplo aquello del “después de este mensaje, ya no puedo volverme atrás”, incluido en el télex a Milans de la madrugada del 24 de febrero, donde el monarca le instaba a anular el estado de excepción en la III Región Militar.

TVE presentó su producto como un acontecimiento televisivo

La ficción audiovisual no es un espejo de la Historia: la recrea, y propone claves de emplazamiento, empatía e identificación. TVE practicó una estrategia bien calculada en la lucha por las audiencias, presentando su producto como un acontecimiento televisivo. La cadena promocionó de modo decidido su serie.

Durante los días previos a su emisión incluyó una sección fija en los Telediarios, en la que combinó material de archivo, información histórica e insertos con tono making of. En uno de los últimos montajes fue la propia Reina Sofía la que confesó que, tanto ella como el Rey, habían visto el primer episodio, y que les había gustado. Con este testimonio se diluían las fronteras entre el ayer y el hoy, haciendo noticia de como el protagonista histórico era partícipe también en el plano del reconocimiento televisivo colectivo.

La dramaturgia se basa en leyes viejas, con héroes humanos familiares, que actúan como semidioses y son capaces de volver a Ítaca tras el viaje. Y en “23F: El día más difícil del Rey” no faltó nada de eso. Su éxito de audiencia no derivó del hecho de codificar la figura de Juan Carlos I como personaje de ficción televisiva. Eso lo hizo ya Antena 3 hace unos meses, al contraponerlo al Franco autoritario, incluso en su agonía, retratado en “20-N”. Su minuto de gloria (7´8 millones de espectadores) hay que explicarlo desde el punto de vista coherente que planteaba. Nunca se había contado así el 23 de febrero en televisión. Y, para muchos, así debió ser lo que ocurrió aquella tarde-noche en la Zarzuela.

Para los televidentes de 1981 no hubo Rey hasta la una y cuarto de la madrugada, cuando por fin apareció en la pequeña pantalla. Sin embargo, ventiocho años después, la televisión ha presentado un verosímil creíble, afín además con la versión de la Transición según “Cuéntame...”. En él se nos narra otra vez –pero de modo radicalmente distinto a la historia televisada anterior- un golpe de villanos y héroes. Unos héroes que, sin duda, no estaban trabajando en su despacho, el mismo día y a la misma hora, en Antena 3.

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