Crítica

'Clark', la serie gamberra con un protagonista que “atraca” para contar el origen del Síndrome de Estocolmo

'Clark', con Bill Skarsgård

“Sal de ahí, pedazo de mierda”. Estas son las palabras que Clark Olofsson escucha antes de nacer, y también el arranque de la miniserie de Netflix que, “basada en verdades y mentiras”, cuenta la historia del criminal sueco que dio nombre al síndrome de Estocolmo. La ficción, cuyos seis episodios están ya disponibles en la plataforma, se rinde a su protagonista, que embauca por su arrolladora -y desastrosa- forma de ser.

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La primera escena, en la que el personaje describe su parto como su “primera fuga”, dicta sentencia sobre el tipo de show que va a brindar a partir de ese momento. Una producción original que explota todos sus recursos para dejar que la personalidad del delincuente sea la que marque su tono y ritmo.

Clark es un hombre marcado por la violencia a la que asistió en su infancia, como así lo muestra la serie. Los problemas con el alcohol de sus padres determinaban su día a día, en el que lo mismo les veía besándose con pasión en el salón, que tirando la bañera por la ventana y rompiéndose botellas en la cabeza en medio de una discusión. Así, con la violencia aprehendida, encuentra en el acto de robar una “distracción” que le reconforta y le hace sentirse vivo.

Aunque no sea su trama principal, la lucha de clases está presente en la ficción. Clark se pronuncia a menudo sobre el capitalismo y reflexiona sobre cómo la forma en la que la sociedad está construida determina que tanto él como sus similares no cuenten con más espacio que los márgenes.

No tiene estudios, pero “sabe” que para poder impresionar a una chica, ha de mentir asegurando que sí. Y si ha sido en Harvard, mejor. Esta es precisamente una de las características de la serie, la manera en la que cada escena está marcada por un punto de exageración que le da dinamismo y humor.

El mejor de los peores

Pese a que toma como el centro de su relato a una persona real, la ficción no busca justificar en ningún momento su actitud y fechorías. No va de eso. Al contrario, ha encontrado una persona cuya vida podría haber sido perfectamente un guion y no una biografía al uso, y ha sabido sacarle partido para firmar un título entretenido, divertido y gamberro. Podríamos decir que Clark es un ser despreciable, por cómo basa su existencia en la necesidad de robar y aprovecharse de los demás; pero su instinto de supervivencia es tan fuerte -y tan generador de empatía-, que encandila y genera interés continuo.

En el fondo, lo único que quiere es destacar en algo. “Si no puedo ser el mejor de todos, puedo ser el mejor de los peores”, afirma en el primer capítulo. La frontera entre la realidad y la ficción en la serie está muy difusa. Y no importa, porque lo que inmediatamente provoca es curiosidad. Por saber cuáles serían sus siguientes pasos, su siguiente atraco y su siguiente conquista.

Y también, inevitablemente, su siguiente paso por los juzgados o prisión, que de paso critica. “No he sido un ciudadano modelo, pero la cárcel seguro que no ayuda”, reivindica al hacer referencia a las verdaderas -y únicas- consecuencias de sus periodos entre rejas.

Eso sí, esté donde esté, y así se ensalza dentro de la propia serie, genera diversión. Se lo dicen sus compañeros de celda, sus amigos y las mujeres a las que conoce. “¿Qué vamos a hacer sin ti?”, se plantean por la dependencia que causa. Clark es lo contario a una persona anodina, no es capaz de quedarse de brazos cruzados o de vivir un segundo sin estar alerta; pero eso es precisamente lo que le convierte en un personaje tan sumamente atractivo.

El origen del 'síndrome de Estocolmo'

A nivel narrativo, se remarca en la serie a través de distintos formatos, que incluyen escenas en blanco y negro para hablar de su infancia, en color muy saturadas para intensificar aún más sus momentos de euforia, imágenes de archivo y sobreimpresiones.

El montaje es por momentos frenético, reflejando el inquieto carácter del personaje que, en la vida real, originó lo que hoy conocemos como el síndrome de Estocolmo. La Real Academia Española lo define como la “actitud de la persona secuestrada que termina por comprender las razones de sus captores”.

Su origen se remonta a agosto de 1973, cuando Clark Olofsson participó en el robo del banco de Norrmalstorg, localizado en la capital sueca. Durante el atraco, consiguió que sus rehenes acabaran desarrollando apego hacia él, llegando hasta a ponerse en contra de la Policía para defenderle.

Los dos pilares de 'Clark'

Bill Skarsgård (It) es el encargado dar vida a este hombre manipulador, acaparando toda la atención y ganándose con creces el aplauso por su interpretación. Jonas Åkerlund, por su parte, ha dirigido los capítulos. El también músico ha desarrollado una amplia trayectoria realizando videoclips. No en vano, cuenta en su haber con un Grammy por el que grabó con Madonna para su tema Ray of Light. En la lista de artistas con los que ha trabajado figuran Lady Gaga, Britney Spears, Rammstein, Metallica y The Rolling Stone.

Ambos son los pilares en los que se sustenta la miniserie, a la que le hubiera venido bien reducir la duración de sus capítulos. En cualquier caso, Clark llega al catálogo de Netflix directa desde Suecia como una apuesta original en su forma; y que embauca por la manera en que consigue que den ganas de dejarse llevar por su perverso protagonista.

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