Crítica

'Élite 4' es lo mismo de siempre (para bien y para mal), aunque más turbio y excesivo que nunca

Imagen de la cuarta temporada de 'Élite'

Élite se enfrenta con su cuarta temporada a su cambio de generación más grande hasta la fecha. Estaba claro que la salida de Lu (Danna Paola), Carla (Ester Expósito) y Polo (Álvaro Rico) -además de la de los olvidables últimos nuevos alumnos salvo Valerio (Jorge López)-, iban a marcar un antes y un después; y que el reto era conseguir que las incorporaciones no solo se integraran, sino que sacudieran el día a día de Las Encinas.

Georgina Amorós y Pol Granch: "Los personajes de 'Élite' no saben lo que es una relación sana"

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La respuesta llega este viernes 18 de junio a Netflix con el estreno de sus ocho episodios. Un cóctel de elementos ya conocidos por los devoradores de la serie -que repetirán sin duda maratón-, a los que se ha tratado de dar una vuelta para volverse aún más excesiva, turbia y, a falta de ver los cuatro capítulos que no han sido avanzados a la prensa, polémica.

Repite como su late motiv una tragedia. Mientras que en la primera y tercera temporada fue una muerte y en la segunda una desaparición; ahora llega el turno de una joven convaleciente que no sabemos si sobrevivirá.

Los 'novatos' son tres hermanos (hijos del también renovado director Benjamín, encarnado por Diego Martín), y un príncipe, a quien da vida en su debut como actor Pol Granch. Cuatro personajes con personalidades muy dispares, pero fuertes, con reminiscencias al carácter de Lu, la aparente frialdad de Carla, la picardía de Valerio y la rebeldía de Rebeka.

Con los veteranos nos reencontramos de nuevo siendo interrogados por "lo que ha sucedido", mirando a cámara, y las tramas con las que volveremos a engancharnos -aunque con combinaciones de caras diferentes- serán el sexo -incluso más que en anteriores temporadas-, las fiestas entre semana, el alcohol, un trío, relaciones complicadas entre padres e hijos, erotismo en las duchas de los vestuarios del instituto y la diferencia de clases.

"Soy bueno quedándome en el margen, vivo en él"

En el inicio de la serie, el contraste se generaba entre los ya estudiantes del colegio de élite y tres nuevos que procedían de un colegio más humilde, pero que eran enviados allí becados tras la destrucción del edificio de su centro escolar.

Sin embargo, con el avance de los episodios, veíamos que estas líneas se iban desdibujando entre ellos, en parte gracias a amistades como la de Samuel (Itzan Escamilla) y Guzmán (Miguel Bernadeau); para dar importancia a otras tramas. Aquí, en la vuelta de las vacaciones, el nuevo director del centro impone "la disciplina, la excelencia y el mérito" como los tres valores fundamentales de Las Encinas, sin pudor a expulsar a todos aquellos que no se enmarquen en ellos.

"Soy bueno quedándome al margen, vivo en él", lamenta en un momento determinado Samuel, recuperando el papel de clase inferior que imperó en él al inicio de la ficción. "Cuando bebo se me olvida la clase, por eso no bebo", pronuncia en otra secuencia una de las nuevas privilegiadas.

Ritmo a veces excesivo

Si algo ha caracterizado a Élite hasta ahora ha sido su gran ritmo, la capacidad de anclar en el sofá con cada uno de sus capítulos, la intriga y el interés que genera por el devenir de sus protagonistas. Eso sí, quizás en esta cuarta temporada -al menos en su principio- peque de querer ir aún más deprisa y establecer desde los minutos iniciales cuáles van a ser las parejas y triángulos amorosos que marquen sus enredos.

A estas alturas de la serie pensar que aun así van a ser previsibles sería incoherente, pero quizás no hace falta que en esta línea haya puesta tanta carne en el asador nada más empezar. Sobre todo cuando en su amplísima medida se fundamentan en relaciones sexuales. El sexo ha sido siempre una constante en Élite, pero corre el peligro de rozar el límite de lo gratuito en vez de encajar en la historia que cuenta.

En cualquier caso, una de las mejores noticias de la tanda es la incorporación de la primera relación lésbica de la serie, bien traída, y que sigue la estela de la incorporación del sida, romances gays, la pérdida de la virginidad, la leucemia o la lealtad entre amistades a las que la propia serie ha sido fiel.

Quedan todavía episodios para saber si tratará con el mismo atino asuntos como el consentimiento, el abuso, la prostitución y la grabación ilegal de relaciones sexuales. Cuatro temas que son "presentados" en su inicio -y sobre los que está muy bien que se hable-, siempre y cuando no se conviertan en jardines envenenados. Por el momento, queda conocer su profundidad, dentro de que Élite es una serie a la que se le pide ser provocadora. Del mismo modo que defiende que "el sexo no es solo meterla" -aunque a veces parezca que sí-, queda que ninguna de estas temáticas, por desgracia de actualidad, se banalice.

Entretener, gustar y seducir

Élite lleva desde 2018 erigida como un fenómeno de masas que ha traspasado nuestras fronteras como ficción adolescente que no entiende de medias tintas. Por lo pronto, con su cuarta temporada ha conseguido que sus nuevos personajes encajen bastante mejor que en la anterior. Dato meritorio teniendo en cuenta que la quinta temporada está ya confirmada y grabada, y que por lo tanto queda mucha serie por delante.

Sin duda, su cóctel es el ejemplo perfecto de ficción que muchos introducirán en su saco de "placeres culpables", mientras que otros no lo tildarán de nada y se entregarán a devorarla palomitas mediante. Sus shippeos, con 'Omander' a la cabeza han generado riadas de fans que siguen ávidas de conocer sus devenires. Nunca ha ido de referente, de retrato de la realidad ni de representar a ninguna generación. Su fórmula le ha valido para continuar adelante -añadiendo incluso las Historias breves que han servido de enlace entre la tercera y la cuarta tanda-, con la cabeza bien alta, igual de sexy y atrevida.

Carlos Montero -cocreador y guionista- reconoció en la presentación que el reto había sido "que los nuevos alumnos entraran con fuerza, pero que no fagocitaran a los veteranos, y viceversa". Conseguido este punto, el desafío está en no pecar de cruzar líneas rojas sin cabeza, y al mismo tiempo no privarse de todo lo que la convierte en un producto puro e infalible de entretenimiento.

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