Crítica

'Mike': el Tyson “desautorizado” de Disney+ tiene mandíbula débil y no resiste un golpe

Trevante Rhodes en 'Mike'

Lorenzo Ayuso


“Que Hulu no os engañe. No apoyo su historia sobre mi vida. No estamos en 1822. Es 2022. Me han robado la vida y no me han pagado. Para ellos soy solo un negrata al que pueden vender en la subasta”. Mike Tyson se aseguró de que sus palabras replicaran el brutal impacto de sus derechazos al referirse a Mike (ídem, Steve Rogers, 2022). El biopic “no aprobado” sobre la vida del púgil se topaba con este en la esquina contraria antes incluso de alisar la lona sobre la que habría de demostrar su destreza sobre el cuerpo de su objeto de estudio.

La mala prensa ha acompañado al proyecto, disponible a través de Disney+ en España desde el 8 de septiembre, como también ha acompañado al “hombre más duro del planeta” durante el grueso de su presencia mediática. Aunque en el caso de la producción televisiva, parece que se ha visto vencida anímicamente antes de arrancar, acomplejada por el trash talk previo al combate.

Lo cierto es que eran varios los condicionantes en su contra. En primer lugar, la existencia de no pocas obras que han tratado de acercarse, desde diferentes perspectivas, al dos veces campeón de los pesos pesados. Ya lejana en el tiempo se divisa la primera tv-movie biográfica Tyson (ídem, Uli Edel, 1995), producida por HBO, que el boxeador ya catalogó como “basura”, a excepción de la caracterización que el por entonces emergente Michael Jai White compuso de él. El timing de aquella para dar el golpe fue óptimo, con un estreno pocas semanas después de que el de Brooklyn fuera excarcelado por buena conducta tras su condena por la violación a Desiree Washington.

Mike, cuyo título parece anticipar una visión del ser humano detrás del campeón de los pesos pesados, llega en un momento en el que este ya ha tenido sobradas oportunidades para relatar su historia, sino para perfeccionar esa misma narración. A ello han contribuido cineastas como el ahora defenestrado James Toback, en el poderoso documental Tyson (2008), donde relata sin interferencias su auge y caída; y Spike Lee, al cargo de Undisputed Truth (2013), realización televisiva del espectáculo teatral donde el boxeador profundizaba en los avatares que ahora Disney, a través de su marca adulta, reedita.

De hecho, llama la atención que, enfrentándose a la frontal oposición de Tyson, la serie opte por formularse siguiendo el ejemplo de aquel monólogo, afianzándose sobre una narración en primera persona que parafrasea, en ocasiones con literalidad, los soliloquios que el púgil regalaba a Toback en su confesional documental. Acaso Steve Rogers, guionista de Yo, Tonya (I, Tonya, Craig Gillespie, 2017) pareciera considerarse más capacitado para expresar esa “verdad indiscutible” a la que aludía el deportista en su autobiografía. Acaso la serie parece creer que tiene las claves para saber interpretarla mejor que él para que encaje en el momento presente.

El resultado es una serie dispersa, repleta de digresiones temporales que distancian del relato, que impiden entender o poner nada en orden. No hay tiempo para escrutar las complejidades que esconden esa mirada iracunda, subrayada con el tribal maorí, esa voz amainada, que atropella las palabras con una rapidez agotadora. Solo encontramos una aproximación superficial, que replica metrajes existentes a fin de legitimarse. Aun pavoneándose de su condición de obra “no autorizada”, que predispone a suponerle una pegada al costillar de los discursos oficiales, Mike se limita a recorrer con ligereza el perímetro del cuadrilátero, tanteando más que atacando.

Quedan los tics en la realización -Craig Gillespie, responsable de los cuatro primeros episodios, se pierde esta vez en esa puesta en escena que persigue y avasalla a sus personajes con enfebrecidos travellings de acercamiento y esquemas de iluminación en 360º; mientras el montaje empasta tiempos y espacios discontinuos abusando de montages musicales- y en la interpretación de Trevante Rhodes, cuya obsesión por calcar los manierismos del Tyson restan fuerza a su interpretación, hasta convertirla en pura pose. Incluso en los fragmentos dedicados al momento de mayor plenitud física del deportista, en la segunda mitad de los ochenta, su Mike adolece de una debilidad que, por ejemplo, no tenía la vigorosa interpretación de Michael Jai White de mitad de los noventa.

White, artista marcial consumado a la par que actor, personificaba esa imagen del “guerrero espiritual” que Cus D'Amato trató de imprimir en su protegido, que trasciende a la imitación. A ese respecto, es preferible la versión adolescente que incorpora B.J. Minor, apenas presente en los dos capítulos iniciales, dedicados al periodo formativo, sin la presión que ejercen las pilas de material de archivo del Tyson icónico posterior. Sin estar obligado a calcarse a ningún registro audiovisual, se intuye la energía desbocada de aquel “Kid Dynamite” que se diluye en su etapa adulta.

No se trata de un problema específico de Rhodes, sino de un problema estructural que atraviesa a la serie magullándola gravemente. Mike, que se jacta de no contar con el beneplácito de Tyson, se ve acomplejada por este, debatiéndose entre la complacencia o la condescendencia. Lo constatan episodios como el tercero, (Lover, 2022, Craig Gillespie), dedicado a su fugaz matrimonio con la actriz Robin Givens (Laura Harrier): esta es dibujada a la vez como una mujer negra que verbaliza la importancia de la representación de una estrella como Tyson y ella en América, y por tanto la única que se legitima para comprender al peleador; y como una arpía que no solo controla las finanzas de su marido sino también la misma imagen pública de este.

Desiree (Tiffany Johnson, 2022), contado desde el punto de vista de Desiree Washington (Li Eubanks), la joven de 18 años a la que violó en 1991, y negándose a repicar la defensa del púgil (optando por hacerle huir del escenario, como negándose a dar la cara; en la realidad sí ha hablado profusamente y sigue negando su culpabilidad, aun cometiendo contradicciones), supone una ruptura en esta dinámica al superponer otra visión del antihéroe, ruptura que apenas atañe a una entrega, antes de volver a poner el foco en él con normalidad. El tono es tan decidido durante estos 30 minutos (Tyson como presencia ominosa, villanesca) que cabe preguntarse si Mike era solo un envoltorio para poder albergar este episodio, extrañado del resto. Cabe cuestionarse si la miniserie hubiera tenido más impacto si compendiara perspectivas distintas u opuestas de un complicado mito americano, antes de probar a suplantarlo. Sin embargo, esta media hora con afán vindicativo se intercala en la serie como un tiempo muerto, una fuga sin continuidad.

Ahí se expone el gran hándicap de la serie, a la postre, el mismo que sufría Pam & Tommy, otra producción que insistía en reivindicar a otro icono de la cultura pop, en aquel caso Pamela Anderson, vilipendiado y caricaturizado durante décadas, incurriendo en el mismo vicio: modelarla hasta despersonalizarla. Como aquella, Mike yerra al arrogarse la capacidad de juicio sobre los personajes, al manejar estas imágenes reales como si aquellos a quienes representan no fueran capaces por sí mismos. Como si no fueran conscientes de lo que deben significar. Curiosamente, ambos ejemplos -los dos salidos de Hulu- han venido acompañados de sendas respuestas en formas de producciones, estas sí, supervisadas por sus protagonistas: en el caso de quien fuera Barb Wire, un documental para Netflix sobre su “verdadera historia”; en cuanto a “Iron Mike”, un biopic oficial reconvertido en miniserie que combina las fuerzas de Jamie Foxx, Martin Scorsese y Antoine Fuqua.

Ese paternalismo subyacente contradice el texto completo y quiebra la estabilidad de Mike. Tal exceso de confianza se paga luego sobre la lona, sobre todo si uno ha de medirse ante un individuo amenazante como Tyson, alguien que ha labrado su mito amedrentando a sus oponentes, haciéndoles fallar.

De nuevo, en sus propias palabras: “Cuanto más me acerco al ring, más seguro me siento. Y una vez dentro, nadie puede conmigo. Doy la vuelta sin retirar la vista de mi contrincante [...] Me quedo mirándolo a los ojos fijamente, cara a cara, y cuando percibo una grieta en su armadura, ¡boom! Uno de sus ojos me dice 'Ven', y ya sé que es mío”. Mike se presenta como si no tuviese miedo de ese adversario, como si su moral fuese insuperable, pero sus imágenes indican lo contrario.

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