Crítica

Reivindicando 'Último aviso': Disney+ saca a los espías de ideología veraniega de la "lista negra" de las plataformas

Sharon Gless, Bruce Campbell, Jeffrey Donovan y Gabrielle Anwar en 'Último aviso'

Antes de que Mr. Robot (ídem, Sam Esmail, 2015-2019) reseteara su imagen de marca con sus aspiraciones conspiranoicas de gran escala, la ficción de USA Network había disfrutado de un largo y próspero periodo, al margen de las luchas por el prestigio de otras cadenas, bajo el "cielo azul" siempre visible al fondo de cada uno de sus títulos. Basta un somero repaso al arte promocional de Al descubierto (In Plain Sight, 2008-2012), Royal Pains (ídem, Andrew Lenchewski, John P. Rogers, 2009-2016) o Último aviso (Burn Notice, Matt Nix, 2007-2013) para detectar rasgos comunes: el cabeza de reparto, silueteado tras un cielo soleado, escudriñando la mirada al objetivo a través de una gafas de sol, buscando la complicidad del espectador. Independientes en lo argumental todas ellas, su presentación de cara al pública apuntaba a una transversalidad temática resumida en un lema, "Characters welcome". Frente a la crudeza de los universos narrativos que se asociaban a la televisión con altura de miras, la cadena de cable diseñaba hábitats más acogedores e incluso exóticos, no por ello menos emocionantes. Destinos acogedores que revisitar periódicamente con la excusa de la serialización.

Podría decirse que las series formuladas bajo el citado eslogan no pretendían ser ya una oferta para evadir a la audiencia de la realidad, con sus historias de intriga, misterio y espionaje, sino una evasión de la propia ficción coetánea amparada por otras cadenas de cable como HBO y AMC, de la gravedad de estas y de su (auto)proclamada importancia cultural. Hablamos de una "ideología veraniega", como resume Cory Andrew Baker en su tesis, Genre Welcome?: Formula, Genre and Branding in USA Network's Programming and Promotional Content, que deriva en una autoconsciencia de estas producciones: no importa tanto que sus tramas avancen como que sus escenarios y habitantes sean resulten atractivos como para resguardarse con ellos, sin importar la aventura que se plantee.

Si la deliciosa Monk (ídem, Andry Breckman, 2002-2009) había establecido las bases de esta política, con las pesquisas del inquisitivo pero maniático expolicía epónimo bajo las arquitecturas y climatologías templadas de San Francisco, Último aviso supone la culminación del proceso, haciendo de Miami la sede de operaciones de un brillante espía ahora en entredicho, sobreviviendo al descrédito a fuerza de resolver causas perdidas, una a la semana, que involucran a traficantes de amplio espectro, señores de la guerra, mafiosos y otras entidades corruptas. Pasamos del policíaco al espionaje, pero conservamos los mimbres de la narración procedimental, que favorecen la familiaridad, un cierto confort, sobre la que trabajar y sugerir variaciones siempre bajo control. A lo largo de siete temporadas, la creación de Matt Nix perfecciona una fórmula que exprime las posibilidades de la repetición para hacer y rehacer historias como excusa para volver a lugares y personajes; pero trascendiéndola con disimulo, hasta modificar, y en último término abandonar, esa misma naturaleza autoconclusiva.

En su raíz, Último aviso es puro entretenimiento pulp. Apenas comienza su piloto (Pilot, Jace Alexander, 2007), se presenta el detonante en la primera secuencia: Michael Westen (Jeffrey Donovan) descubre que ha sido "quemado" -esto es, vetado e incluido en una lista negra- por el gobierno estadounidense en el peor momento posible, plena transacción con un señor de la guerra en Nigeria; sin conocer los motivos de esta decisión sumarísima, se ve obligado, primero, a escapar de un brete que podría acabar con su muerte segura, y segundo, a iniciar un movimiento incesante que se alargará hasta el episodio del desenlace, 110 episodios después. Salvada la vida, la segunda secuencia ya lo reubica en Miami; sin necesidad de hacer hincapié en los motivos ulteriores por los que ha sido enviado a la que, por otro lado, es su ciudad natal, deberá asumir la situación y saltar de misión en misión. Estas solo son un pasatiempo, o al menos un sustento, para mantener el ritmo.

Los resortes narrativos son básicos, sin subterfugios, pero si de algo sirve es para evidenciar esa celeridad inevitable que se imprime a la serie. Si el subgénero del espionaje acostumbra a desconfiar de las intenciones, y por ende los diálogos, que pronuncian los agentes secretos, la precipitación interna de Último aviso hace que los planes, y con ello las exposiciones, se entremezclen unas con otras: por norma, los avances en el conflicto capitular se cruzan con los que se refieren al arco general, a menudo interrumpiéndolos, dejándolos en segundo plano, o incluso entorpeciéndolos. Así como Westen desconoce los motivos de su caída en desgracia ni a sus responsables, se prioriza el cómo sobre el por qué, dejando que sea el protagonista el que otorgue sentido a los acontecimientos con su presencia y perspicacia. Es cuestión de absoluta confianza en el foco del relato.

Eso conduce a la otra clave de la ficción: el carácter resabiado de Último aviso, explícita a través de la narración en off que la caracteriza, también desde la primera escena. Westen locuta sus aventuras desgranando los intríngulis de los operativos clásicos asociados al espionaje en la ficción, haciéndolos accesibles o revistiéndolos de cotidianidad. Una declaración como esta debería bastar para atestiguarlo: "Las reuniones clandestinas nunca son agradables de cerrar. Es una parte importante del trabajo de un operativo encubierto, pero nunca es agradable... No es tanto el miedo a morir lo que te molesta, sino que te lleven al encuentro con una bolsa en la cabeza. A veces las lavan, pero otras veces no". Sumémosle el uso -moderado- de rótulos para identificar y describir, en pocas palabras, la función de los intervinientes en cada entrega: una estrategia para ordenar la maraña de tramas pero también para darle levedad al drama.

El éxito de la propuesta está en extrañar los códigos específicos de un género como el del espionaje, tanto en un contexto geopolítico cuando menos difuso, quedando ya atrás la Guerra Fría; pero también en un ecosistema tan caluroso, extrovertido y abigarrado como Miami, teñido de naranja, donde las siluetas sospechosas son fácilmente divisables. La tendencia del héroe a lucir impecable en su traje pese al ardor tropical es un irónico rasgo reconocible como súper-espía, lo que hace que contrasten aún más el resto de rasgos de su personalidad: desde su afición al yogur a sus disfuncionales tejidos familiares y sentimentales, sometido a los deseos y anhelos de una madre de fuerte personalidad (Sharon Gless) y una voluble novia experta en explosivos (Gabrielle Anwar), así como a las necesidades de su viejo amigo exmarine, propenso a líos de faldas (Bruce Campbell).

Con ellos volvemos a esa prioridad del personaje sobre la trama que enarbolaba USA Network como bandera. Último aviso gusta de jugar con la monotonía de la burocracia gubernamental, algo que permite alargar la carrera de Westen durante las primeras temporadas, más centradas en la resolución de casos. Sin embargo, el balance se desnivela en la quinta temporada, con la progresiva desaparición del "caso semanal"; y especialmente en la última remesa de episodios, con la expansión internacional más allá de Miami. El humor se difumina conforme aumenta la magnitud de las peripecias, ya lejos de su ecosistema habitual, -y por más que la presencia de un desaforado Patton Oswalt en el último segmento de la sexta tanda sirva de refresco- y con ello se acaba anticipando no ya el cercano agotamiento de la serie, sino el fin de ciclo dentro de la cadena, para entonces interesada en tomar el pulso al resto de competidoras, apostando historias más ambiciosas, que se nutran del angst de la época, a ser posible con sujetos necesariamente torturados, visible y explícitamente complejos. Que USA Network, ya en las postrimeras de la década, volviera a apostar por el espionaje con una derivación de la saga de Jason Bourne, la breve Treadstone (ídem, Tim Kring, 2019), denota el decidido cambio de mentalidad.

La historia de Michael Westen alcanza su resolución algo desfondada, pero en pie. Acaso el hecho de que, tras la tercera, la cadena renovará su compromiso por tres temporadas de una tacada permitió apurar sus posibilidades con margen de maniobra, valiéndose de la afinidad por un reparto bien definido, y de lo hospitalario que su enclave podía resultar al espectador. Podemos achacarlo a los efectos de esa "ideología veraniega" que fomenta no solo que persista el interés por continuar acompañándola, una vez le hemos tomado la medida; sino que anima, también a posteriori, a reencontrarnos periódicamente con ella. Inteligentemente intrascendente, sólida en su ligereza, Último aviso se define por su capacidad de ser revisitada una y otra vez, en cualquier punto de su trayectoria y con cualquier excusa, con la certeza de recibir siempre una afectuosa bienvenida.

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