Crítica

'Sin novedad', una comedia fallida que confía demasiado en sus débiles diálogos

Pilar Castro y Adriana Torrebejano, en un capítulo de 'Sin novedad'

Abordar desde el humor un trabajo tan aparentemente serio como el policial es una idea que ha seducido durante décadas a la industria audiovisual, que ha hecho de las comedias policiales uno de sus géneros predilectos. De hecho, los títulos que lo conforman se cuentan por centenas, y las risas que ha provocado, por miles. Mayoritariamente por su explotación de lo absurdo, ingrediente sobre el que construyeron su éxito obras del tamaño de Loca Academia de Policía, Agárralo como puedas o la última gran heredera de ambas, Brooklyn Nine-Nine, probablemente la serie que más y mejor ha abanderado el género en los últimos años.

Sin novedad, la nueva ficción española de HBO Max, comparte con ellas su voluntad de desmitificar el trabajo policial a base de humor absurdo, aunque para conseguirlo toma unos caminos alejados de lo habitual. La serie, remake de la australiana No activity, apenas apuesta por el ritmo ágil, la acción y el humor físico que a menudo caracterizan a esta clase de producciones, sino que lo fía casi todo a una sucesión de conversaciones surrealistas producidas durante una larga y aburrida vigilancia nocturna.

Sobre este escenario, la ficción de Rodrigo Sopeña (La hora de José Mota) y Álex Mendíbil (Camera Café) nos presenta a tres parejas de personajes diferentes. Primero tenemos a Alonso (Arturo Valls) y Campillo (Carlos Areces), dos agentes de policía que pasan las noches dentro de un coche mientras esperan la llegada de un alijo de droga a las afueras de unos almacenes. En uno de esos almacenes aguardan los futuros receptores del alijo, dos sicarios que responden a los nombres de Yasmina (Toni Acosta) y Bony (Omar Banana). Y en comisaria, alejadas de todo el meollo, las agentes Olivares (Pilar Castro) y Naiara (Adriana Torrebejano) esperan unas novedades que, como señala el título de la serie, nunca llegan.

Las horas pasan y los miembros de cada pareja solo tienen una cosa que hacer: hablar entre ellos. De la vida, en general, y de la suya, en particular. Siempre mediante diálogos que juegan al giro cómico, al chiste por acumulación o a la disparidad de temas. Arturo Valls, en su reciente entrevista con verTele, aseguraba que el referente que manejaban para estos diálogos eran las películas de Quentin Tarantino. Y aunque el valenciano se apresuró en salvar las distancias, lo cierto es que su comparación estaba bien tirada.

En Sin novedad no hay ladrones debatiendo antes de un atraco sobre el significado de las canciones de Madonna, como ocurre en Reservoir Dogs, ni sicarios hablando de hamburguesas antes de llevar a cabo un ajuste de cuentas, como sucede en Pulp Fiction, pero sí hay otras conversaciones igualmente banales que no esperas de sus protagonistas, ya sea por la profesión o por el contexto en el que éstas se encuentran, y que se alargan hasta que la acción estalla por completo.

Aquí la acción no estalla hasta el último capítulo porque la gracia del planteamiento es esa, que no pase nada hasta que algo pasa. Querer hacer humor desde la inacción. Un riesgo que Sin novedad asume desde el minuto uno y justo es reconocérselo, aunque el resultado final no esté a la altura de su atrevimiento.

'Sin novedad', mejor planteada que ejecutada

Sin un ritmo alto ni una acción desenfrenada, y con una puesta en escena tan estática como la que pide la propuesta, la nueva apuesta española de HBO Max fía gran parte de su éxito a los diálogos. Y es justo ahí donde más falla. El novedoso planteamiento de la serie, sus buenas intenciones y los esfuerzos del reparto por sacar el trabajo adelante acaban siendo lo de menos ante los chistes caducos y las anécdotas sin gracia que se suceden a lo largo de los seis episodios. Algunos acaban funcionando por pura acumulación, pero el balance general es decepcionante.

Pasa lo mismo con los cameos, aunque aquí al menos encontramos algo de luz gracias a Miguel Maldonado y, sobre todo, Henar Álvarez, cuya aparición da aire a los personajes de Valls y Areces y termina por erigirse en lo mejor de la función. Todo lo contrario que la intervención de Goyo Jiménez, dolorosamente desaprovechada a pesar de jugar con la afición del cómico por Estados Unidos.

Visto lo visto, Sin novedad demuestra que una serie puede funcionar muy bien sobre el papel y, sin embargo, caerse por completo cuando salta a la pantalla. Aun así, se agradece que nuevos planteamientos como el suyo lleguen a nuestra comedia, aunque sea vía remake. Eso que gana el género.

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