Crítica

'Todas las veces que nos enamoramos', el cliché amoroso de Netflix y Carlos Montero que vibra entre vaivenes

'Todas las veces que nos enamoramos'

Javier Atienza

Todas las veces que nos enamoramos es la nueva serie de Netflix desarrollada por Carlos Montero, creador de Élite y El desorden que dejas. Protagonizada por Georgina Amorós y Franco Masini, la ficción traslada al espectador a 2003 para narrar entre cámaras, luces y mucho grito de “acción”, su historia de amor.

Estrenada este martes 14 de febrero, San Valentín, esta comedia romántica será el plan ideal para el espectador que busque una distendida y entretenida ficción. Aun con sus defectos, el proyecto es todo un acierto, y logra narrar una historia fresca que vibra mientras se ponen sobre la mesa temas importantes como el autodescubrimiento, la vocación innata, el éxito o los sueños.

Carlos Montero ha ideado un proyecto que vibra con luz propia. Puede que el público adolescente la abrace mucho más al ser el principal objetivo de la serie, pero eso no quita que su historia pueda ser disfrutada por el resto de espectadores. Sus claves son universales, por lo que no distingue entre edades.

La facultad, el inicio de los sueños

Sin duda, Georgina Amorós en el papel de Irene es la joya de la ficción. Su personaje, joven, sin experiencia en absolutamente nada de la vida, decide arriesgar y perseguir su sueño en Madrid: ser cineasta. Para ello abandona su pequeño pueblo de Castellón, y deja atrás a su pareja, Fer (Albert Salazar).

Ingresa en la Facultad de las Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid en el grado de Comunicación Audiovisual, y comienza a escribir su nueva vida. Acompañada de risueños personajes secundarios como Da (Carlos González) y Jimena (Blanca Martínez), sus amigos y compañeros de piso, juntos tratarán de formar un equipo indivisible para alcanzar sus objetivos.

Los inicios están llenos de magia y de inocencia, algo que se refleja en una historia que comienza hablando de sueños. Sin embargo, los comienzos también los carga el diablo, y están llenos de frustración, algo que la ficción quiere trasladar a sus espectadores. Para ello, muy hábilmente. la serie realiza paralelismos entre los inicios de un aspirante a cineasta, con los profesionales de la industria cinematográfica.

Sin embargo, no pretende dictar una sentencia, ni criticar a alguno de los dos, aunque se muestren algunos vicios del segundo. Tan solo los plasma, con sus luces y sombras, y deja que el espectador sea el que reflexione sobre ello. Todo ello queda a la sombra de la principal trama, la historia de amor de Irene y Julio (Franco Masini).

El amor adolescente

La relación de ambos va en paralelo a sus narrativas individuales. La de Irene, reescribir guiones, vivir entre rodajes, y dejarse la piel, la energía y la cabeza en su primer cortometraje, que como suele pasar, no es lo que se espera. Por su lado, Julio es un estudiante de derecho que por suerte, y gracias a Irene, va a ser actor en la industria cinematográfica a la que ansía llegar algún día el personaje de Georgina Amorós.

Es ahí donde vuelve a plantearse la dicotomía entre ambos universos. La ficción pone el foco principal en sus encuentros y desencuentros amorosos, como ya advierten al inicio de la historia, ya que romperán y se enamorarán muchas veces. Sin embargo, su trama tan solo es una excusa para que el resto de temas avancen. Su relación sigue el cliché de las comedias amorosas, esas que ya sabes cómo se inician, transcurren y finalizan. O quizás no.

Lo verdaderamente interesante es la historia que hay detrás de toda esa coraza que es un cliché mil veces visto. La del autodescubrimiento personal, las relaciones de todo tipo y el conflicto que generan en nosotros, y lo más importante, la lucha por conseguir nuestros sueños. Por todo ello, el personaje de Irene brilla, es complejo, e incluso a veces indescifrable. Pero tiene algo que nos conecta con ella: su pasión por lo que ama, ya sea el cine, o a Julio.

La magia de los personajes secundarios

No podríamos hablar de Todas las veces que nos enamoramos sin desarrollar la importancia de sus secundarios. Carlos González y Blanca Martínez están incontestables en la ficción. Sus personajes apoyan a la trama protagonista, mientras consiguen desarrollarse a sí mismos. Son risueños, y muchas veces son el gag perfecto dentro de la narrativa, con comentarios divertidos que dotan de frescura a las escenas.

Pero no están solo para provocar risas. Están para que empaticemos, también sufren y tienen sus conflictos internos que muchas veces desembocan en la trama principal. Es así como se establece un esquema cíclico de retroalimentación entre todo el universo de personajes, no importa si son protagonistas o no.

Ambos actores se lucen, así como también ocurre con Georgina Amorós y Franco Masini, quienes saben dar con las claves de una interpretación fresca, creíble, y dramática cuando es necesario. Amorós está magnética demostrando que el papel le va como anillo al dedo. No tarda mucho en borrar al espectador el recuerdo que puede tener de ella como Cayetana en Élite, para dar a luz a su nuevo personaje, Irene, al que encarna con habilidad.

Las sombras de las luces

Sin embargo, cabe destacar que no todo es perfecto en esta, cuanto menos, idílica historia de amor. La ficción flojea, sobre todo, cuando trata de conectar con el presente y traslada al espectador a 2022. Las escenas contemporáneas desentonan mucho al principio, sacando de la narrativa, y no será hasta cerca del final cuando la sensación de extrañeza logre desaparecer.

El principal problema reside en que han transcurrido casi 20 años entre una narrativa y otra, los actores no se ajustan a la edad, y no terminan de encajar. Algo que en muchas ocasiones acaba desentonando y produciendo rechazo. Las diferencias a la hora de vestir no terminan por suplir las carencias, y en cada viaje al presente la ficción se desconecta de su esencia.

Otro punto que cae en el lado negativo de la balanza es un guion que se toma demasiadas licencias de escritura, algunas situaciones llegan a sentirse forzadas, y pecan de caer en la exageración para dinamitar el conflicto. No son muchos los casos, pero los que tienen lugar hacen que el relato pierda su credibilidad.

La nostalgia, y el amor por el cine

Todas las veces que nos enamoramos rebosa un amor por el cine particular. Numerosos son los guiños a Tesis, película de la que continuamente se habla en la Facultad de las Ciencias de la Información al ser el sitio de rodaje de la obra de Alejandro Amenábar. Hasta tal punto es la obsesión, que habrá alguna que otra agradable sorpresa que tendrá lugar al final de la serie.

Muchas son las referencias a nuestro cine, pero también a algunas películas como Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Sin duda, la mayor fortaleza del guion es esa, internarse en la industria cinematográfica, y avisar a los soñadores de lo injusta que esta puede llegar a ser. Todo, desde una mirada nostálgica que inunda el relato. Además del realismo que subyace en muchas ocasiones, ya sea de la propia realidad de la vida, como a la hora de ilustrar un Madrid tal y como es.

Como conclusión, Todas las veces que nos enamoramos es una serie ligera y perfecta para la fecha. Da lo que se espera de ella, es risueña y goza de frescura. Sin mucho más que ofrecer que el puro entretenimiento, la ficción tiene algo tierno en su núcleo que, dando con el espectador indicado, puede provocar que las emociones se magnifiquen tal y como lo hacen tras una cámara.

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