Crítica

'Ana Tramel. El juego': la ludopatía, al descubierto en una serie concebida para convencer al jurado popular

Maribel Verdú e Israel Elejalde en 'Ana Tramel. El juego'

Lorenzo Ayuso

En una de las escenas correspondientes al primer episodio de Ana Tramel. El juego (Roberto Santiago, 2021), la abogada epónima interpretada por Maribel Verdú se topa con un adolescente a la salida de un centro de ayuda a ludópatas. “¿Pero tú cuántos años tienes?”, inquiere sorprendida al joven, de 18 años, pieza de interés para componer el rompecabezas en que se convertirá el caso del asesinato del dueño de un casino a manos, presuntamente, del hermano de ella. Tal vez la sorpresa de la profesional, de estatus aparentemente acomodado, ante la temprana edad a la que el chico se ha enviciado con las apuestas no resulte tal para la audiencia media. O tal vez sí.

Si nos centramos en Madrid, la Federación Regional de Asociaciones Vecinales contó 400 locales activos en 2019; de todos ellos, 61 estaban a escasa distancia de centros escolares. Distritos y barrios con renta por debajo de la media, como Carabanchel, concentran la disposición en el mapa de estos negocios de juego, que atraen cada vez a una edad más temprana a potenciales adictos. Las dinámicas no son exclusivas, ni mucho menos, si nos fijamos en otras autonomías como Castilla-La Mancha (la serie se ambienta en parte en la localidad de Robredo de las Pueblas), donde los cálculos hablan de 9 establecimientos por cada 100.000 habitantes.

Que la estadística se normalice e integre así en el trabajo de Roberto Santiago, que adapta aquí su propia novela junto a Ángela Armero en forma de miniserie de seis capítulos (coproducida con Tornasol y DeAPlaneta para TVE), se entiende como una prueba de su labor de documentación y del afán por descubrir el dorso de ese paisaje urbano trufado de rótulos brillantes y ventanas opacas.

Tal y como la protagonista advierte a sus compañeros de bufete, se trata de construir narrativas. En ese aspecto, Ana Tramel se esmera especialmente al poner en escena el atestado de los hechos del crimen del que se acusa a Alejandro (Unax Ugalde), que se nos presenta ensangrentado en el prólogo del primer episodio, sentándose a la mesa de una partida de póker. La reconstrucción de la noche previa al homicidio nos acerca con decisión a la posición endeble del tahúr, a punto de perder no ya el dinero (las fichas) sino su voluntad (esas firmas espasmódicas sobre papeles ilegibles para endeudarse con el negocio). La cámara retrata a menudo al casino, personificado en la figura del dueño o de sus subordinados más inmediatos, rodeándole o acechándole, vigilando sus movimientos y arrebatos, una derrota de la que ellos son los principales aprovechados.

Una serie para convencer al jurado popular

La precisión en el detalle del proceso del juego hacen de estos 7 los más intensos dentro de una entrega inaugural que por otro lado traslada a ambientes más o menos cercanos las tónicas de una intriga policíaca judicial. Lo que nos cuenta Ana Tramel es un pequeño bufete al borde de la quiebra, liderado por una abogada brillante pero traumada acompañada de inexpertos ayudantes, haciendo juego en un caso de magnitud, con derivas conspiranoicas: el coche que acecha a la letrada, las pruebas sospechosas las llamadas anónimas con chivatazos, el agente de la ley honesto y a favor del indefenso, aquí un guardia civil con los rasgos de Israel Elejalde. “Mismos restos, puestos, jugadores”, en palabras de Alejandro, es lo que nos ofrece la serie, pero cambiando la mesa.

Las características de esa nueva mesa dan pie a un interesante uso del metraje de archivo, que conecta la trama con el contexto legal abierto en Madrid para albergar el frustrado proyecto de Eurovegas en Alcorcón. Por otro lado, también acarrea un evidente didactismo en la narración: “Ellos son los malos”, simplifica Tramel durante la sesión de trabajo con sus compañeros sobre los casinos. No en vano, los dibujos que su hermano pintarrajea atacado en el calabozo terminan de identificar a esos malos que le rodean con lobos sedientos; una metáfora no tan alejada de la que otras víctimas, en este caso reales, abocetan.

Es inevitable entenderlo así, dadas las estadísticas, por lo que Ana Tramel juega sobre seguro, bajo la promesa de una solución satisfactoria que siente jurisprudencia, al menos en la ficción. Volviendo a citar a la protagonista, “gana quien cuenta la mejor historia”. Y en ese aspecto, la serie tiene claro que apela a un jurado popular y así está concebida. Un producto llano y fácilmente accesible, sin estridencias, con corrección. Y, ante todo, con un objetivo claro.

Con cinco episodios aún por delante, no podemos aventurar el éxito en esta apuesta con solo una ronda (la única que ha facilitado RTVE), pero al menos en esta mantiene el semblante apropiado. “Tienes que pulirlo, pero no suena mal para empezar”, valora el personaje de Luis Bermejo sobre el planteamiento de la abogada titular. No es poco.

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