Crítica

'Y: el último hombre' tiene mimbres para revolucionar el género posapocalíptico en TV, pero le falta ambición para hacerlo

Imagen del primer capítulo de 'Y: el último hombre'

Año 2009. Mientras Perdidos trabaja en su sexta y última temporada, la industria televisiva estadounidense se lanza a la búsqueda de esa serie que la suceda en el trono de los high concept. La primera y más firme candidata ve la luz ese mismo año bajo el nombre de Flashforward, otra producción de ABC construida en torno a un ambicioso planteamiento que se resumía tal que así: todos los habitantes de la Tierra se desmayan el mismo día y a la misma hora durante 2 minutos y 17 segundos, tiempo en el que pueden ver su propio futuro con varios meses de antelación.

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A pesar del material que tiene entre manos, Flashforward desaprovecha su potente argumento y la adaptación de la novela de Robert J. Sawyer se queda en una rotunda decepción, pasando a encabezar desde ese preciso momento la larga lista de series que quisieron ser "la nueva Perdidos" y fracasaron en el intento.

Al mismo tiempo que ocurre todo esto, Hollywood lleva un par de años tratando de sacar adelante otra ambiciosa adaptación, la de Y: el último hombre, aclamado cómic publicado entre 2002 y 2008 por la dibujante Pia Guerra y el guionista Brian K. Vaughan, cuyo trabajo en esta y otras cabeceras del noveno arte le valieron su fichaje por el equipo creativo de Perdidos a finales del 2006.

'Y: el último hombre', una adaptación problemática

El círculo entre los tres títulos se habría cerrado aquí de no ser porque la infinidad de problemas que la adaptación de Y: el último hombre ha sufrido en los últimos 14 años -incluyendo cambios de directores, guiones, guionistas, protagonistas y formato (lo que empezó como una película ha terminado siendo una serie de televisión), sin obviar la aparición de una pandemia mundial que retrasó su rodaje- han hecho que el proyecto se estrene este miércoles 22 de septiembre en Disney+ en un contexto muy diferente al esperado en un principio, pero también muy parecido al que se enfrentó Flashforward en su momento.

Ahora la lucha no pasa por recoger el testigo de Perdidos, sino el de The Walking Dead como epítome de otro género de éxito, el posapocalíptico, que también necesita savia nueva para afrontar con garantías los años venideros. El inminente final de la serie zombi de AMC no dejará probablemente un vacío tan acusado como el que dejó Perdidos dentro y fuera de su género -por su prolongado declive, por la proliferación de series del mismo corte al amparo de su éxito, por la existencia de otros títulos del universo TWD ya en marcha o emisión-, pero igualmente abrirá un escenario propicio para la aparición de nuevas ficciones posapocalípticas -incluidas los spin-offs a estrenar de The Walking Dead, que tendrán que reponerse al desgaste de la marca original- que luchen por abanderar el género en los próximos años. Más aún si El cuento de la criada acaba concluyendo tras su quinta temporada, como ya se ha empezado a rumorear.

En este sentido, FX ha seguido los tiempos que ABC siguió en su día con Flashforward y tampoco ha esperado al final de The Walking Dead para presentar su candidata al trono. Al fin y al cabo, ya ha esperado muchos años hasta encajar todas las piezas que forman el puzle de Y: el último hombre, una adaptación que merecía cualquier tipo de espera aunque solo fuese por su atractivo punto de partida.

Un mundo sin hombres, el punto de partida

La serie, como el cómic, nos presenta un mundo posapocalíptico en el que todos los mamíferos de la Tierra nacidos con el cromosoma Y han muerto. Es decir, que todos los hombres y animales macho nacidos biológicamente como tales han perdido la vida. Todos, menos dos: Yorick Brown (Ben Schnetzer), un veinteañero aspirante a escapista, y Ampersand, su entrañable mono.

Por qué han sobrevivido y, sobre todo, si lo que les ha hecho sobrevivir supone una esperanza para la salvación de la raza humana y animal, son los dos grandes misterios que plantea esta historia, contada como un relato de supervivencia en el que Yorick y Ampersand tienen que cruzar a pie un país sumido en el caos y la desesperación hasta encontrar a la biogenetista especializada en reproducción asexual Allison Mann (Diana Bang), la única persona capaz de encontrar las respuestas a los interrogantes que plantea su sorprendente supervivencia.

Para conseguirlo, escapista y mono viajan de un estado a otro bajo la protección de 355 (Ashley Romans), una misteriosa agente secreta designada para el cargo por la madre de Yorick, Jennifer Brown (Diane Lane), que ha pasado de ser una congresista a convertirse en la nueva presidenta de los Estados Unidos después de que el presidente y su equipo de Gobierno murieran repentinamente durante la plaga que acabó con la vida de todos los hombres.

El ascenso de Brown representa una de las primeras y más manifiestas diferencias entre la serie desarrollada por Eliza Clark y el cómic firmado por Brian K. Vaughan, donde el personaje tenía un peso muy reducido en los primeros números publicados. En la adaptación televisiva, sin embargo, su presencia se antoja clave desde el minuto uno, protagonizando una trama en clave política apenas desarrollada en las viñetas, pero que goza de gran espacio en su salto al audiovisual. Tanto, que ver a Brown presidiendo el país mientras Kimberley Cunningham (Amber Tamblyn), la hija conservadora del difunto presidente, maniobra en la sombra para acabar con ella, es de lo más interesante de la función.

Aquí Y: el último hombre saca provecho del medio televisivo para desarrollar con mayor amplitud y acierto temas como éste o el arco ideológico de Hero (Olivia Thirlby), la hermana de Yorick, que empieza a ganar peso a partir del sexto capítulo, probablemente el que mejor conecta con la obra original y el que mejor funciona de manera independiente de los seis facilitados a la prensa.

Una adaptación oscura carente de ambición

Los cinco primeros, por su parte, son una sucesión de cambios con respecto al cómic original. No cambios severos, pues las principales líneas argumentales se mantienen -el viaje de Yorick, la transformación de Hero-, pero sí lo suficientemente importantes como para que las aventuras de las viñetas rara vez se dejen ver en su salto a la televisión. Algo que no sería un problema si las nuevas mantuvieran el nivel de frescura de las originales, pero no es el caso.

En sus primeros compases, la adaptación de Y: el último hombre lleva a sus protagonistas por escenarios comunes del género posapocalíptico. Una desazón que se acrecienta por el resto de renuncias que la serie de televisión hace con respecto a la serie de cómics. Por ejemplo, la mala leche de los personajes y las constantes bromas de Yorick brillan por su ausencia, despojando así a la ficción de FX de gran parte del humor de la obra original. Igual que que pasa con el ritmo endiablado de las viñetas, sustituido por un avance más pausado acorde al tono oscuro de la propuesta.

Con estos cambios jugando en su contra, el único gran valor de Y: el último hombre con respecto a su material de partida pasaba por actualizar el reflejo que éste ofrecía sobre la sociedad de su época. Cabe recordar que el cómic fue publicado en un momento donde el mundo solo se dividía en hombres y mujeres y donde el feminismo no estaba tan presente como lo está ahora en las calles. Los continuos retrasos en la producción, sin pretenderlo, fueron colocando a su adaptación audiovisual ante un mundo cada vez más diferente. Uno como el actual, en el que los géneros van más allá del masculino y el femenino y donde el movimiento feminista cuenta cada día con más importancia dentro de la ciudadanía.

De haberse hecho eco de estos cambios, Y: el último hombre hubiese una producción más interesante y particular. Sin embargo, casi todo lo fía a un personaje -Sam (Elliot Fletcher), el amigo transexual de Hero- que se antoja insuficiente para ser una verdadera actualización de la obra de Vaughan y Guerra. En su lugar, la adaptación televisiva de Y: el último hombre prefiere ser una serie posapocalíptica al uso. Ni tan entretenida como el cómic ni tan diferente como para marcar diferencias dentro del género. Al menos es mejor que Flashforward, eso sí.

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