Adiós, ‘Velvet’, diez razones para ser recordada

PorBetty M. Martínez

Fin. Se acabó. ‘Velvet’ ha cerrado sus puertas. Es la hora de buscar una bonita caja en la que guardar todos los recuerdos que hemos almacenado durante todo este tiempo. Son muchas las razones para recordar ‘Velvet’ en el futuro. Estas son las que yo voy a guardar en el baúl de mi memoria.

¡¡CUIDADO SPOILERS!!

1.- Un romance contra todo y contra todos

La premisa de ‘Velvet’ era simple: pareja de guapos protagonistas frente a todo y a todos para defender su romance. Y lo de frente a todo y a todos no es una exageración. Primero, se enfrentaron a las tan manidas diferencias sociales. Después, la crisis de las galerías propició un hábil movimiento de un empresario sin escrúpulos para contentar a su hija y volver a separarlos (parafraseando a Alberto, la gran lección de los Otegui es que el dinero todo lo compra).

A pesar de innumerables inconvenientes más, fueron avanzando a trompicones, pero llegó la que parecía la separación definitiva. Sin embargo, aún faltaba un “empecemos de nuevo” más y Alberto regresó de entre los muertos para recuperar a su amada.

Dicho así parece un tópico (y lo ha sido en un alto porcentaje), pero la química entre Paula Echeverría y Miguel Ángel Silvestre y un ritmo bastante acertado entre los encuentros y los desencuentros han evitado el aburrimiento y la monotonía. Han estado cerca, pero no sé muy bien cómo han evitado la sensación de bucle que podría producirse con tanto ‘ahora estamos juntos, ahora ya no’.

Además, han tenido el gran acierto de ponerle el punto final a esta historia en el momento justo. ¿Qué podría pasar a partir de ahora? ¿Un par de capítulos de familia feliz y después otro “inconveniente”? Hubiera sido lo que popularmente se llama rizar el rizo. Ya está bien. Ya han derribado bastantes muros, saltado muchas vallas y levantado suficientes barreras. Dejemos que vivan tranquilos, que se lo han ganado.

2.- Villanos de carne y hueso

Entre los “todos” que han luchado contra Ana y Alberto está Cristina, probablemente uno de los personajes que más ha evolucionado. ¿Alguien recuerda a la Cristina del principio? Era una mujer enamorada, ilusionada, pizpireta. La Cristina de ahora no tiene ni punto de comparación. La amargura y el rencor han borrado completamente cualquier atisbo de la sonrisa que antes le llegaba a las orejas.

Deberíamos haberla detestado por ser el principal escollo entre Alberto y Ana, pero es muy complicado aborrecerla porque, a pesar de todo, nos da un poco de pena. Se casó enamorada y creyéndose correspondida. La verdad supuso un mazazo del que nunca se recuperó. Cristina ha cometido un sinfín de errores, muchos absolutamente injustificables, pero, en el fondo, aún queda algo de aquella Cristina que conocimos. ¿Un ejemplo? En su peor momento (prender fuego a las galerías) tuvo un segundo para un acto de altruismo (intentó salvar a Albertito). No lo consiguió, pero seamos generosos aunque solo sea esta vez. Lo intentó. Si hubiera sido 100% villana, no habría dado un paso al frente para salvar al hijo de su peor enemiga.

Por otro lado, tenemos a Carlos. Nunca le llegó a Alberto ni a la suela de los zapatos, pero nos tranquilizaba que estuviera al lado de Ana. Era educado, galante, atento, siempre impoluto con su uniforme de piloto, el novio perfecto, en definitiva. Pero nunca es oro todo lo que reluce y pronto nos dimos cuenta de que Carlos solo estaba chapado en oro y, encima, de mala calidad. Alberto tuvo que ponerlo en su sitio en su momento y ha tenido que volver a hacerlo al final. Carlos, eras suplente, tuviste tu oportunidad, pero la desaprovechaste con tu juego sucio. Por cierto, nos hemos quedado sin ver la cara de Ana al saber que había pasado con las cartas de Alberto.

3.- Amores para todos los gustos

En las galerías se ha respirado amor por todas las esquinas. Los guionistas consiguieron satisfacer los gustos de casi todos los espectadores porque ha habido romances de todos los tipos.

Si la medalla de oro es para los protagonistas, la de plata es indiscutiblemente para Clara y Mateo. Lo suyo ha sido una auténtica montaña rusa emocional. Ahora te quiero, ahora te odio, pero, eso sí, ni se te ocurra irte con otr@. Corrijo. Ha sido una mezcla de montaña rusa y perro del hortelano. Han sido, sin duda, los más divertidos.

Rozando el empate, Rita y Pedro se llevan la medalla de bronce. Al principio nadie daba un duro por esta pareja. Ella no se atrevía a abrir la boca (no olvidemos que eran casi cuñados) y él ni la veía. ¡Menos mal que rectificaron a tiempo! Quizá no hayan sido ni los más intensos, ni los más apasionados, pero sí han sido los más entrañables y, sin duda, los más próximos y cercanos.

Hay que darles un diploma olímpico a Patricia y Enrique, que han sido los más apasionados, aunque ha sido una pareja extraña.

Casi sobre el pitido final han llegado las parejas inesperadas. Por un lado, Raúl de la Riva. El perejil de todas las salsas parece haber encontrado a su media naranja en Humberto. Lástima que no hayamos tenido más tiempo para ver el progreso de esa relación porque podría haberle disputado el título de los más divertidos a Mateo y Clara.

Y, por último, una pareja que ha sido apenas intuida en los últimos minutos: don Emilio y doña Blanca. Y la verdad es que se merecen ser felices porque los guionistas no han sido nada generosos con ellos en el amor. Doña Blanca se ha cansado de sumar decepciones y el pobre don Emilio no ha hecho más que decir hola y adiós a viejos amores.

4.- Quien tiene un amigo tiene un tesoro

En ‘Velvet’ ha habido mucho amor, pero, sobre todo, ha habido mucha amistad. Ana ha sufrido mucho, pero nunca ha estado sola. Sus amigas siempre la han acompañado y nos han demostrado lo que significa ese concepto. Las amigas de verdad son las que lloran de la risa contigo en los buenos momentos, pero también las que secan tus lágrimas cuando la vida te golpea. Las amigas son las que aplauden tus éxitos, pero también las que se dejan los dedos cosiendo para que puedas triunfar. Las amigas son las que esconden sus penas para no ensombrecer tus alegrías.

Ana ha sido muy afortunada porque ha sido rica en buenas amigas. Eso sí, ella también ha correspondido a ese cariño. Cuando Rita o Clara la han necesitado, ella también ha estado ahí.

A Alberto le hemos conocido menos amigos, pero el que ha tenido ha sido incondicional de principio a fin. ¿Quién necesita un millón de amigos que diría Roberto Carlos teniendo un Mateo? Siempre fueron inseparables, pero la mayor prueba de amistad de Mateo fue justo la que Alberto no vio. Mateo ha sido en los últimos tiempos el caballero andante de Ana. Protegió, ayudó y cuidó todo lo que pudo al gran amor de su amigo.

Y no puedo olvidarme de otra amistad muy interesante. Cristina y Bárbara han sido dos arpías con el resto del mundo, pero entre ellas han forjado una alianza indestructible.

5.- El humor os sienta tan bien

Con ‘Velvet’ hemos vivido instantes muy dramáticos, pero también nos hemos divertido muchísimo. Rita nos ha regalado momentos memorables en lo bueno y en lo malo, lo que ya lo dice todo sobre la capacidad interpretativa de Cecilia Freire. No muchas actrices consiguen transmitir un abanico tan amplio de emociones y siempre tan brillantemente.

Y siempre junto a Rita, Pedro. Adrián Lastra empezó tímidamente, como quien pasaba por allí, pero poco a poco se ha ganado la simpatía y el cariño de todos los espectadores. Tardaremos en olvidar sus profundas charlas con don Emilio, aunque, para ser exactos habría que hablar de monólogos. Pedro hablaba y hablaba, don Emilio miraba, escuchaba, gesticulaba y dicho estaba todo.

Pero, sin duda, el rey de las escenas hilarantes ha sido Raúl de la Riva. Asier Etxeandia pudo haber caído fácilmente en la caricatura con este personaje un tanto extravagante, pero se contuvo lo justo para regalarnos a uno de los más divertidos. Además ha tenido el acierto de tener siempre a mano el comentario más adecuado para cada situación.

6.- El protagonismo de los secundarios

Y al hilo de lo anterior, ¿alguien concibe el éxito de ‘Velvet’ sin esa constelación de intérpretes secundarios? Había dos claros protagonistas y una trama principal perfectamente definida, pero es evidente que las diferentes subtramas han sido claves para retenernos ante la pantalla. Darles autonomía e independencia a los secundarios ha sido básico para mantener el ritmo cuando la pareja protagonista no daba excesivo juego. Los secundarios no han sido meras comparsas. No estaban allí de relleno. Todos y cada uno de ellos han tenido sus propias historias y su evolución particular.

¿Qué destacar de todas esas tramas de segundo nivel? ¿Mateo y Clara? ¿Pedro y Rita? ¿Jonás y Luisa? ¿Las villanías de Bárbara y Cristina? ¿Los problemas de Cafiero para encajar en las galerías? Han sido tantas que resulta muy complicado mencionarlas todas y más aún elegir una sola. Quizá ahí esté la clave. Los secundarios nos han dado tantos buenos momentos que es muy difícil quedarse con uno.

Ha sido tanto así que incluso la ausencia de Miguel Ángel Silvestre no ha tenido demasiadas consecuencias en el desarrollo de la historia. Si en otra serie se va el protagonista, pierde su esencia. Aquí, es evidente, se echó de menos a Alberto, pero la serie, en su conjunto, no notó en exceso su ausencia.

7.- Las estrellas vienen de visita

Bambú siempre hace algo que resulta muy interesante. Combina a la perfección jóvenes actores con intérpretes con largas y sólidas carreras. Sin embargo, ha dado un paso más en ‘Velvet’.

Actores y actrices que han sido, son y serán candidatos a protagonistas de cualquier serie, aquí han hecho simples apariciones esporádicas, dándole aún más relumbrón a un elenco ya de por sí espectacular. Tito Valverde, Ángela Molina, Concha Velasco, Raúl Arévalo, Aitor Luna, Daniel Guzmán, Paula Prendes… Pido perdón por los nombres que me he dejado en el tintero, pero creo que la lista anterior, hecha en un rápido ejercicio de memoria, habla por sí sola.

8.- Un desfile de glamour

También ha habido personajes sutiles que han sido muy importantes. Por un lado, las galerías. Los escenarios han sido básicos para contarnos todas las historias que han pululado por ese edificio. La azotea, donde Ana y Alberto han vivido momentos clave de su relación. El taller, donde las costureras han madurado profesional y personalmente. Los despachos, donde se tomaron tantas decisiones importantes. Las habitaciones, donde se ha reído y llorado tanto. El ascensor, donde se han guardado tantos secretos.

Por otro lado, ese concepto etéreo llamado moda, que en ‘Velvet’ ha sido sinónimo de elegancia. Cada vestido ha definido a la perfección la personalidad del personaje que se lo ponía. La coquetería de Clara, la clase de Cristina, la sensualidad de Patricia, el estilo de Ana, la sencillez de Rita, la sobriedad de doña Blanca.

Además, dentro de varios años, cuando alguien nos pregunte por ‘Velvet’, seguro que todos recordaremos esa imagen, ya icónica, de Paula Echevarría vestida de rojo. Y seguro que no habrá necesidad de describir el vestido porque todos lo recordaremos al detalle.

9.- Una apuesta sorprendente para un final esperado

Seamos claros. El final de ‘Velvet’ estaba cantado casi desde el principio. Llámesele cuento de hadas, llámesele telenovela, llámesele comedia romántica, todas y cada una de esas definiciones tienen un común denominador: happy end.

Y cuando el final es tan evidente (más aún si las promos hacen spoilers dos semanas antes), hay que darle emoción de alguna manera y Atresmedia y Bambú apostaron fuerte. Quince minutos en directo. Yo escribo estas líneas poco tiempo después de verlo y aún no doy crédito al brillante resultado. Mi aplauso incondicional por el atrevimiento y mi reconocimiento expreso a todos y cada uno de los actores que se la jugaron en esa aventura. Salió bien, pero pudieron fallar mil detalles (una botella que no se abre, un resbalón en la escalera…) y ser un desastre.

Pepe Sacristán demostró que donde hay tablas no hay nervios. Asier Etxeandia confirmó que Raúl de la Riva le debe mucho a su impresionante talento actoral. Javier Rey y Marta Hazas reiteraron la naturalidad de su complicidad. Adrián Lastra (mención honorífica para el departamento de peluquería: sacaron un conejo de la chistera, aunque se despistaron con el look de la novia) y Cecilia Freire volvieron a arrancarnos alguna que otra lágrima. Miguel Ángel Silvestre y Paula Echevarría tuvieron una nueva oportunidad para mostrar su valía presente y futura.

En definitiva, como todos intuíamos el final, estábamos casi más pendientes de posibles pifias, pero lo siento por los agoreros porque, si algo falló, no se notó. Bambú apostó, jugó y ganó. Bravo. Bravo. Bravo. Mil veces bravo.

En cuanto al final propiamente dicho, solo un doble pero. Señores guionistas, han sido extremadamente generosos con Patricia y Enrique, que no se lo merecían, y terriblemente crueles con Pedro y Rita, que no se lo merecían. Ejercido queda mi derecho a pataleta.

10.- ¿Hasta luego, ‘Velvet’?

En fin, llegó la palabra mágica. Fin. Ahora llega el debate sobre spin off sí o spin off no. Yo reconozco que tengo el corazón dividido. Ahora, con los fuegos artificiales en mis retinas, sí quiero. Quiero ver la vida marital de Mateo y Clara o leer la nueva revista o ver el western de Raúl y Humberto o la vida en las nuevas casas.

Sin embargo, creo que sería conveniente dejar pasar el tiempo, asumir que ‘Velvet’ terminó y que nunca volverá. La magia que se generó en esta serie no se repetirá. ‘Velvet’ ha sido el resultado del ensamblaje de unas piezas muy concretas en una posición exacta y en cuanto falte algún elemento, el resultado ya no será el mismo. Puede que vuelva algún personaje y puede que funcione y la audiencia responda, pero nunca será ‘Velvet’.

‘Velvet’ ha bajado la persiana. Dentro de sus paredes quedan risas y lágrimas, alegrías y penas, amores y rencores. Frente a su puerta queda una legión de espectadores muy agradecidos por haber disfrutado de una serie que ha ido de menos a más.

Vendrán otras series, otros personajes, otras historias, que también nos emocionarán, nos divertirán y nos entretendrán, pero ‘Velvet’ siempre ocupará un rincón muy especial en nuestra memoria. Adiós, ‘Velvet’.

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