ANÁLISIS VERTELE

Mindhunter, claves para guiarnos en la mente de un asesino en serie

Mindhunter, claves para guiarnos en la mente de un asesino en serie

Francesc Miró

“¿Cómo vamos a adelantarnos a los locos si no sabemos cómo piensan?”, le suelta el agente del FBI Bill Tench a su superior en una escena clave del segundo episodio de Mindhunter. En solo doce palabras, el personaje interpretado por Holt McCallany no sólo define su motor dramático, también sintetiza de forma brillante la esencia de la nueva serie de Netflix. Sentencia, además, que viene puntuada por dos signos de interrogación que confieren al conjunto exactamente lo que pretende David Fincher, su productor: que nos hagamos preguntas.

En pleno boom de series policíacasboom en torno al concepto de asesino en serie, Mindhunter plantea una vuelta de tuerca al asunto para narrar la historia desde otro punto de vista. En 1977, dos agentes del FBI se atrevieron a probar e implantar nuevas metodologías de investigación criminal en una institución anclada en el pasado.

La serie propone un universo narrativo lleno de oscuridad, vicio y perversión que le viene como anillo al dedo al director de Seven y Zodiac, simple y llanamente dos de los mejores thrillers de la historia del cine. En este, David Fincher ha sabido trazar las líneas de estilo sobre las que otros realizadores erigirán una de las apuestas del año del gigante audiovisual. Con la primera temporada ya disponible y presumiblemente otras cuatro en camino, exploramos algunas claves para intentar vislumbrar qué hace especial esta serie de policíaca.

Una visión académica

La exploración psicológica del asesino en serie es una de las materias primas más utilizadas de la ficción policíaca contemporánea. Dexter, por ejemplo, exploraba las razones, moralmente debatibles pero movidas por cierta idea de 'justicia', que llevaban a una persona a matar una y otra vez. Hannibal, planteaba una exquisita visita al abismo moral de elevado octanaje cultural que nos mostraba al verdugo como alguien mucho más racional de lo esperado. Mindhunter, por su parte, decide plantarnos en una época en la que se sabía muy poco de cómo funcionaba la mente de un psicópata. Es pretérita a ambas, especie de precuela intelectual del los grandes asesinos de la televisión.

Sin embargo, lo que convierte el conjunto en algo tan aterrador como hipnótico, es que todo consiste en una aproximación a lo más oscuro del ser humano desde la investigación académica rigurosa. Dos agentes del FBI ávidos de conocimiento nos llevan a conocer a personajes siniestros para ofrecernos distintas visiones sobre el objeto de análisis: qué lleva a alguien a cometer múltiples asesinatos. Dónde nace esa compulsión mental, sexual o social.

No existe regodeo ni ánimo por lo macabro. No hay violencia gratuita -amén de un prólogo genial-, sino largas conversaciones retorcidas hasta el tuétano, miradas de tensión y capítulos construidos casi a base de plano-contraplano. Hay rigor, calma y pulcritud ajustada al canon de Fincher, controlador obsesivo del medio expresivo.

La mirada a la oscuridad

El rigor rebaja la guardia de la audiencia porque acerca la ficción a cierta presunción de veracidad. En ese estado de ánimo, el espectáculo siempre resulta inesperado para bien y para mal: como una bofetada que despeja la mente pero deja la mejilla dolorida. En este juego narrativo, Mindhunter va perfeccionando su técnica hasta llegar a hallazgos realmente asombrosos.

Si un clásico de culto como Henry, retrato de un asesino revolucionó la figura del Serial Killer por su violencia seca y aterrador tono casi documental, lo que propone la serie de Netflix es una mirada basada en la violencia verbal y la creación de atmósfera. Lo peor siempre ocurre en nuestra cabeza, pues no hay mejor aliado para el horror que la imaginación humana. Mindhunter huye del sensacionalismo como de la peste y deja en nuestra interor aquello que más tememos.

Por eso, la serie ofrece una mirada a la oscuridad tan cinematográfica y llamativa como inevitablemente aterradora. Durante una conversación con Edmund Kemper, conocido en la realidad como El asesino de las colegialas, el sujeto toquetea las amígdalas del protagonista de la serie. A priori la imagen no tiene nada de espantosa, más allá de lo turbador. Pero si el personaje habla de cómo violar un cadáver, el miedo corre a cargo del espectador... y está asegurado.

El asesino como fenómeno social

“Todos nos volvemos locos alguna vez”, decía Anthony Perkins, el eterno Norman Bates de Psicosis de Hitchcock. Aludía, con la intención de desquitarse la responsabilidad de sus actos, a que su psicopatología en realidad era algo mucho más común de lo que creíamos. Según el segundo villano más aterrador de la historia del cine, todos éramos capaces de actos terribles si perdíamos los estribos.

Mindhunter no se conforma con ofrecer un retrato de lo inquietante con la excusa de saber qué piensa un Serial Killer. Eso sería quedarse en la epidermis. Así que esta serie prefiere rascar dónde menos agradable resulta: en el fenómeno social de la psicopatía. A finales de los setenta la población norteamericana se enfrentaba a un cambio de paradigma democrático debido a una década que había sido testigo del asesinato de un presidente, la renuncia de otro por el escándalo Watergate, y la guerra de Vietnam cuyas secuelas pesaban sobre toda la nación. El crimen podía ser visto como una respuesta a la inestabilidad.

En esa misma época, el FBI era una institución que aún operaba según el legado de J. Edgar Hoover y se encontraba sin los resortes para comprender casos como el de Charles Manson o David Berkowitz. Era más fácil aludir a su crueldad innata y mantener intacta la moral cristiana norteamericana que implantar procedimientos y técnicas de investigación que entendiesen la complejidad de un asesino metódico en base a su configuración de inadaptado dentro del tejido social. Mindhunter pone su punto de mira en esto para narrar, sencillamente, el nacimiento de una nueva concepción de asesino.

Una serie que es puro Fincher

A nivel formal, la puesta en escena sobria pero absolutamente efectiva de Mindhunter ya nos pone en sintonía con el cine de David Fincher. El director de El club de la lucha es reconocido -entre otras muchas cosas- por ser un portento en ordenar elementos en un plano y dotarlos con distintos significados. Algo que la serie de Netflix, como ya lo hiciese House of Cards, asimila absolutamente en su apartado visual, así como en su recreo con el montaje febril del diálogo.

No obstante, si algo convierte a la nueva serie apadrinada por el realizador de Zodiac en un objeto puramente ficnheriano, es su constante alcance temático en torno a la obsesión. La película sobre el asesino del Zodíaco, sin ir más lejos, ya era el retrato de la obsesión de un periodista en el caso. Y tres cuartos de lo mismo pasaba con Seven o Milennnium, obras en las que la profesionalidad se enfrenta al empeño y lo maniático.

“Hay una diferencia entre estar obsesionado y motivado”, decía el Mark Zuckerberg interpretado por Jesse Eisenberg en esa obra maestra que es La Red Social. En realidad, más que hablar el creador de Facebook, quien expresaba entonces era el propio Fincher, cuya filmografía siempre se ha mantenido entre el director subversivo obsesionado con demostrarlo, y el motivado profesionalmente por hacer que sus películas funcionen a nivel de industria.

Esta vez, el sosias de Zuckerberg y Fincher no es otro que Holden Ford, agente del FBI interpretado por Jonathan Groff. Un protagonista que desarrolla paulatinamente una obsesión por su trabajo que terminará revolucionando el FBI tal y como lo conocemos.

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