Opinión

Ana Blanco, el referente que TVE no puede perder en mitad de su crisis más profunda

Sin hacer ruido. Así llegó Ana Blanco al Telediario en septiembre de 1990 y así se ha despedido del informativo que ha presentado durante 32 años. Discreta de principio a fin, sin aires de protagonismo que traspasaran la pantalla, salió de Torrespaña el pasado 15 de julio sin que los espectadores supieran que aquel sería su último telediario.

Por más sorprendente que haya sido la noticia, no era del todo inesperada. La presentadora vasca, de 60 años y pedagoga de formación, ha tenido que soportar durante tres décadas que la redacción de TVE se pusiera 'patas arriba' con la llegada de algunos Gobiernos; ha cargado con la presión de ser el principal valor de los Servicios Informativos de la televisión pública; se la ha reclamado para infinidad de programas especiales con motivo de catástrofes, citas electorales o eventos de gran trascendencia; y se ha tenido que adaptar a todas esas modernidades que han acabado por ponerla en alguna que otra situación incómoda.

A todos estos factores se añade la profesionalidad con la que se toma su trabajo. “Por responsabilidad, porque represento a un equipo, tengo que mantener la calma. Y no me permito hacer sensacionalismo con esas cosas”, explicó en el décimo aniversario del atentado del 11-S al recordar cómo vivió ese telediario de infarto que tuvo que conducir con enorme aplomo ante la mirada atónita de millones de personas.

Después llegaron otros acontecimientos que marcaron los primeros años del nuevo milenio, coberturas en las que Ana Blanco, convertida ya en un referente para los espectadores, se hizo indispensable para TVE. Le tocó informar de la invasión de Irak, el atentado del 11-M, la boda de Felipe VI y Letizia Ortiz, la muerte de Juan Pablo II, la crisis económica que sacudió al mundo en 2008, la victoria de Barack Obama, el terremoto de Japón en 2011, la abdicación de Juan Carlos I, el Brexit, la pandemia de coronavirus y la guerra de Ucrania.

La improvisación, su punto fuerte

Ana Blanco aportaba estabilidad al Telediario. Haber sobrevivido a todos los cambios de Gobierno le ha imprimido una imagen de independencia que muy pocos periodistas pueden lucir. Su voz, su compostura ante la cámara y su dominio de la narrativa transmiten la seguridad que necesita la audiencia cuando se habla de asuntos delicados que preocupan.

Más allá de todo el prestigio acumulado, quizá la mayor virtud de Blanco sea su capacidad para improvisar. Lo hizo durante siete horas el 11 de septiembre de 2001 cuando comenzó el Telediario sin saber por qué las Torres Gemelas estaban envueltas en humo; tampoco pudo ensayar el especial informativo con el que narró paso a paso el intento de golpe de Estado en Turquía en 2016; y de nuevo tuvo que gestionar una situación complicadísima frente a las cámaras cuando Rusia invadió Ucrania el pasado mes de marzo.

Sabe mantener la calma, qué palabras utilizar en cada instante, maneja perfectamente su tono de voz, los silencios y los gestos corporales. Contenida en sus emociones hasta cierto punto, y fiel a su estilo conservador, huye de frases tremendistas y aspavientos innecesarios que alertan al espectador y distraen su atención. En definitiva, controla perfectamente el lenguaje verbal y el no verbal, una cualidad difícil de encajar en la televisión actual.

La transformación de los informativos hizo que Ana Blanco tuviera que enseñar las piernas, acabando así con el mítico chascarrillo sobre una presentadora a la que solo se le veía de cintura para arriba. La modernización del Telediario le obligó a moverse por todo el plató, a interactuar con pantallas gigantes y a leer el autocue de cámaras que están en constante movimiento.

Y allí estaba ella, pasando el texto con un pequeño mando a distancia que trataba de ocultar entre sus papeles. Se le veía incómoda, o quizá nerviosa por sentirse una aprendiz en el programa que había presentado más de 7.000 veces. Mientras, Carlos Franganillo y su equipo de la segunda edición del Telediario daban rienda suelta a la imaginación para romper todos los esquemas de este programa al que tanto le ha costado adaptarse a las nuevas narrativas sin renunciar al rigor y la calidad de la televisión pública.

Después de un pasado glorioso, un futuro incierto

Ha sido definida en muchas ocasiones como 'el clásico busto parlante' que ni siente ni padece ante las cámaras. Nada más lejos de la realidad; se mantiene seria con los titulares importantes pero se deja llevar con las noticias de cultura o sociedad. Lo hace en su justa medida, con gestos y expresiones bien calculadas, no al tuntún como otros compañeros de profesión.

Sonríe si hace falta y adopta un tono más solemne cuando la situación lo requiere, pero evita las muecas o coletillas que harían relucir su opinión sobre las noticias que cuenta. Da la impresión de que no tiene ningún interés en añadir una carga editorial a sus comentarios; actúa como mera transmisora de la información.

Según El Confidencial Digital, fue ella misma la que pidió a la Dirección de RTVE dejar de presentar el Telediario. En los próximos días se conocerá a su sustituto (o sustituta) y se darán más detalles sobre el nuevo programa que se le ha encargado, un espacio informativo ligado a la actualidad que posiblemente no le obligue a salir de su zona de confort.

Está por ver si la salida de Ana Blanco perjudica a los Telediarios en este momento crítico que atraviesan, con su audiencia desplomada al estar rodeados de programas que no tienen suficiente público. Y también será interesante analizar qué posición se le da a la presentadora dentro de los Servicios Informativos de TVE, donde hasta ahora ocupaba el lugar más visible.

Ojalá tenga mucho éxito en la nueva etapa que ahora comienza, en la que va a tener muchos factores en contra porque, si alguien pensaba que la modernización de TVE pasa por sustituir a sus voces más veteranas, es que no ha entendido la raíz del problema al que se enfrenta la televisión pública.