Opinión

Vuelve 'The Walking Dead', pero la serie de zombis que está viva de verdad es 'Black Summer'

Christine Lee, Jaime King y Justin Chu Cary en 'Black Summer'

Resulta ciertamente irónico que The Walking Dead se encamine renqueante hacia su reformulación como franquicia en AMC, con sucesivas iteraciones desplegándose sin fin como intestinos desbordándose de un abdomen, en una nueva era en la que las grandes majors se han entregado a la canibalización como base para su supervivencia.

Queda ya lejano el tiempo en que Frank Darabont peleó por hacer hueco a la adaptación de la grapa de Robert Kirkman en televisión. Tan lejano como para que el nombre del responsable de su desarrollo televisivo haya quedado enterrado en la historia de una serie que ahora apura sus energías para mantenerse relevante, aprovechable, en un momento en que los estudios buscan y rebuscan en sus catálogos en busca de "propiedades intelectuales" que amortizar. Como zombis que sorben el tuétano de la osamenta astillada, The Walking Dead trabaja ya en seccionar y racionar. Todo es contenido potencial, todo vale. A la vez, ¿qué valor nutritivo queda, si todo es simple y desatada gula, si el organismo ha dejado de funcionar?

George A. Romero, que inoculó la "cepa Z" una noche en blanco y negro de 1968, vaticinó en octubre de 2007 que algún día los zombis serían tan populares como para mudarse a Barrio Sésamo. Aún no se han instalado, pero The Walking Dead ya cuenta en su mapamundi particular con un título enfocado al público adolescente (The Walking Dead: World Beyond), otro de corte cómico aún en desarrollo y otra producción en el recurrente formato antológico. A falta de un año para su conclusión, se diría que la ficción se mantiene con vida artificialmente. La promesa de un horizonte halagüeño para el espectador implica una ambición por el futuro algo contradictoria cuando se trata de una historia de trazado apocalíptico; pero también una vana ilusión de actividad para una producción que lleva tiempo estancada.

Frente al inmovilismo, uno puede volver a sentirse vivo con la sensación de movimiento que impera en Black Summer, otra ficción zombi, en su caso sepultada dentro del catálogo de Netflix desde su estreno en la primera mitad de 2019, pero con el nervio despierto. En su caso, la segunda temporada se ha visto postergada debido a la pandemia a escala global de la covid-19, aunque el arco inicial, despiezado en ocho episodios con duraciones variables, funciona de forma autoconclusiva.

Curiosamente, estamos aquí ante un producto derivado, a medio camino entre la precuela y una reimaginación, de Z Nation, serie emitida por Syfy y realizada por la inefable The Asylum, feliz productora de mockbusters que venían a reírse con insolencia de algunas de esas grandes IPs con las que los estudios trufan las multisalas. Ese espíritu cafre estaba implícito en aquella serie, una suerte de respuesta bufa a los azoramientos dramáticos de The Walking Dead. Aunque mantiene al creador de aquella, Karl Schaefer, dentro de la formulación, Black Summer, no obstante, opera de forma plenamente autónoma, ciñéndose a los primeros días del apocalipsis de un puñado de variopintos supervivientes: no hay, pues, espacio para el humor del que hacía gala su antecesora, solo una confusión y desorden que se aplican a lo narrativo.

Basta una pequeña muestra sanguínea evidencia el parentesco con el cuerpo fílmico ejercitado por John Hyams. El realizador, co-creador y director del grueso de los episodios, parte en esta de una máxima aplicada en su carrera, desarrollada dentro de los parámetros del cine de género en VOD, un territorio que exige a sus artífices de una honestidad, digamos, brutal: partir de premisas sencillas, reconocibles, con enfoques que favorezcan una experiencia inmersiva por parte del espectador.

Eso implica, por un lado, una serie de estilemas comunes, como la importancia del plano secuencia o incluso del punto de vista subjetivo; pero también una cierta idea de agresión visual, ya sea desafiando la resistencia a la violencia gráfica, o incluso actuando o atacando la mirada misma. El mejor exponente de esta forma de trabajar está en su contundente bilogía UniSol, donde las coreografías de acción descartan el componente acrobático para potenciar el impacto seco, y donde las luces estroboscópicas y las altas frecuencias también herían la propia percepción sensorial. Pero también lo tenemos en la excelente Alone, recientemente estrenada en Filmin en España, en torno a la huida hacia adelante de una mujer perseguida por un psicópata en un entorno inhóspito y hostil. El viaje de la heroína es, como el del héroe de Soldado Universal 3 y 4, un viaje hacia el primitivismo.

Todo eso también se desarrolla en Black Summer. La ficción redunda en la fisicidad de los personajes, en una idea de movimiento perpetuo clave para su supervivencia, espoleada por la naturaleza desaforada de los zombis, en la línea de los que entrena Zack Snyder en Amanecer de los muertos. Tal idea se combina con la involución comunicativa del elenco -entre los que se cuentan un joven con sordera y una inmigrante coreana- que hace inviable la socialización y organización efectiva. Eso da pie a episodios donde los diálogos se reducen a su mínima expresión, centrados en seguir la cinética del movimiento de los supervivientes hasta que caen rendidos o muertos; o hasta que pierden sus rasgos de humanidad antes de que lleguen a infectarse.

Así, lejos del condición de evento de las muertes en The Walking Dead, a menudo anunciadas o convertidas en cliffhanger, tal vez para reforzar el vínculo con unos personajes que han dejado de interesarnos, Black Summer finiquita a sus aparentes protagonistas no solo con facilidad, sino con celeridad. Si no pueden seguir el ritmo, irán cayendo. Una idea catastrofista que solo confirma el desenlace funesto al que se enfrenta el ser humano en circunstancias poco halagüeñas.

The Walking Dead sigue adelante por inercia, o tal vez por puro instinto, moviéndose para no caer en esa intrascendencia sin significar nada. Tal vez el problema sea que hace tiempo que la propia serie dejó de tener claro que pretendía ser o contar, hasta olvidar lo que se suponía que era en su origen, y se redujo a una endogamia narrativa sobre la que ahora pretende mantenerse. Es lo que se pide ahora a un producto: su capacidad de retroalimentarse. Frente a series zombis, se agradece una alternativa como Black Summer, dispuesta a autodestruirse.

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