CRÍTICA 'La línea invisible' o cómo no se nace siendo etarra ni franquista (y por eso hay que contarlo)

Anna Castillo, Àlex Monner y Patrick Criado, en 'La línea invisible'
Anna Castillo, Àlex Monner y Patrick Criado, en 'La línea invisible' Lisbeth Salas / Movistar

Movistar estrena este miércoles 8 de abril su miniserie 'La línea invisible', en la que aborda el origen de ETA sin pretensión de convencer sobre nada. Todo lo contrario. Muestra sin silenciar cuándo, por qué y cómo nació la organización terrorista. 

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7 de junio de 1968. El día que lo cambió todo. El día que marcó el inicio de 42 años de dolor, horror, miedo, y también silencio. Ese día, Txabi Etxebarrieta cruzó "la línea invisible". Cometió el primer asesinato de ETA matando al guardia civil José Antonio Pardines. Pronto fue abatido él, convirtiéndose en "un héroe, un mártir, debe servir para eso". Así lo explica El Inglés (Asier Etxeandía) en La línea invisible, la valiente apuesta de Movistar, dirigida por Mariano Barroso, que busca arrojar luz sobre el origen de la banda terrorista. Un viaje a la España de los 60, al caldo en el que se cultivó la organización.

La plataforma estrena este miércoles 8 de abril los seis capítulos que componen la miniserie. Una ficción que no se posiciona, juzga ni mete el dedo en la llaga de ningún bando. Un tratamiento que hará que algunos echen en falta algo más de crítica y denuncia, pero es que ese no es su objetivo. La producción narra el inicio de la historia, pero desde la ficción. No es un documental y no pretende serlo. Lo que sí hace es construir un thriller donde la historia avanza con un ritmo, generando interés, empatía e intriga. Una estrategia que ayuda a entender las motivaciones de cada uno, tanto del grupo de jóvenes idealistas responsables de los cimientos de ETA, y las del policía Melitón Manzanas en representación del imperante franquismo de la época. Muestra, que no retrata; y explica, que no justifica.

Para conseguir impregnar esa verdad, puesta en escena, guiones y dirección se apoyan en un casting acertadísimo. Con Antonio de la Torreinterpretando a un agente que tortura y defiende la España de Franco. Como ya hiciera en El Reino en la piel de un político corrupto, aquí también muestra quién es cuando acaba su jornada laboral. Sus opuestos, los hermanos Etxebarrieta encarnados por Álex Monner y Enric Auquer sobresalen como contrapunto, así como Etxeandía, Joan Amargós, Anna Castillo y Patrick Criado componiendo el núcleo líder de la banda. Todos ellos mostrados más allá de sus convicciones políticas, retratados en sus hogares, con sus familias, sus parejas y ambientes. Son representados como lo que son, personas.

Ahí es donde reside uno de los mayores logros de La línea invisible. En cómo evidencia que nadie nace siendo terrorista, asesino o maltratador. No viene de serie en el ADN. A menudo se pone el foco en las víctimas pero, ¿qué tal apuntar a quienes inician los problemas, a quienes ejercen la violencia? Tratar de entender e indagar en por qué surgen movimientos y actitudes extremistas, fanáticas y criminales es una práctica descuidada. Por eso la incomodidad que genera la serie al introducirse en sus cuartos de baño, sábanas, lecturas y cenas es tan nutritiva. Revuelve porque apela, siendo al mismo tiempo capaz de entretener. Cuestiona porque todo sería más fácil si determinadas actitudes fueran siempre cosa "de otros", y no realidades con las que convivimos en nuestros barrios, casas e incluso cuerpos.

Un relato condensado: ¿una oportunidad perdida o ganada?

La línea invisible desarrolla el origen de ETA en seis capítulos, centrándose en una serie de momentos clave. A través de cada punto y salto temporal vemos que han cambiado, que sienten contradicciones, dudas, miedos e incluso delirios. La toma de decisiones es constante, ideológicamente hay una evolución y cada paso se cimienta sobre un grupo de personas que están aisladas, escondidas, alejadas de los suyos. Al menos es así en el caso de los pioneros de la banda, pero no tanto del policía, cuyo progreso -recordemos, paralelo al franquismo- es bastante escaso. En su caso, la falta de escrúpulos, amenazas y trapicheos persisten al paso del tiempo. No tanto sus relaciones amorosas.

Antonio de la Torre, en 'La línea invisible'
Antonio de la Torre, en 'La línea invisible' Lisbeth Salas / Movistar

Sin embargo, a veces las pisadas por la historia se tornan en zancadas, y no siempre se agradece. La ficción podría haber ganado con más episodios que permitieran convivir en mayor medida con los cerebros y corazones de sus protagonistas. Profundizar algo más en sus motivaciones, en el retrato de cada personaje y en cómo cada uno avanza a marchas diferentes. Condensar es una herramienta eficaz pero hay escenas en las que roza que parezca que ocurren cosas "de repente" o "porque sí". Sus episodios no dejan un regusto de cojera por haber abandonado puntadas sin hilar, pero sí que algo más de zurcido le habría dado un acabado aún mejor. Ahora bien, sí es cierto que con ello inyecta una cadencia accesible al desarrollo del metraje, clave para conformarse como el thriller que es.

Dispuesto a que te maten, dispuesto a matar

La violencia y cómo todos en la serie la conciben como "inevitable" es un aspecto clave en el origen de ETA y, por tanto, de la serie. Se explica desde la primera entrega, cuando vemos a los fundadores eligiendo el nombre de la organización y sus bases. La necesidad que detectan de "construir un relato que se entienda desde fuera", la precisión con la que delimitan aquello que defienden. Todo ello en un asfixiante ambiente de represión, posterior a la guerra civil, conviviendo con un régimen dictatorial que censuraba, rechazaba y prohibía lo contrario al franquismo. La cultura vasca, por supuesto, no se llevó el premio gordo a su aprobación.

Àlex Monner como Txabi Etxebarrieta en 'La línea invisible'
Àlex Monner como Txabi Etxebarrieta en 'La línea invisible' Lisbeth Salas / Movistar

Este es el contexto abordado y que a la vez explica por qué Melitón Manzanas tenía la violencia igualmente interiorizada como parte de su trabajo como policía. Valía y se permitía si con ella conseguía información para sus investigaciones. La misma violencia que el líder de ETA vislumbró como indispensable para alcanzar su objetivo, para generar un cambio. "Hay que estar dispuesto a que te maten. Hay que estar dispuesto a matar", reconocen. Una premisa que invita a viajar a nuestro presente, porque la violencia, por desgracia, no envejece.

Mirar hacia el pasado es la única manera que tenemos de reconocer errores, enmendarlos, saber a dónde no queremos volver y centrarnos en donde sí queremos estar. Pero no es fácil. De hecho, si lo fuera, seguramente La línea invisible no sería única por haberse "atrevido" a ahondar en el origen de ETA. Consultar ese momento de la historia de nuestro país bien debería valer para que no se repita, para unir en lugar de dividir. La serie se adentra las dos aristas protagonistas del acontecimiento con el que arrancó un capítulo negro de la biografía de nuestro país. Les pone voz, rostro y familias. Calla y no silencia, que ya es más de lo que todavía muchos defienden y pretenden hoy en día.

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