Opinión

'Secret Story': sentenciar la vuelta de los anónimos por los famosos de siempre

Víctor Sandoval y Miriam Saavedra en 'Secret Story'

“Ha llegado el tiempo de la gente corriente que también tiene mucho que contar”. Estas fueron las palabras de Manuel Villanueva, director general de contenidos de Mediaset, el pasado 11 de enero en la presentación ante los medios de Secret Story 2. Esta segunda edición de la nueva marca de Telecinco y Zeppelin TV suponía el regreso de los realities de anónimos que tanto habían pedido los seguidores del género en los últimos cinco años, tras una etapa monopolizada por los VIP. Sin embargo, dos meses después de su inicio, el formato llega a la recta final convertido en el enésimo encierro de famosos... con los famosos de siempre.

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Como ya analizamos antes del estreno, la cadena privada encontró en La casa de los secretos la fórmula que buscaba para intentar recuperar el espíritu de ese Gran Hermano original que tantas alegrías le dio durante casi veinte años. Con la marca por excelencia pausada hasta nuevo aviso, y después de un tiempo en el que las nuevas caras se habían visto impulsadas en formatos como La isla de las tentaciones, Mediaset decidió reabrir Guadalix a personalidades “genuinas” con las que poder asentar una nueva marca de telerrealidad alejada de las tramas viciadas de personajes ya manidos en otros programas.

Sobre el papel, todo parecía positivo. La demanda del público estaba ahí y también la materia prima, tanto a nivel de producción como en lo que respecta a un casting variado y atractivo para los espectadores ávidos de nuevas historias. En la práctica, sin embargo, no está siendo fácil, y tras ver cómo las audiencias no han podido mantenerse al nivel del estreno (14.5% y 1,5 millones de espectadores), Secret Story ha acabado improvisando un plan que está muy lejos de lo que se le pedía al retorno de los realities de anónimos.

El plan improvisado de 'Secret Story'

Visitas temporales de famosos, dobles expulsiones, llegada de una nueva concursante y entrada de tres VIP para convivir hasta la final: así se resumen las últimas semanas de La casa de los secretos de Telecinco.

Todo empezó a inicios de febrero cuando, después de solo tres galas y tres debates con un saldo de cero liderazgos, Mediaset decidió recurrir a la fórmula de los famosos y a un personaje recurrente como Kiko Rivera con el objetivo de que la atención del público habitual de la cadena se centrase sobre Guadalix. La entrada del DJ en la casa no se produjo finalmente por unas polémicas declaraciones de éste sobre su hermana, pero sí se mantuvo la estrategia de intentar revitalizar el reality de turno con la visita temporal de personalidades conocidas.

Nagore Robles, Isa Pantoja, Carmen Lomana y Belén Esteban fueron las VIP elegidas para tal misión, pero ni siquiera la 'reina' de GH VIP 3 logró que Secret Story 2 cogiera el oxígeno suficiente para llegar a la recta final con mejor forma “física”. En el caso de la gala de los jueves, ha liderado con sus registros de espectadores más bajos de la edición. Y en las entregas dominicales, ni se han asomado al primer puesto de la noche.

En paralelo a esta estrategia, el reality también dio otro giro a su dinámica inicial que cogió por sorpresa a sus espectadores. De la noche a la mañana anunció una doble expulsión semanal que se pudo interpretar como una vía para acelerar el desarrollo del concurso y concluirlo antes de tiempo, como analizamos. La táctica se trasladó también a la semana siguiente, pero la expulsión disciplinaria de Carmen anuló la eliminación dominical y se abrió paso otro giro que descolocó aún más: la entrada de una concursante nueva de pleno derecho, a escasas semanas del final.

Pasadas las nueve semanas de convivencia, Secret Story ha dado el (por ahora) último paso de un plan que, desde el punto de vista del espectador, transmite improvisación y poca confianza en el formato. Después de no conseguir impulsar las audiencias con la visita temporal de famosos, Telecinco parece no haber encontrado mejor fórmula que la de meter a tres VIP a vivir a La casa de los secretos durante las últimas semanas de programa para agitar el avispero. Una estrategia que en el mejor de los casos, solo puede acabar desestabilizando a los concursantes y quemando al público a cambio de unas décimas de share.

Despedir la edición con dignidad debería ser prioritario

Llegados a un punto en el que ni Belén Esteban ha tenido efecto llamada en Secret Story, y teniendo en cuenta el contexto de crisis por el que atraviesa la cadena principal de Mediaset, lo que debería prevalecer es esa voluntad por hacer de La casa de los secretos una marca en sí misma que no se vea más desgastada por golpes de timón que únicamente denotan lo desnortada que está Telecinco sin el dominio mensual.

Basta con conectar unos minutos el Canal 24 horas de Mitele para comprobar que lo que era un reality con sus tramas, sus roces de convivencia y sus bandos es ahora un plató con tres personajes como Víctor Sandoval, Tom Brusse y Miriam Saavedra que, como ya han demostrado en su carrera en el medio, son capaces de cualquier cosa por foco televisivo.

Cuesta creer que el espectador que no se ha interesado por las personalidades de los concursantes vaya a asomarse ahora porque tres famosos azucen sus conflictos, sirviéndose incluso de informaciones y sensaciones de un mundo exterior del que los anónimos llevan meses aislados. Y aunque haya quien lo haga, cabe preguntarse cuán beneficioso puede ser sumar alguna décima más de share a la media a cambio de pervertir un formato que tenían por objetivo consolidar.

No, la vuelta de un reality de anónimos no ha tenido el resultado esperado. Sí, es probable que Telecinco vuelva a aparcar por un tiempo a los desconocidos, viendo que la audiencia no se ha volcado con ellos. Y sí, es cierto que la decisión de acelerar la recta final no era nada sencilla, puesto que Supervivientes aún no está listo y todo apunta que no llegará hasta después de Semana Santa. Pero una vez realizada la apuesta por Secret Story, es preferible ir con ella hasta el final y despedirse con cierta dignidad, que recurrir a lo de siempre con el aviso claro de que la fórmula ya no funciona como antes.

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